Juan 12: La prodigalidad del amor

(b) Vemos la humildad del amor. Era conferir un honor el ungir la cabeza de una persona. «Ungiste mi cabeza con aceite,» dice el salmista (Salmo 23: S). Pero María no se atrevía a llegar a la altura de la cabeza de Jesús, y le ungió los pies. Lo último en que podía pensar María era en conferirle un honor a Jesús; jamás se consideró con capacidad para eso.

(c) Vemos la naturalidad del amor. María le secó los pies a Jesús con sus propios cabellos. En Palestina, ninguna mujer respetable aparecería en público con el cabello suelto. El día de su boda, una chica se sujetaba el cabello y ya nunca se dejaba ver en público con el cabello suelto. Eso habría hecho que se la identificara con una mujer inmoral. Pero a María ni siquiera se le ocurrió pensarlo. Cuando dos personas se aman de veras, viven en su mundo. Van por una calle abarrotada de gente cogidos de la mano, sin importarles lo que puedan pensar los demás. A muchos les da corte presentarse como cristianos, porque les preocupa lo que otros piensen de ellos. María amaba a Jesús tanto que no le podía importar menos lo que pensaran o dijeran otros.

Pero hay algo más aquí acerca del amor. Juan lo expresa diciendo: «Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.» Ya hemos visto que la mayor parte de lo que nos cuenta Juan tiene un doble sentido: uno que está en la superficie, y otro más interior. Muchos padres de la Iglesia e intérpretes han visto aquí un doble sentido. Lo han tomado como diciendo que toda la Iglesia se llenó del recuerdo agradable de la buena acción de María. Una buena acción se convierte en la posesión de todo el mundo y añade a la belleza de la vida en general algo que el tiempo no puede destruir.

(iii) Tenemos a Judas. Aquí se nos revelan tres cosas acerca del misterio de su persona.

(a) Vemos la confianza que tenía Jesús en él. Desde tan atrás como Joh_6:70-71 , Juan nos presenta a Jesús plenamente consciente de que había un traidor en sus filas. Bien puede ser que tratara de ganarse el corazón de Judas poniéndole de tesorero de la compañía apostólica. O tal vez intentara apelar a su sentido del honor. O puede que estuviera diciéndole en efecto: «Judas, aquí hay algo que puedes hacer por mí. Aquí tienes la prueba de que te necesito y te quiero.» Esa apelación falló con Judas; pero sigue en pie el hecho de que, a menudo, la mejor manera de recuperar a alguien que va por mal camino es tratarle, no con suspicacia, sino con confianza; como si se esperara de esa persona, no lo peor, sino lo mejor.

(b) Vemos una de las leyes de la tentación. Jesús no habría puesto a Judas a cargo de la caja a menos que tuviera ciertas cualidades. Westcott, en su comentario, dice: «La tentación suele sobrevenirnos en aquello para lo que tenemos una cierta predisposición y capacidad natural.» Si uno tiene una cierta habilidad para manejar el dinero, su tentación puede venirle por considerar que el dinero es la cosa más importante del mundo. Si una persona está dotada para ocupar un lugar prominente, puede que le venga la tentación de poner su reputación por encima de todo. Si una persona tiene un don particular, puede que le asalte la tentación de la presunción. Judas tenía la habilidad de manejar dinero, y tanto se aficionó a ello que se volvió, primero, un ladrón, y luego un traidor. La versión Reina-Valera dice que tenía la bolsa. El verbo griego es bastazein, que no quiere decir tener ni llevar, sino sisar. Judas no sólo llevaba la bolsa, sino que sustraía de lo que había en ella. La tentación le asaltaba en lo que constituía su talento y su responsabilidad especial.

(c) Vemos cómo se pueden deformar las ideas de una persona. Judas acababa de presenciar una acción de insuperable encanto, y la consideró un despilfarro injustificado. Era un amargado, y lo veía todo con amargura. Lo que uno ve depende de lo que lleva dentro. Ve sólo lo que está preparado para ver. Si nos gusta una persona, no le vemos defectos; pero, si no nos gusta, todo lo que haga nos parecerá mal. Una mente deformada produce una visión deformada de las cosas; y, si descubrimos que nos estamos volviendo muy críticos con los demás, y que tendemos a imputarles motivos bastardos, debemos, por un momento, dejar de examinarlos y ponernos a examinarnos a nosotros mismos.

Por último, aquí encontramos una gran verdad acerca de la vida. Algunas cosas las podemos hacer cuando queramos; pero otras, no las haremos jamás si desperdiciamos la ocasión que se nos presenta. Sentimos el deseo de hacer algo bueno, hermoso, generoso y noble. Si lo aplazamos, o lo dejamos para mañana, aquel buen impulso se retira, y no lo hacemos nunca. La vida es siempre incierta. Pensamos decir unas palabras de gratitud, de aprecio o de amor, pero lo dejamos para más adelante; y a menudo ya no lo decimos.

Hay un ejemplo clásico de un hombre que se dio cuenta demasiado tarde de lo que no había dicho ni hecho nunca. Thomas Carlyle amaba a Jane Welsh Carlyle; pero era un hombre tan difícil e irascible que nunca le hizo la vida fácil a su esposa. Ella murió repentinamente. J. A. Froude nos habla de los sentimientos de Carlyle cuando la perdió. «Estaba revisando los papeles de su esposa, sus cuadernos y diarios; y viejas escenas luctuosas volvieron despiadadamente a su memoria. En largas noches de insomnio reconoció demasiado tarde lo que ella había sentido y sufrido por sus rabietas infantiles. Sus faltas se le representaron en un juicio sin piedad y, de la misma manera que antes le habían parecido fruslerías, ahora las exageraba en su impotente arrepentimiento…» «iOh -gritaba una y otra vez-, si la pudiera ver sólo una vez más, aunque sólo fueran cinco minutos, para hacerle saber que la he querido siempre a pesar de todo eso. Y ella nunca lo supo, nunca».» Hay un tiempo para hacer y para decir cosas; y, cuando se pasa, puede que ya no se digan ni hagan nunca.

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