Juan 12: La prodigalidad del amor

En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, cuán grande es el endurecimiento del corazón humano. Se nos dice de los oyentes de nuestro Señor que aunque había hecho tantos milagros todavía no creían en él.

Incurren en un grave error los que suponen que el presenciar hechos portentosos convierte las almas, y que si viesen alguna manifestación sobrenatural de la gracia divina harían a un lado toda duda, y profesarían inmediatamente el Cristianismo de una manera decidida. Solo un corazón nuevo y una nueva naturaleza inoculada en nuestro ser por el Espíritu Santo, pueden hacernos verdaderos discípulos de Jesucristo.

Ni debemos sorprendernos de que la indiferencia y la incredulidad prevalezcan en tanto grado. Esa es solo una de tantas pruebas de una doctrina fundamental: la de la corrupción total y el estado caído del hombre. Que nos quejamos del escepticismo de nuestros semejantes es prueba de que no acogemos esa doctrina como debiéramos. Apenas creemos de una manera vaga que el corazón humano es engañoso. Leamos la Biblia con más atención y escudriñemos su contenido con más cuidado. Aún cuando Cristo mismo predicó la religión y obró milagros, hubo centenares de los que lo oyeron que permanecieron totalmente indiferentes. ¿Por qué pues admirarnos de que los que hoy oyen sermones permanezcan indiferentes? «El discípulo no es mayor que su maestro..

En estos versículos se nos enseña, en tercer lugar, cuán asombroso es el influjo que el amor del mundo ejerce sobre los hombres. Se nos dice que aún muchos de los príncipes creyeron en él; pero que a causa de los fariseos no le confesaron, por no ser echados de la sinagoga. «Porque amaban más la gloria (que se recibe) de los hombres que la gloria (que se recibe) de Dios..

Esos hombres desgraciados estaban convencidos, evidentemente, de que Jesús era el verdadero Mesías. La razón, la inteligencia, la conciencia los obligaba a convenir secretamente en que ninguno podía hacer los milagros que él hacía a menos de que Dios estuviese de su parte, y que el predicador de Nazaret era realmente el Ungido de Dios. Más no tenían valor para confesarlo. No se atrevían a afrontar el torbellino del ridículo, si no de persecución, que esa confesión les acarrearía. Y así, a manera de cobardes, se mantuvieron en la inacción y no comunicaron a otros sus convicciones.

Y esa cobardía moral, doloroso es decirlo, está harto generalizada. Hay millares de personas que, en materias de religión, no obran según sus convicciones.

Saben que deben presentarse ante el mundo como cristianos decididos; saben que su conducta no se ajusta a los privilegios de que gozan. Más el temor al hombre los hace retroceder; y así siguen de año en año descontentos en secreto consigo mismos, sabiendo demasiado en materias religiosas para vivir felices en medio de los goces efímeros del mundo, y aferrándose demasiado al mundo para sentir placer en la práctica de la religión.

El remedio para estos males espirituales es la fe. La creencia en un Dios, en un Cristo, en un cielo, en un juicio que no hemos visto, en un medio eficaz de vencer la timidez. Se necesita de la virtud desalojante, expulsiva, de un nuevo principio para sanar la enfermedad. «Y esta es la victoria que vence al mundo, es a saber, nuestra fe.» 1 Juan 5.4

Jua 12:44-50

En estos versículos se nos da primeramente una idea de la majestad de nuestro Señor Jesucristo. «El que me ve, ve al que me envió; yo la luz he venido al mundo, « etc. Estas palabras tratan de la unidad de Cristo con el Padre, y del oficio del Redentor.

Relativamente al primero de estos temas, debemos contentarnos con creer reverentemente lo que no alcanzamos a abarcar con nuestro entendimiento o a explicarnos con claridad. Bástenos saber que el Salvador no era como los profetas o los patriarcas, un mero hombre enviado de Dios Padre. El era algo más grande y encumbrado: en cuanto a su naturaleza divina era esencialmente uno con el Padre; y al verlo a él se veía al Padre que lo envió. Este es, a la verdad, un profundo misterio; pero la verdad que encierra es de grande importancia para nuestras almas. El que, por medio de la fe, se encomienda a Cristo, edifica sobre una roca; puesto que creer en Cristo es creer en Aquel lo envió.

En cuanto a su oficia, no hay duda que en las palabras citadas Jesús se comparó al sol. Como el sol, ha salido en este mundo oscurecido por el pecado y resplandece para bien de todo el género humano. Como el so, él es la fuente y centro de la vida, del consuelo y de la abundancia. Como el sol, ilumina toda la tierra y nadie puede errar en el camino del cielo si hace uso de la luz que él lo suministra.

Que sea, pues, Cristo la figura central de nuestras meditaciones religiosas. Si tornamos a él los ojos, la luz penetrará en nuestro entendimiento entenebrecido, iluminará la senda de nuestra vida y reanimará en fin nuestros corazones de tal manera, que en el día de la desgracia no nos abatirá ya el dolor.

En estos versículos se nos da á conocer la indefectibilidad del juicio venidero. Nuestro Señor dijo: «El que me desecha y no recibe mis palabras, tiene quien lo juzgue: la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero..

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