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Juan 5: La impotencia humana y el poder de Cristo

Recién Jesús había enfatizado “las obras” del Padre que él realizaba, pero ahora (v. 37a) se refiere al Padre mismo. Ha dado testimonio traduce un verbo en el tiempo perfecto, indicando que ese testimonio del Padre sigue en pie (1Jo_5:9). El testimonio del Padre podría referirse a sus pa- labras cuando Jesús fue bautizado (ver 3:16 s.), pero sólo Jesús y quizás Juan las habrían oído. Más probable es que tendría en vista todo el testimonio del AT. Esta seguridad de ser el enviado del Padre sostenía a Jesús frente al rechazo y oposición de los judíos. Jesús señala dos razones por la ignorancia de los judíos (v. 37b) en cuanto a su persona: no habían oído la voz de Dios, aunque Moisés sí la había oído (Exo_33:11); y no habían visto la apariencia de Dios, pero Jesús dijo que “el que me ha visto, ha visto al Padre” (Exo_14:9). En efecto, les acusa de total ignorancia de Dios y su misión en el mundo por medio de su Hijo.

La tercera acusación que Jesús lanzó a los judíos es que la palabra de Dios no moraba en ellos. Ellos pretendían ser los únicos custodios e intérpretes de las Escrituras. La tenían en su mente, quizás, pero no en su corazón (Job_119:11). Podían citar largos pasajes de memoria, pero erraban en la interpretación y aplicación. La prueba de esta afirmación es que no creían en el representante personal que el Padre había enviado; más bien lo habían rechazado y ya habían decidido eliminarlo. Hovey comenta que esta acusación a los judíos habrá caído como la de Natán a David: “Tú eres aquel hombre” (2Sa_12:7).

Jesús se ubica en la posición del maestro quien manda a los alumnos a volver al texto para encontrar la lección céntrica que ninguno había captado en la preparación para la clase. El verbo escudriñad, interpretado aquí como un imperativo, tiene dos opciones: o imperativo (escudriñad) o indicativo (escudriñáis). En el gr. las dos formas se escriben igual y el contexto normalmente determina cuál corresponde, pero aquí se admite cualquiera de los dos. No estaban equivocados en pensar que el camino para la vida eterna se encontraba en las Escrituras; su error fatal era el de pensar que la lectura y aprendizaje de ellas, de por sí, aseguraba la vida eterna. Plummer comenta que los escribas hacían un estudio meticuloso de la palabra escrita, pero dejaron de ver la “Palabra viviente” revelada en ella. El mandato no es leerlas, ni aprenderlas de memoria, ni aún estudiarlas, sino escudriñarlas. Duele pensar en el enorme tiempo que los escribas dedicaban a la lectura, sin captar la verdad. Ese peligro también existe hoy en día.

Encontramos en el Evangelio de Juan lo que se llama “tonos trágicos”, como aquí (v. 40) y en 1:11. El gran Médico presenta su diagnosis del grave mal que afectaba al pueblo judío en general, comenzando con los mismos líderes religiosos. No era falta de revelación, ni falta de oportunidad, sino de su “no querer”. En el fondo de toda persona que rechaza a Jesús y su mensaje, habiendo tenido la clara presentación del evangelio y la oportunidad de responder, está el eterno “no querer”, la voluntad contraria. La tragedia consiste en que Dios ha provisto todo lo necesario para que toda persona tenga vida eterna y abundante en su Hijo y, sin embargo, la mayoría la rechaza, resultando en su propia condenación. La situación se compara con el caso de un médico que ofrece a un moribundo una medicina para una cura instantánea, y el moribundo la rechaza. Aquí se muestra la voluntad del hombre como libre para aceptar o rechazar la oferta de Dios. El hombre tiene sólo dos opciones: creer en y obedecer a Cristo; o no creer en Cristo y desobedecerlo.

Jesús introduce otro elemento que comprueba su reclamo de ser el Hijo de Dios. Gloria (v. 41) significa algo como “estima” o “alabanza”. No era guiado por el deseo de congraciarse con la gente y recibir su aplauso. Antes había dicho que no recibía el testimonio de parte de los hombres (v. 34), pero ahora rehúsa la gloria. Parece que él está anticipando la objeción de que su queja con ellos tenía que ver con su deseo del aplauso del hombre. Ellos sí buscaban la gloria de los hombres, pero él no la quería, no la necesitaba, no la buscaba y no la recibiría.

El verbo conozco (v. 42) está en el tiempo perfecto y significa: “he conocido” y, por eso, “sigo conociendo”. Jesús conocía lo que estaba en sus corazones, como en el caso de la mujer samaritana y de muchos otros (ver 1:47, 50; 2:24, 25; 4:17, 18, 48; 5:14). Les había acusado de ignorar el mensaje central de las Escrituras, siendo ellos los encargados de guardarlas, enseñarlas e interpretarlas. Tampoco tenían la palabra permaneciendo en ellos (v. 38). Avanza a un paso más serio; antes les acusaba de ser carentes de “querer” (v. 40), aquí carentes del amor de Dios. Amor de Dios en el gr. puede ser objetivo o subjetivo. Puede ser el amor de ellos dirigido a Dios (objetivo), o el amor que procede de Dios y se manifiesta en ellos (subjetivo), o puede incluir ambos énfasis. De cualquier manera es una acusación fuerte para personas que dedicaban sus vidas a lo que pensaban era obediencia de las Escrituras y el servicio a Dios. Seguramente esta acusación les tocó hondo, al pensar en el mandato de “amar a Dios con todo el corazón…” (Deu_6:5).

Jesús había presentado sus credenciales: el testimonio de Juan el Bautista, de sus obras y del mismo Padre, Creador del universo y la última autoridad y, a pesar del peso de estas evidencias, todavía lo rechazaban (ver 1:5; 8:42; 10:25). El tono trágico del v. 40 sigue a través de esta sección. En su propio nombre se refiere a otros que pretendieron ser el Mesías de Dios. Plummer comenta que hubo por lo menos 64 falsos mesías que se han contado, cada uno recibiendo la bienvenida de seguidores. El énfasis en la construcción del texto gr. con el doble artículo es interesante: “si otro viniera en el nombre que es el suyo propio…”. Jesús no vino en su propio nombre, con promesas exageradas, procurando su propia gloria, sino simplemente en el nombre y para la gloria de su Padre.

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