Juan 2: Las señales y los discursos públicos de Cristo

Hay dos cosas que debemos recordar y relacionar. La primera, que es seguro que Jesús no dijo nunca que destruiría el templo material y luego lo reconstruiría. Sí es verdad que Jesús preveía el final del templo. A la Samaritana le dijo que llegaría el día en que no se adoraría a Dios ni en el Monte Guerizim ni en Jerusalén, sino en espíritu y en verdad (Jua_4:21 ). Y la segunda, que la Purificación del templo, como ya hemos visto, fue una manera dramática de enseñar que todo el culto del templo, con su ritual y sacrificios, era impertinente -y no servía para guiar a las personas hacia Dios. Está claro que Jesús esperaba que desapareciera el templo; que Él había venido para hacer innecesario y obsoleto su culto, y que, por tanto, Él no iba á sugerir que lo reedificaría.

Ahora debemos volver a Marcos. Como otras muchas veces, encontramos aquí la frasecilla extra sugestiva e iluminadora. Marcos transcribe la acusación contra Jesús de la siguiente manera: «Yo destruiré este templo que está hecho con las manos, y en tres días edificaré otro no hecho con manos» (Mar_14:58 ). Lo que Jesús quería decir realmente era que Su venida había puesto fin a todo ese sistema organizado y hecho por los hombres de dar culto a Dios, y había puesto en su lugar un culto espiritual; que Él había puesto fin a todo ese asunto de los sacrificios animales y del ritual sacerdotal, y había puesto en su lugar un acceso directo al Espíritu de Dios que no necesitaba un templo elaborado y hecho a mano ni un ritual de incienso y sacrificios ofrecidos por manos humanas. La advertencia de Jesús era: «El culto de vuestro templo, vuestro complicado ritual, vuestros pródigos sacrificios animales han llegado a su fin, porque Yo he venido.» Y Su promesa era: «Yo os daré un camino para llegar a Dios sin toda esta elaboración y ritual humanos. Yo he venido para destruir este templo de Jerusalén y hacer que toda la Tierra sea un templo en el que la humanidad pueda experimentar la presencia del Dios viviente.»

Los judíos lo vieron. Fue el año 19 a C. cuando Herodes empezó a edificar su maravilloso templo, y no fue hasta el año 64 d C. cuando se concluyó la edificación. Hacía cuarenta y cuatro años que se había empezado, y aún faltaban otros veinte para que se terminara. Jesús escandalizó a todos los judíos al decirles que toda aquella grandeza y esplendor, y todo el dinero y la habilidad que se habían derrochado en él, eran completamente irrelevantes; que Él había venido para indicar a la humanidad el camino que conduce a Dios sin necesidad de ninguna clase de templo.

Algo así debe de -haber sido lo que dijo Jesús; pero en años sucesivos Juan vio mucho más que eso en las palabras de Jesús. Vio nada menos que una profecía de la Resurrección; y Juan. tenía razón. La tenía por una razón básica: porque toda la redondez de la Tierra no podría llegar a ser el Templo del Dios viviente hasta que Jesús fuera liberado del cuerpo y estuviera presente el todas partes; y hasta que estuviera con los Suyos en todo lugar y tiempo hasta el fin del mundo.

Es la presencia del Cristo resucitado y viviente lo que hace que todo el mundo sea el Templo de Dios. Así es que Juan dice que, cuando los discípulos de Jesús se acordaron de Sus palabras, vieron en ellas una promesa de la Resurrección. No lo habían visto antes; ni podían; fue solamente su propia experiencia del Cristo viviente lo que les -mostró al cabo del tiempo toda la hondura de lo que había dicho Jesús.

Por último Juan dice que « creyeron la Escritura.» ¿Qué Escritura? Juan se refiere a aquella Escritura que se cernía sobre la Iglesia Primitiva: «No permitirás que Tu Santo experimente la corrupción» (Sal_16:10 ). Pedro la citó el día de Pentecostés (Hec_2:31 ); Pablo la citó en Antioquía (Hec_13:35 ). Expresaba la confianza de la iglesia en el poder de Dios y en la Resurrección de Jesucristo.

Tenemos aquí la verdad imponente de que nuestro contacto con Dios, nuestro acceso a Su presencia, no depende de nada que podamos hacer con nuestras manos o diseñar con nuestras mentes. En las calles, en el hogar, en el trabajo, en las montañas, en las carreteras, en la iglesia, tenemos nuestro templo íntimo: la presencia del Cristo Resucitado que está siempre con nosotros por todo el mundo.

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