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Juan 13: La realeza del servicio

Pastor Lionel

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Jesús estaba dándoles a Sus discípulos Su mandamiento de despedida. Le quedaba poco tiempo; si aún necesitaban oír Su voz, tenía que se entonces. Él iba a hacer un viaje en el que ninguno podía acompañarle; iba a ponerse en camino, y tenía que ir Él solo. Y, antes de marcharse, les dio el mandamiento de que se amaran entre sí como Él los había amado. ¿Qué quiere decir eso para nosotros, en nuestras relaciones con nuestros semejantes? ¿Cómo amó Jesús a Sus discípulos?

(i) Los amó sin el menor egoísmo. Hasta en el amor humano más noble hay algo de egoísmo. A menudo pensamos -puede que inconscientemente- en lo que vamos a sacar. Pensamos en la felicidad que disfrutaremos, o en la soledad en que quedaremos si el amor falla o se nos niega. A menudo estamos pensando: ¿Qué me reportará este amor? Por detrás de todo, es nuestra felicidad lo que estamos buscando. Pero Jesús no pensaba nunca en Sí mismo. Su único deseo era darse a Sí mismo y todo lo que tenía por los que amaba.

(ii) Jesús amaba a Sus discípulos sacrificialmente. No había límite a lo que su amor pudiera llegar o dar. Ninguna demanda era excesiva. Si el amor quería decir la Cruz, Jesús la aceptaba. A veces cometemos el error de pensar que el amor está para darnos la felicidad. A fin de cuentas, así es; pero también puede traer dolor, y demandar una cruz.

(iii) Jesús amaba a Sus discípulos comprensivamente. Conocía íntima y totalmente a Sus discípulos. No conocemos a una persona a menos que hayamos convivido con ella. Si se trata de un encuentro casual, la vemos en su mejor momento. Es después de vivir con ella cuando conocemos sus rarezas y debilidades. Jesús había convivido con Sus discípulos día tras día durante muchos meses y sabía todo lo que había que saber de ellos -y, sin embargo, los amaba. A veces decimos que el amor es ciego. No hay tal, porque el amor que es ciego pronto se queda en nada, como no sea en desilusión y desencanto. El amor verdadero tiene los ojos bien abiertos. Ama, no lo que se imagina, sino lo que es. El corazón de Jesús es lo bastante grande como para amarnos tal como somos.

(iv) Jesús amaba a Sus discípulos perdonándolos. El primero de la compañía Le negaría. Todos Le abandonarían cuando más los necesitaba. Nunca, en toda Su vida, Le comprendieron realmente. Eran ciegos e insensibles, lentos para aprender y faltos de comprensión. Al final, todos se portaron como unos cobardes. Pero Jesús nunca les tuvo rencor; no tenían fallo que Él no pudiera perdonar. El amor que no ha aprendido a perdonar no puede hacer más que marchitarse y morir. Somos pobres criaturas; y hay una especie de fatalidad en las cosas que nos hace herir más a los que más nos aman. Por esa misma razón todo amor duradero ha de edificarse sobre el cimiento del perdón; porque, sin perdón, está destinado fatalmente a morir.

LA LEALTAD VACILANTE

Juan 13:36-38

-Señor, ¿adónde Te vas? -Le preguntó Pedro.

Adonde Yo voy -le contestó Jesús- tú no Me puedes seguir ahora; ya Me seguirás después.

-Señor -Le dijo Pedro-, ¿por qué no Te puedo seguir ahora? ¡Daré la vida por Ti!

-¿Conque darás la vida por Mí? -le contestó Jesús-. Te diré la pura verdad: antes que cante el gallo Me habrás negado tres veces.

¿Qué diferencia había entre Judas y Pedro? Judas traicionó a Jesús, y Pedro, cuando Jesús le necesitaba más, Le negó por tres veces, hasta con juramentos y blasfemias; sin embargo, mientras que el nombre de Judas ha pasado a la Historia como el símbolo de la vergüenza más negra, Pedro ha dejado el suyo a la mayor dignidad que se conoce en la historia de la Iglesia. Hay algo infinitamente atrayente en la persona de Pedro. La diferencia consiste en que la traición de Judas fue deliberada; la llevó a cabo a sangre fría; debe de haber sido el resultado de una idea y una planificación concienzuda; y, por último, rehusó impasiblemente la invitación más entrañable. Pero la negación de Pedro no tuvo nada de deliberada. Jamás pensó hacerlo; se vio arrastrado en un momento por la debilidad y por las circunstancias. Por un momento su voluntad fue demasiado débil, pero su corazón no le traicionó.

Hay siempre una diferencia abismal entre un pecado calculado fría y deliberadamente, y el que arrastra involuntariamente a una persona en un momento de debilidad o de pasión. Sencillamente, no se pueden comparar el pecado a sabiendas, y el que le sobreviene a uno cuando está tan debilitado o tan inflamado que apenas se da cuenta de lo que hace. ¡Que Dios nos salve a nosotros de hacerle daño deliberadamente a Él o a cualquiera de los que nos aman!

Hay algo muy entrañable en la relación entre Jesús y Pedro.

(i) Jesús conocía a Pedro en toda su debilidad. Sabía lo impulsivo y lo inestable que era; sabía que tenía el hábito de hablar con el corazón antes de pensárselo con la cabeza. Conocía bien la fuerza de su lealtad y la debilidad de su voluntad. Jesús sabía cómo era Pedro.

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