Juan 12: La prodigalidad del amor

DE LA TENSIÓN A LA CERTEZA

Juan 12:27-34

Jesús continuó diciendo:

Ahora tengo el alma en angustia. ¿Y qué voy a decirle al Padre? ¿Que Me libre de esta hora? ¡Pero si para esto he llegado a esta hora! ¡Padre: glorifica Tu nombre!

Entonces se oyó una voz en el cielo que decía:

-¡Ya lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez!

A eso la multitud que estaba por allí, y que oyeron aquello, dijeron que había sido un trueno.

-¡Ha sido un ángel que le ha hablado! dijeron otros.

-No ha sido por mi causa por lo que ha venido esa voz -les dijo Jesús-, sino por causa de vosotros. Ahora va a tener lugar el juicio de este mundo, y su príncipe va a ser expulsado. En cuanto a mí, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a mí a toda la humanidad.

Eso lo dijo dando a entender de qué muerte iba a morir. La multitud le objetó:

-Hemos oído que la ley dice que el Ungido de Dios permanece para siempre; y Tú dices que el Hijo del Hombre ha de ser levantado. ¿Quién es ese Hijo del Hombre?

Juan nos muestra en este pasaje la tensión de Jesús y su triunfo; y también nos descubre qué fue lo que cambió aquella tensión en el triunfo final.

(i) Juan no nos refiere la agonía de Getsemaní. Es aquí donde nos muestra a Jesús peleando la batalla con su anhelo humano de evitar la Cruz. Nadie quiere morir a los treinta y tres años, y nadie quiere morir en una cruz. No habría tenido ningún mérito la obediencia de Jesús a su Padre si le hubiera resultado fácil y no le hubiera costado nada. El verdadero valor no quiere decir que no se tenga miedo: puede querer decir que, aunque se tenga un miedo terrible, se hace lo que se debe hacer. Ese era el valor de Jesús. Como lo expresó Bengel: « Aquí se encontraron el horror de la muerte y el ardor de la obediencia.» La voluntad de Dios quería decir la Cruz, y Jesús tenía que vencerse a sí mismo para aceptarla.

(ii) Pero al final de la lucha ya no queda tensión, sino victoria y seguridad. Jesús estaba seguro de que, si seguía adelante, algo sucedería que acabaría con el poder del mal de una vez para siempre. Si era obediente hasta la Cruz, estaba seguro de que el golpe mortal le sería asestado al príncipe de este mundo, Satanás. Iba a ser la última batalla que quebrantaría para siempre el poder del mal. Además, estaba seguro de que, si iba a la Cruz, la visión de su figura elevada y crucificada atraería hacia Él a toda la humanidad. Jesús también anhelaba la victoria; Él también quería vencer al enemigo; Él también quería que todo se le sometiera; pero sabía que la única forma de conquistar los corazones humanos para siempre era mostrárseles en la Cruz. Empezó con tensión; acabó con triunfo.

(iii) ¿Qué hubo entre la tensión y el triunfo para obrar aquel cambio? La voz de Dios. Detrás de la llegada de la voz de Dios subyace algo grande y profundo.

Hubo un tiempo en que los judíos creían que Dios hablaba directamente a las personas. Fue así como Dios habló al niño Samuel (1Sa_3:1-14 ). Dios habló directamente a Elías cuando iba huyendo de la vengativa Jezabel (1Ki_19:1-18 ). Fue directamente como Elifaz Temanita pretendía haber oído la voz de Dios (Job_4:16 ). Pero en el tiempo de Jesús se había dejado de creer que Dios hablara directamente. Los grandes días habían pasado; Dios estaba ya demasiado lejos; la voz que había hablado a los profetas estaba callada. Entonces creían en lo que llamaban bat qól, expresión hebrea que quiere decir hija de la voz o voz hija. Cuando la bat qól hablaba, lo más frecuente era que citara la Escritura. No era realmente la voz directa de Dios, sino lo que llamaríamos un eco de su voz, un distante suave murmullo en vez de una comunicación viva y directa

Pero no fue el eco de una voz lo que Jesús oyó; fue la misma voz de Dios mismo. Lo que viene a la humanidad con Jesús no es el eco de algún susurro distante de los lugares celestiales, sino el acento inconfundible de la voz de Dios.

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