Juan 1: La palabra Eterna

«La razón está precisamente en que las gentes más honradas, o en definitiva a las que así se denomina y que gustosamente se designan como tales, no tienen puntos débiles en su armadura. Son invulnerables. Su piel moral constantemente sana les procura un pellejo impenetrable y una coraza sin fallos. No ofrecen aquel punto abierto que se produce por una herida atroz, por un disgusto inolvidable, una vergüenza que no se puede superar, una sutura siempre mal cosida, una angustia mortal, un miedo invisible siempre al acecho, una secreta amargura, un derrumbamiento siempre velado, una cicatriz eternamente mal curada. No ofrecen a la gracia aquella puerta de irrupción que por su naturaleza es el pecado. Al no estar heridos, no son curables; al no faltarles nada, nada se les da de todo cuanto existe. Ni siquiera el amor de Dios venda a quien no tiene heridas. Porque un hombre yacía en el suelo, lo levantó el samaritano. Porque el rostro de Jesús estaba sucio, se lo limpió la verónica con un paño. Quien no está caído nunca será alzado, y nunca se limpiará a quien no está sucio…

»Por eso no hay nada tan contrario a lo que (con un nombre un tanto vergonzoso) se denomina religión como lo que se suele llamar moral. La moral reviste al hombre de una coraza protectora contra la gracia».

Por ello la conciencia de desgracia y la conciencia de pecado coinciden entre sí. Mas no hay que pensar tanto en fallos particulares ni en pecados concretos, como en adoptar una postura resueltamente más radical frente a la fragilidad de la existencia humana, la falibilidad del hombre, con sus tensiones, su dispersión y sus contradicciones.

«El auténtico enigma del hombre -dice Emil Brunner- es la contradicción en su ser, no la composición de su naturaleza de cuerpo y alma; no el que a la vez sea pieza mundana y más que el mundo, sino el que se haya perdido la unidad creativa originaria de todos esos elementos y que de la coexistencia y ayuda mutua se haya convertido en una contradicción. La antropología no cristiana intenta acabar con esa contradicción o bien reduciéndola a la oposición constitutiva de naturaleza sensual y espiritual o bien diluyendo tal oposición en simples fases sucesivas de evolución, en una serie de etapas continuadas en la autorrealización. La doctrina cristiana la toma con toda seriedad como una contradicción: es el hombre el que con su autodeterminación se opone a la decisión divina del creador. Esa duplicidad es la que marca la realidad humana. Por eso, porque el hombre es imagen creada por Dios que la propia criatura ha destruido, por ello, su existencia, su oposición a todas las demás, es una existencia en contradicción».

La experiencia cristiana de la fe tomó en serio al hombre con su contradicción, cuando lo ve bajo el aspecto del problema de la salvación. «¡Mas también por los demás hombres ora sin cesar! porque hay en ellos una esperanza de conversión, de que lleguen a ser partícipes de Dios». En todos los hombres, dice este texto de Ignacio de Antioquía (+ ha. 110 d.C.), existe esa «esperanza de conversión», es decir, una esperanza de que puede cambiar la propia vida y al mundo entero de malos en buenos, de que desaparezca la contradicción y cure la herida que supura.

Hoy debemos preguntarnos si nosotros los cristianos tenemos un sentido lo bastante despierto para las más diversas formas de infelicidad en nuestro mundo, el mundo de nuestro entorno más inmediato, de nuestra sociedad nacional, y también la del «ancho mundo», que abarca no sólo el tercer mundo sino también EE.UU. y la URSS; si percibimos la esperanza de conversión y de cambio latente en esa múltiple infelicidad; si rastreamos el anhelo silencioso y contenido de los hombres que aspiran a una vida humana verdadera y plena, si percibimos y escuchamos el grito de tan múltiples necesidades, especialmente de la miseria social de este mundo, la esperanza de justicia, de libertad, humanidad, paz y amor. Si Jesucristo ha de ser hoy y mañana una esperanza válida, una respuesta eficaz, un ofrecimiento de ayuda para los hombres, ello sólo puede suceder cuando se le entiende y se certifica su fiabilidad como respuesta a los problemas y necesidades reales del mundo actual. Pero a Jesús sólo se le puede entender como respuesta, cuando no se le predica en un lenguaje esotérico eclesial ampuloso y totalmente anticuado, lenguaje que nadie entiende o que forzosamente interpreta mal, porque en el pasado se mezcló a fondo con unas relaciones de poder feudalistas. Jesús ha de ir al encuentro de los hombres en un lenguaje que les llegue como liberación, ayuda y aliento, porque habla a los anhelos humanos más íntimos. Es una idea completamente falsa pensar que el cristianismo y sus dogmas han quedado formulados en el pasado de un modo completo y válido para siempre. Ocurre justamente lo contrario. El cristianismo ha de reformularse en cada generación, que debe redescubrirlo, sopesarlo e interpretarlo de nuevo. Sólo así habrá un cristianismo y una fe vivas.

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