Juan 12: La prodigalidad del amor

La Pascua, Pentecostés y Tabernáculos eran las tres fiestas de guardar de los judíos. Para la Pascua venían a Jerusalén judíos de todo el mundo. Dondequiera que viviera un judío, su ambición era celebrar una Pascua en Jerusalén. Hasta el día de hoy y a lo largo de todas las edades, cuando los judíos celebran la Pascua en su lugar de residencia, dicen: « ¡Este año aquí; pero el que viene, en Jerusalén!»

Por entonces, Jerusalén y todos los pueblos de alrededor estaban abarrotados de peregrinos. En cierta ocasión se hizo un censo de los corderos que se mataron para la fiesta de la Pascua, y se alcanzó la cifra de 256.000. Tenían que ser un mínimo de diez personas por cordero; así que, si los Números eran correctos, tiene que haber habido unas 2,700.000 personas en Jerusalén y alrededores aquel año. De modo que, aunque la cifra fuera exagerada, sigue siendo verdad que la población de Jerusalén se multiplicaba en esas fechas.

Se habían divulgado noticias y rumores de que Jesús, el que había resucitado a Lázaro, estaba de camino hacia Jerusalén. Había dos multitudes: la que acompañaba a Jesús desde Betania, y la que salió a su encuentro de Jerusalén; y deben de haber fluido juntas como una doble marea de la Marcos Jesús llegaba cabalgando en un borriquillo. Cuando la gente le encontraba, le recibía como a un conquistador. Y la vista de la tumultuosa bienvenida sumió a las autoridades en las profundidades de la desesperación; porque parecía que nada de lo que ellos hicieran podía detener la avalancha de los seguidores de Jesús. Este incidente evangélico es tan importante que debemos hacer todo lo posible para comprender qué fue exactamente lo que sucedió.

(i) Algunos de la multitud no eran más que espectadores. ¡Ahí iba uno que, según se decía, había resucitado a un muerto! Y muchos habían salido, sencillamente, a ver a una figura sensacional. Siempre es posible atraer gente por un tiempo con sensacionalismo y una publicidad astuta; pero no suele durar. Muchos de los que aquel día consideraban a Jesús sensacional, aquella misma semana pedirían su muerte.

(ii) Muchos de la multitud vitoreaban a Jesús como a un conquistador. En el fondo, esa era la atmósfera dominante de toda la escena. La saludaban con las palabras: «¡Hosanna! ¡Benito el que viene en el nombre del Señor, que es el Rey de Israel!» La palabra Hosanna quiere decir en hebreo ¡Salva ahora!; y el grito de la gente era casi precisamente el equivalente de: «¡Dios salve al Rey!»

Las palabras con las que dieron la bienvenida a Jesús son iluminadoras. Son una cita del Psa_118:25-26 . Ese Salmo tenía muchas referencias que no podían por menos de estar presentes en la mente de la mayoría. Era el último Salmo del grupo conocido como Hallel (113-118). La palabra hallel quiere decir ¡Loado sea Dios!, y estos son Salmos de alabanza.

Formaban parte de las primeras cosas que se aprendían de memoria los chicos judíos. Se cantaban a menudo en los cultos de alabanza y acción de gracias del templo; y eran parte del ritual de la Pascua. Además, este Salmo en particular estaba íntimamente relacionado con el ritual de la fiesta de los Tabernáculos, en el que los adoradores llevaban manojos de palmera, arrayán y sauce que se llamaban lulab. Iban todos los días al templo con ellos. Todos los días de la fiesta daban la vuelta al altar mayor de los holocaustos, una vuelta los seis primeros días y siete el último; y, conforme iban marchando, cantaban triunfalmente versículos de este Salmo, y especialmente estos mismos. De hecho, es posible que este Salmo se compusiera para cantarlo en la primera celebración de los Tabernáculos cuando Nehemías acabó de reconstruir los muros y la ciudad, y los judíos volvieron a su patria desde Babilonia y pudieron celebrar otra vez los cultos en el templo (Neh_8:14-18 ). Este era, sin duda, el Salmo de las grandes ocasiones, y la gente lo sabía muy bien.

Además, éste era el Salmo del conquistador por excelencia. Para dar un ejemplo: estos mismos versículos los cantó y gritó la población de Jerusalén al dar la bienvenida a Simón Macabeo cuando volvió de conquistar Acra, rescatándola de cien años de dominio sirio. Sin duda, cuando la multitud cantaba ese Salmo, estaba dando la bienvenida a Jesús como el Libertador Ungido por Dios, el Mesías esperado. Y no hay duda de que le recibían como conquistador. Para ellos sería una cuestión de tiempo el que sonaran las trompetas llamando a las armas, y la nación de Israel se lanzaba a la tan esperada victoria sobre Roma y el mundo entero. Jesús se acercaba a Jerusalén en olor de multitud y entre sus gritos que le aclamaban como el conquistador que estaban esperando; lo que le dolería profundamente, porque le veían precisamente como lo que Él había rehusado ser.

(iii) En una situación semejante está claro que Jesús no se podía dirigir a la multitud. No habría podido alcanzar con su voz a una audiencia tan extensa y enfervorizada; así es que hizo algo que todo el mundo podía ver: entró en Jerusalén montado en un borriquillo.

Aquello tenía dos significados.

(a) Primero: era presentarse claramente como el Mesías. Fue una representación dramática de las palabras del profeta Zacarías. Juan no da la referencia porque citaría de memoria. Zacarías había dicho: «¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! ¡Mira a tu Rey que viene a ti, triunfante y victorioso, humilde y cabalgando en un asno, en un borriquillo hijo de asna!» (Zec_9:9 ). Al cumplir así la profecía, Jesús se presentaba como el Mesías sin dejar lugar a ninguna clase de dudas.

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