Juan 12: La prodigalidad del amor

¿Cómo habrían llegado aquellos griegos a saber de Jesús y a tener interés en Él? J. H. Bernard lanza una sugerencia muy interesante. Fue probablemente en la última semana de su ministerio, como nos dicen los otros tres evangelios, cuando Jesús purificó el templo y barrió de allí a los cambistas y a los vendedores de animales. Ahora bien, aquellos traficantes ponían sus puestos en el Atrio de los Gentiles, que era el mayor y el primero de todos los atrios del templo, y del que no podían pasar los gentiles bajo pena de muerte. Estos griegos que habían ido a Jerusalén en el tiempo de la Pascua no podrían por menos de visitar el templo, y se encontrarían en el atrio de los Gentiles. Tal vez habían presenciado aquella escena terrible de la expulsión de los comerciantes de aquel mismo atrio; y tal vez querían saber más del hombre que era capaz de hacer tales cosas.

En cualquier caso y fuera donde fuera, este es uno de los grandes momentos de la historia evangélica, porque aquí se nos insinúa tímidamente por primera vez que el Evangelio había de llegar a todo el mundo.

Los griegos se dirigieron con su petición a Felipe en primer lugar. ¿Por qué a Felipe? No lo podemos decir con seguridad; pero es posible que fuera porque el nombre Felipe es griego, y tal vez pensaron que uno que se llamara así los trataría con comprensión. Sin embargo, Felipe no sabía qué hacer, y fue a consultárselo a Andrés. Andrés no tenía la menor duda en esos casos, y los llevó a Jesús.

Andrés ya había descubierto por aquel entonces que no había nadie que pudiera ser una molestia para Jesús. Sabía que Jesús no le volvería la espalda a ningún sincero buscador.

LA SORPRENDENTE PARADOJA

Juan 12:23-26

Jesús se dirigió a ellos con las siguientes palabras: -Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado. Esto que os digo es la pura verdad: a menos que un grano de trigo caiga en la tierra y muera, no llega a ser nada más que uno solo; pero, si muere, se multiplica en mucho fruto. El que no ama nada más que su propia vida, es el que la pierde; pero el que aborrece su vida en este mundo, ese es el que la conserva para la eternidad. El que quiera servirme, que me siga; y donde yo esté, allí estará también mi servidor.

Sería difícil encontrar otras palabras de Jesús en el Nuevo Testamento que les produjeran un desencanto tan grande como estas a los que las oyeran por primera vez. Empiezan de una forma que sería lo primero que cualquiera podría esperar; pero acaban diciendo precisamente lo contrario.

«Ha llegado la hora dijo Jesús en que el Hijo del Hombre ha de ser glorificado.» Estaba claro que las cosas habían ido conduciendo a una crisis, y que esa crisis había llegado a producirse. Pero la idea que tenía Jesús de lo que esa crisis implicaba era totalmente distinta de la que tenían los demás. Cuando Jesús hablaba del Hijo del Hombre, no quería decir lo que la gente se figuraba. Para comprender el carácter demoledor de este breve párrafo debemos tratar de saber lo que los judíos entendían por el Hijo del Hombre. Ese término procedía del libro de Daniel. En el capítulo 7, versículos 1-8, el autor ha descrito las potencias mundiales que han ejercido dominio: los asirios, los babilonios, los medos y los persas. Fueron tan crueles, salvajes y sádicos que no se podían describir más que como fieras -el león con alas de águila, el oso con tres costillas entre los dientes, el leopardo de cuatro alas y cuatro cabezas y la terrible fiera con dientes de hierro y diez cuernos. Esos eran los símbolos de las potencias que habían ejercido dominio hasta entonces. Pero, en la visión del profeta, iba a venir al mundo un nuevo poder que iba a ser benigno, humano y piadoso, por lo que se le representa, no con la figura de otra fiera, sino con la de un ser humano. Este pasaje quiere decir que el día del salvajismo iba a pasar, e iba a amanecer el día de la humanidad.

Ese era el sueño de los judíos: la edad de oro, cuando la vida sería suave y ellos serían los amos del mundo. Pero, ¿cómo vendría ese día? Cada vez veían más claro que su nación era tan pequeña y su poder tan reducido que la edad de oro no podía venir por medios y poder humanos, sino que tendría que venir por una directa intervención de Dios. El enviaría a Su Campeón para que lo instaurara. Así que se retrotrajeron a la figura del libro de Daniel, y ¿Qué más natural que llamar al Campeón el Hijo del Hombre? La frase que había sido simplemente un símbolo se tomó como la descripción de una persona. Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento surgió toda una literatura acerca de la edad de oro y cómo se iba a producir. Entre sus problemas y sufrimientos, en sus opresiones y esclavitudes, los judíos nunca olvidaron ni descartaron su sueño. Uno de esos libros tuvo una influencia muy especial: el Libro de Enoc, en el que se habla repetidamente del Hijo del Hombre. El Hijo del Hombre es una figura extraordinaria que, como si dijéramos, Dios tiene sujeto en una traílla. Pero llegará el día en que Dios le suelte, y vendrá con poderes divinos que ninguna persona ni reino podrá resistir, y abrirá el camino para el imperio universal de los judíos.

Para los judíos, el Hijo del Hombre representaba al Conquistador mundial e invencible enviado por Dios. Así que Jesús dice: «Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre ha de ser glorificado.» Sus oyentes entenderían: «¡Sí, ya es hora de que el Campeón de Israel se levante y se cubra de gloria!» Creerían que la trompeta de la eternidad había sonado, que el poder del Cielo estaba en marcha y que la campaña victoriosa ya había comenzado.

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