Juan 12: La prodigalidad del amor

Un cristianismo de este tipo recibe poco encomio de los hombres. Es demasiado profundo, definido, fuerte y real para que puedan apreciarlo. Servir á Jesucristo en el nombre y la apariencia es muy fácil, y muchos hombres se contentan solo con eso, pero tener pura fe en él y arreglar la vida á sus sublimes preceptos exige más abnegación do la que la generalidad de los hombres quiere ejercer en bien de sus almas. La irrisión, el ridículo, la oposición y la persecución: he aquí el único galardón que el mundo concede á los discípulos de Jesucristo. De la religión de estos puede en verdad decirse: «La alabanza de la cual no es de los hombres, sino de Dios.» Rom_2:29.

Sin embargo, no olvidemos que nuestro Señor ofrece suficientes incentivos á los que lo siguen: «Donde yo estuviere,» dice, «allí también estará mi servidor. « Recordemos constantemente estas promesas, y sigamos sin temor en el camino angosto. Que el mundo lance baldón sobre nuestro nombre y nos arroje de su sociedad: cuando vivamos con Cristo tendremos una morada de la cual no se nos arrojará jamás. Que el mundo mire nuestra religión con desprecio, y haga escarnio de nosotros: cuando el Padre nos honre en la presencia de los ángeles y de los hombres, sabremos que su alabanza lo compensa todo.

Jua 12:27-33

Estos versículos nos dejan comprender qué fue lo que quiso dar á entender San Pedro cuando dijo: «Hay algunas cosas» (en las Escrituras) « difíciles de entender.» Hay en ellos profundidades para medir las cuales ninguna sonda alcanza. Esto no debe causarnos sorpresa ni hacernos perder nuestra fe. La Biblia no seria un libro dado por inspiración de Dios si en sus páginas no se encontraran depositadas muchas verdades que están fuera del alcance del entendimiento finito. Por otra parte, á la par con esas verdades contiene millares de pasajes que el más iliterato puede comprender fácilmente. Aun en el que tenemos á la vista, si lo examinamos con cuidado, no dejaremos de aprender verdades de no pequeña importancia.

En estos versículos se nos presenta, primeramente, una prueba indirecta de una gran doctrina. Esa doctrina es la de la imputación hecha á Cristo del pecado del hombre.

El Salvador del mundo, el Hijo eterno de Dios estaba turbado. El que podía sanar las enfermedades al contacto de sus manos y arrojar los demonios con una palabra, el que podía mandar á las olas y á los vientos que le obedecieran, se hallaba lleno de angustia y de agonía. ¿Cómo se explica esto? Decir, como lo hacen algunos, que la única causa de la turbación de nuestro Señor era la perspectiva de la dolorosa muerte que iba á sufrir, es una explicación que satisface muy poco. Si esa hubiera sido la causa, podría decirse con justicia que muchos mártires han manifestado más calma y más valor que el Hijo de Dios, lo cual seria una aserción que repugnaría á todo espíritu devoto.

Lo único que puede dar razón de la angustia de nuestro Señor, tanto en el caso de que nos ocupamos como en él de Getsemaní, es la antigua explicación, á saber: que en tales momentos El sentía sobre sus hombros el peso del pecado del hombre. Aceptemos y acojamos para siempre esa doctrina, no solo porque ella desata el nudo de la dificultad en este pasaje, sino porque es la única que ofrece al cristiano verdadero consuelo. Que nuestro divino Sustituto ha cargado realmente con nuestros pecados, y que su justicia nos ha sido realmente imputada–he aquí la única garantía de paz espiritual que tiene el cristiano. Y si alguno nos preguntare como sabemos que Jesucristo ha tomado sobre sí nuestros pecados, le suplicamos que lea el pasaje que tenemos a la vista y otros del mismo linaje, y los explique de otra manera si puede.

En este pasaje también se nos revela un gran misterio. Ese misterio es la posibilidad de que un hombre sin pecado padezca luchas interiores.

Al leer los versículos de que nos ocupamos no puede menos que notarse que nuestro Señor tuvo una grande agonía mental. De lo profundo e intenso de esa agonía no podemos quizá formarnos sino una idea muy pequeña. Pero el grito gemebundo, «Ahora es turbada mi alma;» la solemne pregunta, «¿Qué diré?;» la oración llena de dolor, «Padre, sálvame de esta hora;» la humilde confesión, «Por esto he venido a esta hora;» La petición del Espíritu resignado, «Padre, glorifica tu nombre» -¿Qué significa todo esto? Qué, sino que dentro del pecho del Salvador tenía lugar una lucha, una lucha producida por la agitación de los sentimientos que naturalmente abrigaba como perfecto hombre, una lucha que también como perfecto hombre lo hacía sufrir intensamente. Y sin embargo el que así sufría era el Santo Hijo de Dios, Aquel en quien no hay pecado. De este pensamiento dimana para todo cristiano verdadero un manantial perenne de consuelo. Nuestro Señor nos enseñó con su ejemplo que la agonía del espíritu no es de suyo un acto pecaminoso. Es de temerse que muchos, a consecuencia de no entender bien este punto, atraviesan el valle de la vida llenos de temores y zozobras. Se imaginan que no poseen la gracia divina, porque en su corazón se agitan encontrados sentimientos; y rehúsan los consuelos del Evangelio, porque hallan que la carne y el espíritu están en pugna. Que estudien con cuidado la vida de su Maestro y su Señor, y han a un lado todo temor. Que estudien las vidas de sus discípulos de todos los siglos, desde Pablo para abajo, para que comprendan que así como Jesucristo sufrió conflictos internos, los cristianos tienen también que pasar por la misma prueba. El que se deja arrastrar de las dudas y de la incredulidad hace, sin duda, mal, y está en riesgo de perder su sosiego. Hay un desaliento sin fe que es culpable y que debe por lo tanto evitarse hasta donde fuere posible. El que se dejare vencer de ese desaliento debe arrepentirse como de todo otro pecado, pidiendo a Dios le perdone su debilidad. Más el mero hecho de sufrir combates mentales no es de suyo pecaminoso. El creyente puede ser conocido por su turbación así como por su serenidad.

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