Juan 18: El arresto en el huerto

Publicaciones realizadas por ángeles que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar

Guardémonos de fincar nuestras esperanzas de salvación en nuestros conocimientos religiosos por grandes que sean, o en los privilegios espirituales que tengamos a nuestro alcance, por crecido que sea su número. «El que se piensa estar firme, mire no caiga.» 1Co_10:12. Y, sobre todo, precavámonos de abrigar en nuestros corazones algún pecado dominante, tal como el amor del dinero o del mundo. Un solo agujero en el casco de un navío puede causar un naufragio, y un solo pecado que no sea resistido puede arrastrar a un cristiano a la ruina eterna. Acordémonos de Judas Iscariote. Su historia nos ha sido trasmitida para que nos sirva de escarmiento.

Notemos, en seguida, que Jesús se sometió al sufrimiento de su propia y libre voluntad. Se nos refiere que la primera vez que nuestro Señor se dio a conocer a los soldados, estos volvieron atrás y cayeron en tierra. No cabe duda de que un poder invisible fue comunicado a las palabras de Jesús cuando dijo: «Yo soy.» No puede explicarse de otra manera como una partida de soldados romanos, avezados a las armas, cayeran atónitos al suelo en presencia de un hombre solo e inerme. La misma fuerza misteriosa que dejó a los fariseos sin medios de ofender cuando nuestro Señor entró triunfante a Jerusalén, que contuvo toda oposición cuando arrojó a los que vendían y compraban en el templo, esa misma fuerza se manifestó en la ocasión a que nos referimos. Fue un verdadero milagro, aunque pocos quisieron apercibirse de él. Precisamente en el momento en que parecía más desamparado e indefenso, nuestro Señor manifestó que era poderoso.

Si sufrió, fue, por lo tanto, espontáneamente. Si murió, no fue porque no pudiera impedirlo, o porque no pudiera libertarse de las manos homicidas de sus enemigos. Es que estaba empeñado con todo el entusiasmo de su espíritu en la obra sacrosanta de nuestra redención. El nos amó y se entregó por nosotros no solo de buena voluntad sino con alegría. Meditemos sobre estas verdades y tengamos buen ánimo. Nuestro Salvador tiene más voluntad de salvarnos que nosotros tenemos de ser salvos. Si no nos salvamos, la culpa es nuestra.

Debemos notar, además, con cuánta ternura veló nuestro Señor por la seguridad de sus discípulos. Aun en eso momento supremo, cuando se acercaban las horas de su pasión, no se olvidó del puñado de creyentes que lo rodeaba. Sabiendo cuan débiles eran, él no ignoraba que no estaban en aptitud de pasar por la dura prueba de presentarse en el palacio del Sumo Sacerdote y en el tribunal de Pilato; y por lo tanto, en su benignidad les proporcionó los medios de escapar.

«Si a mí buscáis,» dijo, «dejad ir a estos.» Es bien probable que en ese caso también sus palabras ejercieron un influjo milagroso en el ánimo de las personas a quienes iban dirigidas. Por lo menos, en nada se molestó a los discípulos.

De esta pequeña circunstancia podemos juzgar de qué manera obra Jesucristo para con los creyentes aun el día de hoy. Jamás permite que sean tentados de una manera más fuerte de lo que puedan resistir. Con su mano poderosa detiene el curso de los huracanes y de las tempestades, y no deja a sus discípulos abandonados a su propia suerte. Vela compasivamente sobre cada uno de sus hijos, y como experto facultativo, calcula con exactitud infalible su fuerza pasiva. «Jamás perecerán y nadie los arrebatará de su mano.» Joh_10:28. Aun en la hora más angustiosa Jesús nos contempla: si confiamos en él, nuestra salvación es, por lo tanto, segura.

Es de advertirse, por último, cuan completamente se sometió Jesús a la voluntad de su Padre. En otro lugar se nos dice que exclamó: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa.» Después exclamó otra vez; «Si no puede esta copa pasar de mí sin que yo la beba, hágase tu voluntad.» Mas en el pasaje de que nos ocupamos se nota que dijo todavía con mayor complacencia: «¿No tengo de beber la copa que mi Padre me ha dado?.

He aquí un ejemplo bien digno de imitación para todos los que se llaman cristianos. Aunque nosotros no podemos llegar a la altura de nuestro Maestro, ese ejemplo es el blanco hacia el cual debemos dirigir nuestros esfuerzos. Del empeño de seguir nuestro capricho y de hacer solo lo que nos gusta dimanan muchas de nuestras desgracias en este mundo. Por otra parte, la costumbre de encomendarnos a Dios por medio de la oración y de pedirle que haga con nosotros lo que sea de su agrado, es una fuente de paz. Fue por su voluntariedad que Adán y Eva cayeron e introdujeron el pecado y la desgracia en el mundo.

Quien subordina su voluntad a la divina, se prepara mejor para entrar a esa celestial morada donde solo reinará la voluntad de Dios.

Juan 18:28-40

En la exposición de este pasaje nos ceñiremos al examen de tres verdades que se descubren a la primera ojeada.

Es de notarse, primeramente, cuan espantosa es la dureza de corazón de los hombres no convertidos. Algunos de los que aprehendieron a nuestro Señor eran probablemente soldados romanos, y los demás eran criados de los sacerdotes y fariseos, y por consiguiente Judíos. Mas en un respecto todos se parecían: todos fueron testigos del poder sobrenatural de nuestro Señor cuando «volvieron atrás y cayeron en tierra;» todos presenciaron el milagro que obró nuestro Señor cuando tocó la oreja de Malco y lo sanó; y sin embargo todos permanecieron impasibles, fríos e indiferentes, como si no hubieran visto cosa alguna extraordinaria, antes bien siguieron cumpliendo su odiosa comisión y, prendiendo y atando a Jesús, le condujeron a la ciudad.

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Lionel Valentin Calderón

Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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