Juan 1: La palabra Eterna

Cada generación debe tener el valor de preguntarse en forma total y absolutamente nueva quién es realmente Jesús de Nazaret, qué es el cristianismo, qué es la Iglesia y qué debería o podría ser; qué es lo que cambió en el pasado y qué es lo que ha de cambiar. Debe ponerse en marcha para buscar siempre de nuevo a Jesús, a su propio Jesús de hoy. Y debe también tener el valor de dejarse preguntar a su vez por Jesús: ¿Qué buscáis? Aunque la respuesta pueda sonar de primeras bastante imprecisa y vaga y quede muy lejos del encorsetado formalismo eclesial: «Maestro ¿dónde vives?» Merece atención que el Jesús joánico no responda a la pregunta dando una dirección precisa y fija, no responda con un formulario teológico ni con un catálogo de dogmas, sino que apela a la experiencia personal: ¡Venid y lo veréis! Venid y vedlo por vosotros mismos, recordad vuestras propias experiencias, vuestra propia vida, que os es perfectamente conocida; no os alejéis de esas experiencias, sobre todo de las incómodas y desagradables; poneos en movimiento, comprometeos; usad vuestros propios ojos, vuestros oídos, vuestra propia razón y vuestra sana razón humana; no os dejéis manipular; examinad la realidad tal como es. ¡Venid y veréis! Ocupaos personalmente de ese Jesús y atended a lo que tiene que deciros. Tomad su palabra como una palabra humana clara y simple; juzgad nuestra propia dirección humana y pensad lo que podéis iniciar con ella. Así empieza un encuentro auténtico con Jesús, y no con los machacones principios del catecismo «que hay que tener por verdaderos». Sólo desde la propia experiencia vital y en diálogo con quienes van a la búsqueda de la fe y se preguntan personalmente por Jesús puede surgir la fe.

2 Cristología. Pero ¿no dice también nuestro texto que los discípulos intentaron compendiar sus impresiones sobre Jesús, su experiencia de Jesús, en unos determinados títulos, en unas aserciones y fórmulas confesionales, que más tarde entraron al menos en parte, en los dogmas eclesiásticos? Naturalmente que nuestro texto también lo hace; pero debemos atender a cómo lo hace. ¿Cuáles son esas fórmulas y qué pretenden? Son designaciones del mundo vital, del ambiente al que pertenecían Jesús y sus discípulos de entonces, y en las que se representaban las esperanzas de salvación escatológica de Israel. Lo cual vale sobre todo para las designaciones de Mesías, rey de lsrael, Hijo del hombre e Hijo de Dios (en el sentido mesiánico). Si los discípulos o la comunidad pospascual adoptan tales fórmulas para expresar la importancia de Jesús es porque querían manifestar así las experiencias básicas que habían logrado en el trato con Jesús, como unas experiencias de libertad, felicidad y salvación, como experiencias de alegría y de vida nueva. Jesús había acercado los discípulos de una forma nueva a Dios, como al Dios del amor, como al Padre en el que se puede confiar sin reservas hasta en la misma muerte. Con su palabra y su conducta les había enseñado lo que significa vivir con una confianza radical e inquebrantable en el Dios del amor, con una confianza inaccesible al desaliento y con un amor al prójimo nunca desilusionado y jamás resignado. Jesús había recorrido hasta el final y de manera consecuente ese nuevo camino vital, hasta su muerte amarga y oprobiosa en una cruz.

Las experiencias pascuales habían convencido a los discípulos de que la historia de Jesús no era un episodio que se pudiera reducir a la anécdota puramente personal, sino que era la revelaci6n del amor de Dios realmente nueva, permanente, y en cierto aspecto definitiva, que ya no desaparecería ni daría marcha atrás. La historia entera de Jesús, y por tanto su persona, era la nueva revelación. La nueva concepción de Dios y del hombre que abrazó la Iglesia primitiva estaba ligada para ese círculo a la persona de Jesús. Para la comunidad cristiana Jesús había traído de hecho la explicación válida de Dios (1,18). El Dios de los cristianos era el Dios y Padre de Jesús, mientras que el Dios de Jesús era a su vez el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de Moisés y de los profetas, el creador del cielo y de la tierra. Y Jesús era «el último profeta» que había presentado de nuevo a ese Dios como el Dios del amor. Los diversos títulos honoríficos designan en forma confesional la función y el papel único de Jesús para la fe.

Conviene además advertir que la asunción de los antedichos títulos honoríficos, su trasposición a la persona de Jesús, no se hizo sin retocarlos de algún modo. No se trata de un proceso uniforme, sino de un proceso con efectos contrapuestos. En su aplicación a Jesús tales títulos sufren cambios nada secundarios de tipo semántico, adquiriendo nuevos significados. El Mesías crucificado de la primitiva predicación cristiana o el Hijo del hombre exaltado de Jn no son ya por completo las mismas concepciones que alientan en la apocalíptica y la escatología judías. Pues esos conceptos se reinterpretan ahora de un modo completamente nuevo, y ello desde luego gracias a la persona y la historia de Jesús. En tal sentido el Mesías o el Hijo del hombre neotestamentario y cristiano ya no se identifican exactamente con el Mesías y el Hijo del hombre de las expectativas escatológicas judías más que en las representaciones y en las imágenes esperanzadas. Ello se puede expresar también así: todas esas representaciones y titulaciones tienen originariamente algo que ver con el poder y el dominio, con la venida del reino mesiánico escatológico y con el dominio del Mesías y de Israel sobre el mundo gentil. Se trata de unos predicados de soberanía. Y precisamente esos predicados de soberanía se entrecruzan en sentido literal en la historia de Jesús: se trata de un Mesías e Hijo del hombre crucificado. De ahí que la fe cristiana se vea obligada a pensar con todas esas designaciones en Jesús crucificado, lo cual es evidentemente más importante que cualquier ontología o metafísica cristológica. E1 crucificado es el signo bondadoso de lo cristianos; sin la cruz en su centro más íntimo todos los dogmas son pura ideología.

Así pues, las fórmulas confesionales y los títulos honoríficos cristológicos son la respuesta de la fe a la invitación hecha por Jesús. La experiencia de Jesús precede a la respuesta. La experiencia creyente de los discípulos en su trato con Jesús es una realidad tan rica que jamás la podrá abarcar por completo ninguna fórmula. Por lo que a Jesús respecta (y de hecho por lo que respecta a cualquier hombre) se puede decir lo que dice la teología acerca de Dios: no se le puede definir, no es posible encerrarle en un concepto. Mas como toda experiencia humana tiene que ver con el lenguaje, y el hombre siente la necesidad profunda de expresar precisamente sus experiencias más hondas y personales y de compendiarlas en una palabra, por ello busca la expresión y los términos adecuados. De ese modo comunica sus experiencias a los otros que por su parte las reciben en actitud de asentimiento. Y así es como se llega a las fórmulas y confesiones de fe comunes. El sentido de las fórmulas es el de acumular las experiencias de fe que se han hecho. Por ello sería totalmente erróneo transmitir sólo las fórmulas como tales sin dar una apertura siempre renovada a las experiencias contenidas y transmitidas por ellas. Deben insertarse de continuo en el lenguaje vigente y actual, a fin de que su contenido experimental pueda siempre manifestarse. Transmitir unas experiencias vivas de Jesús y suscitar la fe es, por consiguiente, algo muy distinto que la transmisión testaruda de una ortodoxia petrificada y la defensa de unas fórmulas dogmáticas. Los defensores de estas últimas no tienen a menudo la menor idea de lo difícil que resulta llevar a los hombres a la fe en lugar de hacerles aprender simplemente de memoria unos puntos del catecismo.

Finalmente, las fórmulas que se transmiten son polivalentes. Y deben serlo, pues de otro modo, la experiencia de Jesús como experiencia totalmente personal debe darse desde el propio mundo vital y desde el centro de la persona. «Así como el acto de fe es el acto más libre, así la manifestación de la fe es la manifestación más personal. La sumisión a la verdad revelada… no impide ni dispensa de acoger la verdad revelada… para expresarla después a través de sí mismo. No se escapa a esa transmisión sin incurrir en lo banal o en la palabrería».

Esto nada tiene que ver con el subjetivismo pues una y otra vez se demuestra que una fe personal en Jesús a la larga no puede quedar en algo privado, sino que empuja a la comunicación y la comunión, aunque ciertamente debe tener su punto de arranque en una experiencia personal. La fe y la experiencia creyente no se pueden arrebatar a nadie, aquí «nadie puede hacer las veces de otro». Es justo en la decisión de fe personal y por la propia experiencia creyente como el hombre alcanza su yo personal único e intransferible; ahí se convierte en persona histórica. Las experiencias de Jesús siempre peculiares, con sus matizaciones subjetivas condicionadas por el tiempo y el ambiente son absolutamente necesarias, si la encarnación ha de realizarse como un proceso continuado y si la inagotable plenitud de Cristo ha de desarrollarse en el mundo y en la historia. Hoy está bien claro que con la teología de la liberación los cristianos de Iberoamérica descubren al «antiguo Jesús de los evangelios», aunque a la vez es un Jesús completamente nuevo, fresco e inalterable, justo porque con él se hacen experiencias nuevas por completo y no programadas de antemano, de las cuales debemos aprender todos nosotros.

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