Juan 18: El arresto en el huerto

La escena llega a su fin cuando se nos dice que Pilato sacó a Jesús; como lo hemos traducido y lo expresa la versión ReinaValera, Pilato salió al lugar que se llamaba el Pavimento de Gabatá -que puede querer decir un suelo de mosaico de mármol- y se sentó en el sillón del juez. Esto era el béma, en el que se sentaba el magistrado para pronunciar la sentencia definitiva. El verbo para sentarse es kathizein, que puede ser transitivo o intransitivo; es decir, sentarse uno mismo o sentar a otro. Es posible que quiera decir que Pilato, en un último gesto burlesco, sacó a Jesús vestido de aquella túnica púrpura y con la corona de espinas en la frente, todo cubierto de sangre, y Le sentó en el sillón del juez, diciendo a continuación con un gesto y tono irónicos: «¿Cómo voy a crucificar a vuestro «Rey»?» El evangelio apócrifo de Pedro dice que, para burlarse, sentaron a Jesús en el sillón del juez y Le dijeron: «¡Haz justicia, Rey de Israel!» Justino Mártir también dice que «sentaron a Jesús en el sillón del juez, y dijeron: «Da la sentencia por nosotros.»» Puede ser que Pilato, en burla, hiciera a Jesús representar el papel del juez. Si fue así, ¡qué tremenda ironía dramática había en aquella escena! Lo que se presentó en burla es en realidad la verdad; y un día, los que caricaturizaron a Jesús como juez se presentarán ante Él como el Juez -y se acordarán de lo que Le hicieron.

Así que en la escena dramática del juicio contemplamos la inmutable majestad, el valor inalterable, la serena aceptación de la Cruz, de Jesús. Nunca se Le vio en la Tierra tan regio como cuando se hizo todo lo posible para humillarle.

Ya hemos visto las principales personalidades que intervinieron en el proceso de Jesús: los judíos, con su odio; Pilato, con su dudoso pasado, y Jesús, con su serenidad y majestad regia.

Pero había otras personas al borde de la escena.

(i) Estaban los soldados. Cuando les entregaron a Jesús para que Le azotaran, se divirtieron con Él de una manera brutal y cruel. ¿Era un rey? Pues entonces Le proveyeron de un manto y una corona. Le pusieron una vieja túnica de púrpura y una corona de espinas, y se entretuvieron dándole de bofetadas. Estaban jugando a una cosa que era antigua y corriente. Filón, en su obra Sobre Flaco, cuenta una cosa muy semejante que hacían los gamberros de Alejandría: «Había un loco que se llamaba Carabás, aquejado no de la clase salvaje y bestial de locura -que pasa desapercibida tanto para los que la sufren como para los espectadores-, sino de otra clase mucho más tranquila y benigna. Solía pasar los días y las noches desnudo en la calle, sin guarecerse ni del frío ni del calor, y era el juguete de los niños y de los jóvenes. Se ponían de acuerdo para llevársele al gimnasio donde, dejándole solo donde todos pudieran verle, le ponían de sombrero una corteza de árbol aplastada, y alrededor del cuerpo una estera como manto, y como cetro un trozo de papiro que uno de ellos había encontrado por ahí tirado. Y una vez que él había asumido los emblemas y las insignias de la realeza como se hace en los mimos teatrales, los jóvenes, con palos al hombro, se ponían a sus dos lados, representando el papel de lanceros cómicos. Luego se acercaban unos como para saludarle, otros como para presentarle algunas reclamaciones, otros como para solicitarle algunas cuestiones sociales. Y entonces, de la multitud de espectadores vibraba un extraño grito de «¡Marín!» -Señor nuestro-, que es el nombre que se les da a los reyes en Siria.» Es patético que los soldados trataran a Jesús como los gamberros podrían tratar a un pobre idiota.

Y sin embargo, de todos los que intervinieron en el proceso de Jesús, los soldados eran los menos culpables, porque no sabían lo que estaban haciendo. Lo más probable es que les había correspondido venir de Cesarea como refuerzo para los días de la Pascua, y no sabían nada de lo que estaba pasando. Jesús no era para ellos más que el criminal de turno.

Aquí tenemos otro ejemplo de la ironía dramática de Juan. Los soldados hacían una caricatura de Jesús como rey, cuando en realidad Él era allí el único Rey. Bajo la parodia se ocultaba y revelaba la verdad eterna.

(ii) El último de todos era Barrabás, cuyo episodio cuenta Juan con suma brevedad. De esa costumbre de soltar a un preso para la Pascua no sabemos más que lo que nos dicen los evangelios. Los otros tres completan la breve noticia de Juan y, cuando lo reunimos todo, descubrimos que Barrabás era un preso notable, un bandolero que había tomado parte en una insurrección en la ciudad y había cometido un asesinato (Mat_27:15-26 ; Mar_15:6-15 ; Luk_23:17-25 ; Act_3:14 ).

El nombre de Barrabás es interesante. Hay dos posibilidades en cuanto a su origen. Puede venir de Bar Abba, que querría decir «Hijo de Papá», o de Bar Rabban, que querría decir «Hijo del Rabino.» No es imposible que Barrabás fuera hijo de algún rabino, un vástago descarriado de alguna familia noble. Y es posible que, con todo y ser un criminal, gozara de las simpatías de la gente del pueblo como una especie de Robin Hood. Es probable que no debamos tenerle por un delincuente vulgar. La palabra que se le aplica es léstés, que quiere decir bandolero. O era uno de los muchos que infestaban la carretera de Jerusalén a Jericó, la clase de personas en cuyas manos cayó el viajero de la parábola; o, todavía más probable, era uno de los celotas que habían jurado barrer de Palestina a los Romanos, aunque tuviera que ser a base de crímenes, asaltos, robos y asesinatos. Barrabás no era un delincuente cualquiera. Era un hombre violento, eso sí; pero de los que se convierten en leyenda y son considerados como héroes populares y azote de las autoridades al mismo tiempo.

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