Juan 20: Amor alucinado

Pastor Lionel

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EL PROPÓSITO DEL EVANGELIO

Juan 20:30-31

Jesús hizo otras muchas señales en presencia de Sus discípulos que no se incluyen en este libro; pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Ungido e Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en Su nombre.

Parece claro que, tal como se dispuso el evangelio en un principio, acababa aquí. El capítulo 21 se considera un apéndice y una posdata.

No hay pasaje en los evangelios que resuma mejor que este el propósito del que lo escribió.

(i) Está claro que los evangelistas no se propusieron darnos un relato completo de la vida de Jesús. No Le siguen de día en día, sino hacen una selección. Nos dan, no un relato exhaustivo de todo lo que Jesús hizo y dijo, sino unos ejemplos que nos muestran cómo era y la clase de cosas que hacía y decía.

(ii) Está claro que los evangelios no se proponían ser biografías de Jesús, sino invitaciones a tomarle como Salvador, Maestro y Señor. Su objetivo no era, dar información, sino dar vida. Era presentar un retrato de Jesús que permitiera al lector ver que la Persona que hablaba y enseñaba y obraba así no podía ser más que el Hijo de Dios; y que en esa fe encontrara el secreto de la vida real y verdadera.

Cuando nos ponemos a leer los evangelios como si fueran historia o biografía estamos adoptando una actitud equivocada. Debemos leerlos, no como si fuéramos estudiantes de historia que buscan información, sino como hombres y mujeres que buscan a Dios.

Juan 20:1-31

20.1 Otras mujeres fueron a la tumba junto con María Magdalena. Los otros Evangelios dan sus nombres. Si desea más información sobre María Magdalena, véase su perfil en el capítulo 19.

20.1 No se quitó la piedra de la entrada de la tumba para permitir que Jesús saliera. Pudo hacerlo con facilidad sin que la movieran. Se puso a un lado para que otros entraran y vieran que Jesús ya no estaba.

20.1ss Las personas que oyen hablar de la resurrección por primera vez necesitan tiempo para comprender esta maravillosa historia. Como en el caso de María y los discípulos, pudieran pasar por cuatro etapas de fe. (1) Al principio pueden pensar que todo es una fabricación, imposible de creer (20.2). (2) Como Pedro, puede que analicen los hechos y aun así permanezcan perplejos en cuanto a lo sucedido (20.6). (3) Solo cuando tienen un encuentro personal con Jesús pueden aceptar la realidad de la resurrección (20.16). (4) Luego, al encomendarse a El y dedicarle sus vidas para servirle, empiezan a comprender toda la realidad de su presencia en ellos (20.28).

20.7 La mortaja quedó como si el cuerpo la hubiera atravesado. El sudario con la forma de la cabeza estaba enrollado aparte. La piedra del sepulcro estaba quitada y se encontraba a una buena distancia de los lienzos que habían envuelto el cuerpo del Señor. No era posible robar el cuerpo de Jesús y dejar los lienzos como si estos estuvieran todavía envolviéndolo.

20.9 Como prueba mayor de que los discípulos no inventaron esta historia, vemos que Pedro y Juan se sorprendieron de que Jesús no estuviera en la tumba. Cuando Juan vio los lienzos que parecían un capullo vacío del cual Jesús emergió, creyó que el Señor había resucitado. No fue sino hasta que vieron la tumba vacía que recordaron lo que las Escrituras y Jesús habían dicho: ¡El moriría, pero también resucitaría!

20.9 La resurrección de Jesús es la clave de la fe cristiana. ¿Por qué? (1) Tal como lo dijo, se levantó de la muerte. Por lo tanto, podemos tener la seguridad de que cumplirá todo lo prometido. (2) La resurrección corporal de Jesús muestra que el Cristo viviente, no un falso profeta ni un impostor, es el soberano del reino eterno de Dios. (3) Podemos estar seguros de nuestra resurrección porque El resucitó. La muerte no es el final: hay una vida futura. (4) El poder divino que devolvió a la vida a Jesús está ahora al alcance para dar vida a nuestra muerte espiritual. (5) La resurrección es la base del testimonio de la Iglesia al mundo.

20.17 María no quería perder a Jesús otra vez. Aun no había entendido la resurrección. Tal vez pensó que se trataba de su Segunda Venida (14.3). Pero Jesús no había querido que la tumba lo detuviera. Si no hubiera ascendido a los cielos, el Espíritu Santo no hubiera venido. Tanto Jesús como María tenían una misión importante que cumplir.

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