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Juan 14: La promesa de la Gloria

Debemos notar, por último, cuan estrecha y misteriosa es la unión de Dios Padre y Dios Hijo. Por cuatro veces se nos repite esta verdad en palabras inequívocas. «Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais.» «El que me ha visto, ha visto al Padre.» «Yo soy en el Padre, y el Padre en mí.» «El Padre que está en mí, él hace las obras..

Expresiones como estas son profundamente misteriosas. No es posible sondear su significado, nuestro entendimiento no alcanza a comprenderlo, el lenguaje humano no alcanza a expresarlo. No pudiendo explicar, debemos contentarnos con creer; no pudiendo interpretar, debemos contentarnos con admirar y reverenciar. Bástenos saber que el Padre es Dios, y el Hijo es Dios, y que, sin embargo, son uno en sustancia, aunque distintos en persona.

No obstante, debe consolarnos la verdad de que Jesucristo es verdadero Dios de verdadero Dios, igual en todo al Padre y Uno con él. El que nos amó hasta el extremo de derramar su sangre por nosotros en la cruz, no es mero hombre como nosotros, mas es Dios sobre todos, bendito para siempre. Aunque nuestros pecados fueren como la grana, él puede emblanquecerlos como la nieve.

Juan 14:12-17

En estos versículos se nos presenta un ejemplo que demuestra hasta que punto se compadecía nuestro Señor de sus discípulos por su debilidad. Percibiendo que estaban afligidos y angustiados ante la perspectiva de quedar solos en el mundo, les hizo tres promesas que debieron llenarlos de consuelo.

La primera tenía referencia a las obras que los cristianos pueden hacer. «El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará, y mayores que estas hará; porque yo voy a mi Padre..

No creemos que estas palabras puedan ser aplicadas primariamente a los milagros que obraron los apóstoles después de la ascensión de Jesús. Los hechos contradirían esa opinión, puesto que no sabemos, por ejemplo, que apóstol alguno resucitara a un hombre de cuatro días de muerto. A lo que nuestro Señor aludió fue a la difusión del Evangelio que seria más extensa en tiempo de los apóstoles que en sus días, y al mayor número de conversiones que en consecuencia tendrían lugar. Que así sucedió lo sabemos por los hechos que se nos narran en los Actos de los Apóstoles. Ninguno de los sermones que Jesucristo predicó convirtió a tres mil personas en un solo día, como sucedió el de Pentecostés. «Mayores obras,» en breve, significa un número más crecido de conversiones. No cabe en lo posible ejecutar sobre la tierra una obra mayor que la de convertir una alma.

Admiremos la misericordia de nuestro Maestro en permitir que sus siervos tuvieran tan buen éxito; convenzámonos de que no es necesario para que su reino progrese que él esté siempre presente do una manera visible; estemos seguros de que nada hay imposible para el creyente en tanto que nuestro Señor interceda por él en el cielo; y trabajemos con fe y con esperanza aunque nos sintamos débiles y desamparados como los discípulos.

La segunda promesa es relativamente a lo que los cristianos pueden obtener por medio de la oración. Nuestro Señor dijo: «Todo lo que pidiereis en mi nombre, esto haré….» «Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré..

Estas palabras ofrecen un grande estímulo para el cumplimiento del sencillo pero importante deber de la oración. Ellas deben ser una fuente de consuelo para el que diariamente se postre ante Dios y le ore de todo corazón. Acaso esas plegarias sean débiles e imperfectas; mas si son ofrecidas en el nombre de Jesucristo, no son ofrecidas en vano. El es el Abogado y Medianero que tenemos con el Padre; y, si imploramos su intercesión, es seguro que cumplirá la promesa que nos ha hecho. Esto, por supuesto, es así siempre que lo que pidamos sea para bien de nuestras almas, y no para mero provecho temporal. «Todo,» y «algo,» en los versículos citados no incluyen riqueza y felicidad mundanas, cosas que siendo a veces para nuestro mal, nos son rehusadas por nuestro Señor.

¿Por qué es que muchos cristianos verdaderos obtienen tan pocas bendiciones? ¿Por qué es que en su marcha hacia el cielo riegan el camino de lágrimas y están constantemente llenos de zozobra y de temor? La contestación es sencilla: es que no piden a Dios lo que necesitan. La falta de vehemencia en los deseos sea la causa de la falta de entusiasmo en los hechos. Aquel servirá más a Jesucristo y se distinguirá más por su piedad que ora a Dios con perseverancia y con fervor.

La tercera promesa se refiere al Espíritu Santo. Nuestro Señor dijo: «Yo rogaré al Padre, el cual os dará otro Consolador..

De que esta sea la primera vez que se mencione al Espíritu Santo como don especial que Jesucristo concede a los creyentes, no vayamos a suponer que no fuera concedido a los justos del Antiguo Testamento. Lo que sí es cierto es que el Espíritu ejerció mayor influjo sobre los creyentes cuando empezó el reinado del Evangelio, y esa es la promesa que entraña el pasaje citado. Es, pues, útil examinar lo que acerca de El se nos dice.

Se nos dice indirectamente que es persona. Para aplicar las palabras en cuestión a un mero influjo o fuerza interior seria necesario torcer su significado.

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