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Juan 15: Yo soy la auténtica Vid, y Mi Padre es el Viñador

Inferimos, por último, de estos versículos, que Dios aumenta menudo la santidad de los verdaderos creyentes por medio de sus visitaciones. Escrito está: «Todo pámpano que lleva fruto, lo limpia (ó le poda), para que lleve más fruto..

El sentido de estas palabras es bien claro. Así como el viñador segrega y poda los ramos de una vid fructífera, a fin de que de más fruto, así Dios purifica y santifica a los creyentes por medio de las circunstancias de que los rodea.

Para expresarnos en lenguaje más claro, el sufrimiento y el infortunio es el medio de que hace uso la Providencia para purificar a los cristianos. Por medio del sufrimiento los hace él poner en juego las virtudes pasivas, y manifestar si pueden sobrellevar las penalidades que les envíe, así como obedecer los preceptos que les imponga. Por medio del sufrimiento los separa del mundo; los acerca a Jesucristo; los induce a leer la Biblia y a orar; los obliga a conocer sus propios corazones y los hace ser humildes. Ese es el procedimiento por el cual los limpia y los hace más fructíferos. Así, a lo menos, lo prueban las vidas de los justos de todos los siglos.

Aprendamos, pues, a tener paciencia en los días da duelo y de pesar. Recordemos la doctrina contenida en el pasaje de que tratamos, y no nos quejemos ni murmuremos cuando nos sobrevengan desgracias. Nuestros sufrimientos no son para nuestro daño, sino para nuestro bien. «Dios nos castiga para lo que es provechoso, a fin de que participemos de su santidad.» Heb_12:1G.

Juan 15:7-11

Los creyentes difieren mucho entre sí. En algunos respectos todos son semejantes: todos sienten pesar a causa de sus pecados; todos confían en Jesucristo; todos se arrepienten y se esfuerzan en ser rectos en su conducta; todos, en fin, poseen la gracia divina, ejercen la fe, y experimentan el cambio de corazón.

Pero difieren mucho en el grado en que poseen esas prendas. Unos son más felices y más religiosos que otros, y gozan de mayor influjo en el mundo.

Ahora bien, ¿qué incentivos presenta nuestro Señor a su pueblo para que aspire a la más elevada santidad de vida? Esta es una cuestión de grandísimo interés para todo espíritu piadoso. ¿Quién hay que no quisiera ser siervo útil y dichoso de nuestro Señor Jesucristo? El pasaje que tenemos a la vista aclara este asunto de tres modos.

En primer lugar nuestro Señor dijo: «Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecieren en vosotros, todo lo que quisiereis pediréis y os será hecho.» Es esta una promesa explícita acerca de la validez y buen éxito de la oración en general. Y ¿con qué condición? Con la condición de que permanezcamos en Jesucristo y de que sus palabras permanezcan en nosotros.

Permanecer en Jesucristo es estar en constante comunión con él–es confiar en él, fincar en su gracia nuestras esperanzas, abrirle nuestros corazones, y acudir a él como a la fuente de donde mana toda nuestra fuerza espiritual. Sus palabras permanecen en nosotros cuando tenemos constantemente presentes sus preceptos, y arreglamos a ellos nuestras acciones, nuestra conducta, nuestra vida.

Los cristianos de esa clase no orarán en vano. Todo lo que pidan lo obtendrán, siempre que lo que pidan sea del agrado de Dios. Por eso Lutero, el reformador alemán, y Latimer, el mártir inglés, oraron muchas veces con buen éxito. Y respecto de Juan Knox la reina María decía que le temía más a sus oraciones que a un ejército de veinte mil hombres. Escrito está: «La oración eficaz del justo puede mucho..

Nuestro Señor dijo, en segundo lugar: «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto; así seréis mis discípulos.» El significado de esta promesa es, en nuestro concepto, que la fructuosídad de la vida cristiana no solo contribuye a la gloria de Dios, sino que nos presenta a nosotros mismos la prueba más concluyente de que somos discípulos de Jesucristo.

Tener certidumbre de que somos cristianos, y de que por tanto nuestra salvación eterna está asegurada, es uno de los más grandes privilegios que resultan de la religión. En todo asunto de importancia, y sobre todo en lo que concierne al porvenir de nuestras almas, no hay nada peor que la duda. El que desee, pues, saber cual es el medio más eficaz de obtener esa certidumbre tan apetecida, debe examinar detenidamente las palabras de que tratamos. Que se esfuerce por producir abundantes frutos en sus palabras, en sus modales, en su conducta, en su vida. Si así lo hiciere, el Espíritu le testificará en su corazón que es un ramo viviente de la verdadera vid, y su conducta manifestará al mundo que es verdadero hijo de Dios.

Nuestro Señor dijo, en tercer lugar: «Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor.» El hombre para quien es un sagrado deber de conciencia el obedecer los preceptos de Jesucristo, es el que experimentará en su alma el amor de Jesucristo hacia él.

Mas no vayamos a dar una inteligencia errada a las palabras, «si guardareis mis mandamientos.» Estrictamente hablando, no hay quien pueda guardar los mandamientos. Nuestras mejores acciones son imperfectas y defectuosas, y cuando hayamos llegado al grado más alto de religiosidad podremos aún decir con razón: « Apiádate, ¡oh Dios! de nosotros, que somos pecadores.» Sin embargo, es preciso no irnos al otro extremo, pensando que no podemos hacer nada.

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