Juan 2: Las señales y los discursos públicos de Cristo

Se podría pensar que aquello no habría importado mucho; pero es que un par de palomas podía costar sólo el equivalente de diez pesetas aunque, recordemos: ese era el sueldo de un día, mientras que en el templo costarían no menos de ciento cincuenta pesetas. Aquí había otro abuso descarado a costa de los pobres y humildes peregrinos, a los que se obligaba a pasar por el aro de comprar sus víctimas en el templo si querían hacer un sacrificio… Y de nuevo lo peor del caso era que aquella injusticia se agravaba por el hecho de que se perpetraba en nombre de la más pura religión.

Estas eran las cosas que despertaban la indignación de Jesús. Se nos dice que hizo un azote de cuerdas. Jerónimo pensaba que la actitud de Jesús ya haría que no hiciera falta usarlo. «Una ardiente luz estelar fulguraban Sus ojos, y la majestad de la divinidad resplandecía en Su rostro.» Precisamente porque amaba a Dios, Jesús amaba a los hijos de Dios, y le era imposible permanecer impasible contemplando cómo se abusaba de aquella manera de los adoradores de Jerusalén.

Hemos visto que fue la explotación de los peregrinos por parte de gente sin conciencia lo que movió a Jesús a aquella manifestación de indignación; pero la historia de la purificación del templo responde a razones todavía más profundas por las que Jesús dio aquel paso tan drástico.

No hay dos evangelistas que coincidan exactamente al darnos las palabras de Jesús. Cada uno de ellos nos conserva su versión personal. Y es al reunir todos los relatos como obtenemos una idea clara de lo que dijo Jesús. Así es que vamos a empezar por recordar las diferentes formas en que nos han transmitido los evangelistas las palabras de Jesús, en la versión Reina-Valera. Mateo nos las transmite de la siguiente manera: «Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecha cueva de ladrones» (Mat_21:13 ). Marcos pone: «MI casa será llamada casa de oración para todas las naciones, mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones» (Mar_11:1 :7):; Lucas dice: «Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones» Luc_19:46 ). Y aquí Juan: «Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado» .Jua_2:16 ).

Jesús tenía por lo menos tres razones para hacer lo que hizo.

(i) Actuó así porque se estaba profanando la casa de Dios.

En el templo se daba a Dios un culto sin reverencia. La reverencia es una cosa instintiva. El artista Edward Seago nos cuenta que llevó a dos niños gitanos a visitar una catedral de Inglaterra. Eran unos chiquillos muy traviesos en circunstancias normales; pero, desde el momento en que entraron en la catedral, estuvieron sorprendentemente tranquilos y callados; y luego, todo el camino hasta llegar a la casa. Hasta la tarde no volvieron a sus habituales travesuras. En sus corazones naturalmente indisciplinados había una reverencia instintiva.

El culto sin reverencia puede ser una cosa terrible. Puede que sea un «culto» que se hace rutinaria o formalmente, las oraciones más solemnes se pueden leer como las listas de las subastas. Puede que sea un «culto» que no tiene en cuenta la santidad de Dios y que suena como si según la frase de H. H. Farmer- «el adorador se llevara muy bien con la Divinidad.» Puede que sea un culto para el que no están preparados ni el que lo dirige ni la congregación. Puede que sea el uso de la casa de Dios para fines y con medios en los que se olvida la reverencia y la verdadera función de la casa de Dios. En aquel atrio de la casa de Dios de Jerusalén se regatearían los precios, se discutirían las monedas viejas o desgastadas… En fin, que habría ruidos y gestos y discusiones más propios de un mercado. Puede que esa forma de irreverencia no sea corriente ahora; pero hay otras formas de ofrecerle a Dios un culto irreverente.

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