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Juan 14: La promesa de la Gloria

Esa fue y es la influencia de Jesús, pero en un grado incalculablemente mayor. Él trajo a la humanidad el acento y el mensaje y la mente y el corazón de Dios.

Debemos recordar de cuando en cuando que Dios está en todo. No fue una expedición que Él escogiera la que hizo Jesús al mundo. No lo hizo para suavizar el duro corazón de Dios. Vino porque Dios Le envió, porque de tal manera amó al mundo. Detrás de Jesús, y en Él, estaba Dios.

Jesús siguió haciendo una declaración y ofreciendo una prueba basada en Sus palabras y en Sus obras.

(i) Él proponía que se Le sometiera a la prueba de lo que decía. Es como si Jesús dijera: «Cuando Me escucháis a Mí, ¿es que no os dais cuenta en seguida de que lo que estoy diciendo es la verdad de Dios?» Las palabras de los genios son autoevidentes. Cuando leemos a un gran poeta no podemos decir en la mayoría de los casos por qué es tan bueno y por qué nos conquista el corazón. Puede que analicemos su técnica; pero, a fin de cuentas, hay algo que desafía al análisis pero que se puede reconocer inmediatamente. Eso y más es lo que nos sucede con las palabras de Jesús. Cuando las oímos o leemos, no podemos por menos de decirnos: «¡Si todo el mundo viviera de acuerdo con estos principios, qué diferente sería el mundo! Y si yo pudiera vivir de acuerdo con estos principios, ¡qué diferente sería yo!»

(ii) Él proponía que se Le sometiera a la prueba de sus obras. Le dijo a Felipe: «Si no podéis creer en Mí por lo que Yo os digo, sin duda os dejaréis convencer por lo que Yo puedo hacer.» Esa era la misma respuesta que Jesús le envió a Juan el Bautista cuando éste Le envió mensajeros que Le preguntaran si era Él, Jesús, el Mesías, o si tendrían que seguir esperando a otro. «Id -les dijo Jesús-, y contadle a Juan lo que está sucediendo, y eso le convencerá» (Mat_11:1-6 ). La prueba definitiva de que Jesús es el Que es es que ningún otro ha conseguido jamás hacer buenos a los que eran malos.

Lo que Jesús le dijo a Felipe fue, en resumen: «¡Escúchame! ¡Mírame! ¡Y cree en mí!» Y todavía, la manera de llegar a ser cristiano no es discutir acerca de Jesús, sino escucharle y mirarle. Si así lo hacemos, Su impacto personal nos obligará a creer que Él es el Salvador del mundo, y nuestro propio y suficiente Salvador personal.

LAS TREMENDAS PROMESAS

Juan 14:12-14

-Esto que os digo es la pura verdad-siguió diciéndoles Jesús a Sus discípulos-: el que crea en Mí hará las obras que Yo hago, y aun mayores que éstas; porque Yo voy al Padre, y haré todo lo que pidáis en Mi nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pedís alguna cosa en Mi nombre, Yo la haré.

No es fácil encontrar promesas que sean mejores que las dos de este pasaje. Pero son de tal naturaleza que debemos tratar de entenderlas. Si no, la vida nos desilusionará.

(i) La primera es que Jesús dijo que Sus discípulos harían lo que Él hacía, y aun mayores cosas. ¿Qué quería decir?

(a) Está fuera de toda duda que la Iglesia Primitiva tenía poder para realizar curaciones. Pablo enumera entre otros dones que se daban en la Iglesia el de sanidad(] Corintios 12:9, 28, 30). Santiago exhortaba a que, cuando un cristiano estuviera enfermo, llamará a los ancianos de la iglesia para que oraran por él ungiéndole con aceite, y sanaría (Jam_5:14 ). Pero está claro que no era eso solo lo que quería decir Jesús; porque, aunque se pudiera decir que la Iglesia Primitiva hacía las mismas cosas que Jesús, no se podría decir que las hacía aún mayores

(b) Conforme ha ido pasando el tiempo, la humanidad ha ido conquistando la enfermedad. Los médicos y los cirujanos tienen poderes que el mundo antiguo habría considerado mi- lagrosos y hasta divinos. Los cirujanos con sus nuevas técnicas, los médicos con sus nuevos tratamientos y medicinas maravillosas pueden realizar ahora las curas más sorprendentes. Aún queda mucho camino por recorrer; pero, una tras otra, se han ido abatiendo las fortalezas del dolor.

Lo más sorprendente de todo esto es que ha sido el poder y la influencia de Jesucristo lo que lo ha producido. ¿Por qué habíamos de esforzarnos en salvar a los débiles, a los enfermos y a los moribundos, a todos los que tienen el cuerpo dañado o la mente trastornada? ¿Por qué los intelectuales y los científicos se han sentido movidos, y hasta impulsados, a dedicar sus vidas y esfuerzos, muchas veces hasta arruinando su salud y perdiendo su vida, para encontrar curas para la enfermedad y remedios para el sufrimiento? La indudable respuesta es que, aunque no se dieran cuenta de ello, Jesús era el Que les estaba diciendo por medio de Su Espíritu: « Hay que ayudar y curar a estas personas. Tenéis que hacerlo. Es vuestra responsabilidad y vuestro privilegio el hacer todo lo que podáis por ellos.» Es el Espíritu de Cristo el Que ha estado impulsando la conquista de la enfermedad; y, en consecuencia, se pueden hacer cosas ahora que en tiempos de Jesús ni siquiera se habrían creído posibles.

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