Juan 13: La realeza del servicio

Juan 13:16-20

Si queremos penetrarnos bien del significado de estos versículos, es preciso que notemos cuidadosamente qué lugar ocupan en el capítulo. Se hallan a continuación del pasaje en que se nos describe el lavatorio, y están hasta cierto modo enlazados con el solemne precepto de que los discípulos debían hacer lo que Cristo había hecho.

Enséñasenos, en primer lugar, que los cristianos no deben avergonzarse jamás de hacer lo que Jesucristo ha hecho. «De cierto, de cierto os digo: El siervo,» etc.

Es indudable que nuestro Señor en su omnisciencia percibió que empezaba a despertarse en el ánimo de los discípulos cierta repugnancia a ejecutar actos serviles como el que le habían visto a él ejecutar. Engreídos todavía con la antigua esperanza de presenciar la inauguración de un espléndido dominio temporal, y recónditamente enorgullecidos de ser contados en el círculo de los amigos de nuestro Señor, esos pobres Galileos se asombraron ante la idea de lavarse los pies unos a los otros. No podían creer que el servicio del Mesías envolvía actos de esa naturaleza. Todavía no alcanzaban a comprender la sublime verdad de que la verdadera grandeza del cristiano consiste en hacer bien a los demás. Por ese motivo era necesario que nuestro Señor les dirigiera algunas palabras de amonestación. Si El había condescendido en ejecutar un acto humilde, sus discípulos no debían vacilar en hacer otro tanto.

Todos estamos inclinados a mirar con repugnancia toda obra que apareje alguna molestia o sacrificio, o que nos haga rozar con los que nos son inferiores, y por lo regular la trasladamos o otras personas y nos excusamos diciendo que no es asunto de nuestra incumbencia. Cuando experimentemos tales sentimientos, nos será provechoso recordar las palabras y el ejemplo de nuestro Señor sobre ese particular. Hacemos mal en creer que nos rebajamos con tratar con cariño a los que sean de más humilde condición, y en abstenernos de hacer un bien porque la persona protegida sea indigna o ingrata. Ese no fue el espíritu de Aquel que a Judas Iscariote lavó los pies lo mismo que a Pedro. El que no puede descender a imitar el ejemplo de Jesucristo revela muy poco amor y muy poco humildad.

En estos versículos se nos enseña también, cuan mutiles son los conocimientos religiosos cuando no van seguidos de la práctica. Leemos estas palabras: «Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hiciereis.» Nuestro Señor advirtió así indirectamente a sus discípulos que jamás serian felices en su servicio si contentándose tan solo con saber sus deberes, no los practicaban.

Nada es más común que oír a los hombres decir respecto de una doctrina dada que ya la saben, en tanto que continúan siendo tan incrédulos o desobedientes como antes. Parecen lisonjearse con la idea de que hay algo meritorio o expiatorio en los conocimientos, aunque no vayan seguidos del cambio de corazón o la enmienda de vida. Empero todo pasa muy al contrario de esto. Saber lo que debemos ser, creer y ejecutar, y sin embargo permanecer indiferentes, nos hace más culpables ante los ojos de Dios. Saber que los cristianos han de ser humildes y tiernos de corazón, y ser al mismo tiempo orgullosos y egoístas, nos hará sumergir más hondamente en el mal, a menos que nos apercibamos de nuestro estado y nos arrepintamos. La práctica, en una palabra, es el alma misma de la religión. «El pecado, pues, está en aquel que, sabiendo hacer lo bueno, no lo hace.» Jam_4:17.

Por supuesto no debe mirarse con desprecio el saber. Por él, en cierto sentido, es que empieza la verdadera fe a apoderarse del corazón del hombre. En tanto que no conozcamos a Dios o a Jesucristo, en tanto que ignoremos lo que es el pecado, la gracia, el arrepentimiento, nos encontraremos en un estado tan lamentable como los paganos. Pero es preciso guardarnos de dar al saber más importancia de la que merece. Como ya queda dicho, es completamente inútil, religiosamente hablando, a menos que produzca en el hombre un cambio de conducta, una mutación de voluntad. a la verdad, el saber sin la práctica solo nos pone al nivel de Satanás. «Los demonios,» dice Santiago, «creen y tiemblan..

En estos versículos se nos enseña, además, en que consiste la verdadera dignidad da los discípulos de Jesucristo. Acaso el mundo los menosprecie y ridiculice porque éstos se afanan más por ejecutar actos de caridad y de humildad que por tomar parte en los quehaceres y goces del mundo. Mas el divino Maestro les manda que recuerden cuál es su misión y que no se descorazonen. Son los enviados de Dios y no tienen por qué abatirse. Las siguientes fueron sus palabras: « De cierto, cíe cierto os digo, que el que recibe a quién yo enviare, a mí recibe; y el que a mí recibe, recibe al que me envió..

Estas palabras son muy consoladoras. La doctrina que ellas expresan debiera infundir ánimo en el corazón de todos los que se dedican a hacer bien a sus semejantes, y especialmente a los que socorren a los pobres, o trabajan por la reforma de los malos. Cierto es que obras de esta naturaleza no acarrean mucha alabanza de los hombres, y que los que so dedican a su ejecución reciben a menudo el estigma de fanáticos y encuentran con oposición de parte de los demás.

Que perseveren sin embargo en bien hacer y tomen aliento de las palabras de que venimos hablando. Que no se abatan si los hombres del mundo se ríen de ellos y los desprecian. Vendrá un día en que oirán estas palabras: « Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino aparejado para vosotros desde la fundación del mundo.» Mat_25:34.

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