Juan 13: La realeza del servicio

Juan 13:21-30

Estos versículos tratan de un asunto que es doloroso de suyo: ese asunto es la última escena que tuvo lugar entre Jesús y Judas, y las últimas palabras que el Maestro dirigió al discípulo. Jamás volvieron a verse en la tierra, excepto la vez que se encontraron en el jardín, cuando nuestro Señor fue aprehendido. Poco tiempo después el divino Maestro y el desleal discípulo habían muerto. Jamás volverán a verse corporalmente hasta que suene la trompeta, y los muertos resuciten, y empiece el juicio, y se abran los libros. ¡Qué encuentro tan terrible será aquel! Notemos primeramente cuánto tuvo que sufrir nuestro Señor por nuestras almas. Se nos refiere que después de lavar los pies de los discípulos se turbó en espíritu y dijo: « Uno de vosotros me ha de entregar..

No es fácil formar una idea adecuada de lo intenso de los padecimientos de nuestro Señor durante los tres últimos años que vivió en la tierra. Su crucifixión y muerte fueron apenas el complemento de sus sufrimientos. Pero, debido en parte a la incredulidad de los Judíos y al odio de los fariseos, y en parte a la falta de firmeza de sus propios discípulos, El fue a la verdad, «varón de dolores, experimentado en flaquezas.» Isa_53:3.

Pero el sufrimiento a que hemos aludido fue excepcional. Fue el pesar acerbo del Maestro al ver convertido en apóstata y traidor a uno de los apóstoles que había escogido. Que Jesús había previsto ese pesar no puede revocarse a duda, pero el pesar no fue menos profundo por haber sido previsto. Además, no hay nada que mortifique tanto como el desagradecimiento. Un poeta inglés ha dicho: «La ingratitud del hijo punza tanto Como el colmillo de la serpiente fiera..

La rebelión de Absalón afligió a David más que ninguna otra desgracia, y la traición de Judas fue causa de uno do los dolores más agudos del Hijo de David.

Notemos en seguida cuan maligno y poderoso es nuestro grande adversario. Al principio del capítulo se nos dice que puso en el corazón de Judas la intención de traicionar al Señor. En este pasaje se nos dice que entró en el. Primero sugiere, luego manda; y una vez que ha entrado en un hombre se apodera completamente de su ser y lo domina como un tirano.

Procuremos no desentendernos de los ardides de Satanás, quien todavía recorre la tierra en busca de víctimas para devorar. Está en nuestro camino, cerca de nuestro lecho y espía todos nuestros movimientos. El único modo de ponernos a salvo de su formidable brazo es resistiendo sus primeros ataques. Do nuestra conducta en tales circunstancias todos somos responsables. Potente como es, no alcanza a hacernos daño alguno si imploramos el auxilio de ese Ser más poderoso que mora en los cielos, y si empleamos en nuestra defensa los medios que él ha señalado. Uno de los infalibles principios del Cristianismo es que si resistimos al diablo él huirá de nosotros. Jam_4:7.

Cuando un hombre empieza a contemporizar con el maligno es difícil predecir hasta dónde irá a parar. Muchos creen que es una cosa de poca monta el dar asilo a los primeros pensamientos pecaminosos y el permitir que Satanás nos lisonjee é inocule en nuestro corazón malos deseos. En tales momentos y bajo tales circunstancias es que empieza muchas veces la caída de los mortales. El que permite que Satanás le inspire malos pensamientos muy pronto se verá arrastrado de malas costumbres. Feliz el que, creyendo en la existencia del diablo, vela y ora diariamente para ser preservado de sus tentaciones.

Notemos, por último, hasta qué grado de endurecimiento puede llegar un apóstata. Cualquiera espectador se hubiera imaginado que al contemplar la turbación de nuestro Señor, y al oír sus palabras de admonición, Judas habría sentido remordimientos de conciencia. Mas no sucedió así. Cualquiera hubiera pensado que cuando Jesús dijo que hiciera pronto lo que iba a hacer, el desleal discípulo se habría detenido en su camino y se habría avergonzado de abrigar intenciones tan depravadas. Mas nada fue parte a conmoverlo. Como si hubiera estado completamente destituido de conciencia, se separó de nuestro Señor y se fue a llevar a afecto su plan atroz.

Causa espanto el pensar cuánto podemos endurecernos si obramos en oposición a nuestros conocimientos y a nuestras convicciones. Podemos volvernos tan insensibles como aquellos a quienes se les han paralizado los miembros, y hacernos ajenos del temor, la vergüenza, y el remordimiento. Examinemos constantemente nuestros corazones y no cedamos ante las primeras tentaciones. Aquel es el cristiano más fuerte que reconoce más su debilidad y exclama : «Sostenme y seré salvo.» Psa_119:117.

Juan 13:31-38

Al fin nuestro Señor quedó solo con sus once discípulos. El traidor, Judas Iscariote, había salido del cuarto y se había ido a perpetrar el negro crimen. Libre ya de su desagradable compañía, nuestro Señor abrió su corazón ante su pequeño rebaño de una manera más completa de lo que antes lo había hecho. Siendo esa la postrera vez que les hablaba antes de que empezase su pasión, les dirigió un discurso que, en cuanto a lo conmovedor, no tiene igual en la Biblia.

En estos versículos se nos manifiesta cuánta gloria atrajo la escena de la crucifixión a Dios Padre y a Dios Hijo. No se puede menos que colegir que fue a esa escena que aludió Jesús cuando dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él.» Sus palabras equivalen a las siguientes: «La hora de la crucifixión está próxima; mi misión acá en la tierra ha terminado; mañana va a tener lugar un acontecimiento, que por dolor que cause a vosotros los que me amáis, es para mi Padre y para mí un gran motivo de gloria..

Estas palabras eran recónditas y misteriosas, y no es de asombrarnos que los once discípulos no las comprendieran. En la agonía de la muerte en la cruz, en la ignominia y humillación que vieron en perspectiva, en el hecho de estar Jesús clavado a un leño en desnudez y en medio de dos ladrones–en todo esto no parecía que hubiese gloria alguna. Bien al contrario, era ese un acontecimiento que llenaría a los apóstoles de pena, desaliento y tristeza. Y sin embargo, las palabras de nuestro Señor fueron ciertas.

La escena de la crucifixión atrajo gloria al Padre, haciendo resplandecer su sabiduría, su fidelidad, su santidad y su amor. Probó su sabiduría en cuanto que designó un medio por el cual podía ser justo y sin embargo justificador de los pecadores. Probó su fidelidad en cuanto guardó su promesa de que la simiente de la mujer quebrantaría la cabeza de la serpiente. Probó su santidad en cuanto exigió que nuestro gran Sustituto cumpliese en nuestro lugar con los requisitos de una ley quebrantada. Probó su amor en proveer como Mediador, «Redentor y Protector nuestro a su co-eterno Hijo.

La escena de la crucifixión atrajo gloria al Hijo, haciendo resplandecer su compasión, su paciencia y su poder. Nos hizo conocer su compasión en cuanto sufrió en nuestro lugar y compró nuestra redención al precio de su propia sangre, Nos dio a conocer su paciencia en cuanto no murió de muerte natural sino se sometió voluntariamente a tantos padecimientos y agonías como la mente humana no alcanza a concebir, y eso cuando con una palabra pudo haber llamado al Padre y a los ángeles para salir de ese terrible trance. Nos dio a conocer su poder en cuanto sobrellevó el peso de todas las trasgresiones del mundo, y venciendo a Satanás, le arrebató su víctima.

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