Juan 15: Yo soy la auténtica Vid, y Mi Padre es el Viñador

Mediante la gracia de Dios podemos adoptar los preceptos del Evangelio como regla de nuestra conducta, y manifestar diariamente que deseamos agradar a nuestro Señor Jesucristo. Si así lo hiciéremos, nuestro benignísimo Maestro nos dispensará sus bendiciones y nos dejará ver su risueño rostro.

Aquel cristiano será por lo general más feliz que es comedido en sus palabras, que refrena su genio y ajusta sus acciones a los principios de la religión. El que lleve una vida que no esté en armonía con sus votos jamás experimentará el gozo y la paz del creyente sincero. Por eso nuestro Señor dijo: «Estas cosas os he hablado para que mi gozo permanezca en vosotros..

Juan 15:12-16

Llaman nuestra atención en este pasaje tres puntos de grande importancia. Las palabras que nuestro Señor empleó acerca de cada uno de ellos son sobremanera instructivas.

Debemos observar primeramente lo que nuestro Señor dice acerca del amor fraternal. Aunque ya había tocado ese punto en la primera parte de su discurso, vuelve ahora a ocuparse de él. Quiero así darnos a entender que no podemos exagerar el valor de de su virtud ni hacer esfuerzos demasiado grandes por practicarla.

Mándanos amarnos los unos a los otros. «Este,» dijo, «es mi mandamiento.» Es un deber de conciencia el poner en práctica esa virtud. De la misma manera que no nos es dado desentendernos de los preceptos del Monte Sinaí, no nos es dado desentendernos de ella.

El amor que él recomienda es el más puro y elevado: «Amaos los unos a los otros como yo os amé.» No debemos menospreciar ni al más débil ni al más ignorante discípulo. Es de nuestro deber amarlos a todos con ese amor verdadero que va siempre acompañado de actos de bondad, de abnegación y de sacrificio. El que no puede o no procura amar así, desobedece los preceptos de su Maestro.

Las palabras que quedan citadas deben impulsarnos a hacer un escrupuloso examen de conciencia. De nada nos servirá tener opiniones acertadas acerca de las doctrinas cardinales y poseer habilidad para tomar parte en las controversias que se susciten, si no hemos sido animados del amor cristiano. Sin ejercer la caridad podremos acaso jactarnos de ser miembros de la iglesia; mas, como dice el apóstol, seremos tan solo «como metal que resuena, o platillos que retiñen.» 1Co_13:1. El cristiano que no es amoroso no se encuentra en estado de penetrar en la celeste morada.

Observemos, en segundo lugar, lo que dice nuestro Señor respecto de la relación que existe entre él y los creyentes. Estas son sus palabras: «Ya no os llamaré siervos,…. mas os he llamado amigos.» Este es, a la verdad, un privilegio glorioso. Conocer a Jesucristo, seguirle, amarlo, obedecerle, trabajar en su viña, combatir en sus filas–todo esto es de no poca consideración. Pero que a unos pecadores como nosotros se nos llame amigos suyos, es algo que nuestro débil entendimiento no alcanza a comprender. El Rey de reyes y el Señor de señores no solo se compadece de los le oreen en él, y los salva, sino que los llama «amigos.» No es, pues, extraño que San Pablo dijera que «el amor de Jesucristo sobrepuja a todo entendimiento..

Que esta expresión aliente a los cristianos a dirigirse frecuentemente al Redentor por medio de la oración. ¿Por qué hemos de temer el abrir nuestros corazones y revelar nuestros secretos al hablar con ese Ser misericordioso que nos llama amigos? «El hombre de amigos,» dice Salomón, «se mantiene en amistad.» Pro_18:24 Nuestro gran Maestro no abandonará a sus amigos. Desdichados e infelices como somos, no nos desechará, más nos acogerá bajo su protección y nos protegerá hasta el fin. David jamás olvidó a Jonatan, y el Hijo de David jamás olvidará a su pueblo.

Juan 15:17-21

El pasaje que acabamos de transcribir empieza con una nueva exhortación acerca del amor fraternal. Por tercera vez nuestro Señor cree necesario llamar la atención de sus discípulos a esta bella virtud. Rara a la verdad debe de ser la verdadera caridad, cuando se la menciona tan repetidas veces. En el caso de que tratamos es digna de notarse la relación en que se la hace aparecer. Se la hace aparecer en contraste con el odio del mundo.

Se nos manifiesta, primeramente que lo que a los cristianos espera en este mundo es el odio y la persecución. Si los discípulos esperaban ser recompensados con el cariño y la gratitud de los hombres, sus esperanzas serian dolorosamente burladas.

Los hechos, hechos tristes, han suministrado en todas las edades pruebas abundantes de que la advertencia de nuestro Señor no fue inmotivada. Los apóstoles y sus compañeros eran perseguidos por donde quiera que fueran. Solo uno o dos de ellos murieron tranquilamente en sus lechos. Los creyentes han sido siempre perseguidos durante los diez y ocho siglos de la era cristiana. Sirvan si no de ejemplo las atrocidades cometidas por los papas y los emperadores romanos, por la inquisición española y por la reina María. Aún el día de hoy las almas piadosas tienen que sufrir persecución diariamente; pues ¿qué otra cosa son el ridículo, la befa, la calumnia y el baldón que los no convertidos lanzan contra ellas? Importa mucho que comprendamos bien todo esto. Nada hay tan perjudicial como la costumbre de alimentar falsas esperanzas. Persuadámonos de que la naturaleza humana jamás cambia, de que «el ánimo carnal es enemistad contra Dios,» y contra su pueblo. Estemos convencidos de que, por puros y sinceros que los cristianos sean, los malos siempre los aborrecerán, así como aborrecieron a su inocente Maestro.

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