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Juan 3: El que vino a Jesús de noche

Una cosa es segura: que este pasaje nos presenta el encanto de la humildad de Juan el Bautista. Estaba claro que la gente estaba dejando a Juan para irse con Jesús. Los discípulos de Juan estaban preocupados. No les gustaba que su maestro quedara en un segundo lugar, ni verle abandonado por las multitudes que se agolpaban para escuchar al nuevo Maestro.

En respuesta a sus quejas habría sido comprensible que Juan se hubiera dado por ofendido, abandonado e injustamente olvidado. Algunas veces la compasión de un amigo es lo que peor nos cae. Puede hacer que nos sintamos víctimas y que nos han tratado injustamente. Pero Juan estaba por encima de esas actitudes. Les dijo tres cosas a sus discípulos.

(i) Les dijo que nunca había esperado otra cosa. Les recordó que ya les había advertido que no era a él al que le correspondía el puesto más importante, sino que él no era más que un heraldo, el precursor que viene a anunciar y preparar las cosas para la llegada de Otro más importante. Haría más fácil la vida el que hubiera más personas dispuestas a representar papeles secundarios. Muchos quieren ser los protagonistas; pero Juan no era uno de ellos. Sabía muy bien que Dios le había asignado una misión subordinada. Nos ahorraríamos un montón de resentimiento y de frustración si nos diéramos cuenta que hay ciertas cosas que no nos corresponden, y aceptáramos de corazón e hiciéramos lo mejor posible la labor que Dios nos ha asignado. El hacer algo secundario para el Señor lo convierte en una gran tarea. Como decía la señora Browning: «Todo servicio cuenta igual para Dios.» Cualquier cosa que se hace para Dios es grande por naturaleza.

(ii) Les dijo que nadie -puede recibir más de lo que Dios le dé. Si el nuevo Maestro estaba ganando más seguidores no era porque se los estaba robando a él, a Juan, sino porque Dios Se los estaba dando.

Hubo un cierto pastor americano que se llamaba el doctor Spence. En un tiempo había sido muy popular, y había tenido llena la iglesia; pero con el paso del tiempo la asistencia fue bajando. Había venido a la iglesia de enfrente un pastor nuevo que gustaba más.

Una tarde, el doctor Spence miró a su pequeño rebaño y preguntó:

-¿Dónde se ha metido toda la gente?

Se produjo un silencio .tenso, que por fin rompió uno de los miembros del consejo de la iglesia:

-Creo que se han ido a la iglesia de enfrente a escuchar al nuevo pastor.

El doctor Spence se quedó callado un momento, y luego dijo, sonriendo complacido:

-Pues, bien; creo que deberíamos seguir su ejemplo todos.

Y se bajó del púlpito y se dirigió a la iglesia de enfrente al frente de sus fieles.

¡Cuántos celos, frustraciones y resentimientos nos ahorraríamos si tuviéramos presente que el éxito de los demás se lo da Dios, y estuviéramos dispuestos a aceptar el veredicto de Dios y Su elección!

(iii) Por último, Juan puso un ejemplo que cualquiera podría entender, y más los judíos, porque era parte de su herencia cultural. Llamó a Jesús “el Novio», y dijo que él, Juan, era “el amigo del Novio». Una de las grandes figuras del Antiguo Testamento es la de los desposorios de Israel, que es la novia, con Dios, Que es el. Novio. La unión que hubo entre Dios e Israel era tan íntima que podría compararse con un matrimonio. Cuando Israel se apartaba tras dioses extraños era como si fuera infiel al vínculo matrimonial (Exo_34:15 , cp. Deu_31:16 ; Sal_73:27 ; Isa_54:5 ).

El Nuevo Testamento hereda esta alegoría y habla de la Iglesia como la Esposa de Cristo (2Co_11:2 ; Efe_5:22-32 ).. Esta era la figura que Juan tenía en mente: Jesús había venido de Dios; era el Hijo de Dios; Israel era Su prometida, y Él era el Novio. Juan sólo se reservaba el papel del amigo del Novio.

El amigo del novio, en hebreo shoshben, tenía un papel exclusivo en una. boda judía. Era el que arreglaba la boda; repartía las invitaciones, y presidía la fiesta. Era el que traía la novia al novio. También tenía que cuidarse de la cámara nupcial y de que no se introdujeran intrusos. Sólo cuando oía y reconocía la voz del esposo en la oscuridad, le abría la cámara nupcial. para que entrara, y se retiraba gozoso cuando había cumplido su cometido y los esposos estaban juntos. No lo hacía de mala gana, sino considerando un honor el introducir la novia al novio; y, cuando había cumplido su misión, se retiraba contento del centro de la escena:

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