Juan 1: La palabra Eterna

A la sorprendida pregunta de Natanael: «¿De dónde me conoces?», le responde Jesús con una alusión enigmática, cuyo misterio sólo el propio Natanael podía conocer, y que por desgracia no nos lo ha manifestado. Lo que algunos comentarios creen saber sobre el particular no pasa de ser fantasía desbordada. Jesús le dice: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, ya te vi.» Tal respuesta parece haber impresionado tan profundamente a Natanael, que su reacción sólo podía ser la confesión sin reservas: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.» El «auténtico israelita» reconoce también en Jesús al «Rey de Israel», al Mesías. De ahí que Jesús le responda con el consabido argumento de menor a mayor, revestido aquí bajo la forma de promesa: «¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera, ya crees? Mayores cosas que éstas has de ver.» Lo que aquí cuenta de verdad, y a lo que apunta la afirmación del «auténtico israelita», es que Natanael por su encuentro con Jesús y cuanto en él ha experimentado, se ve impulsado a creer en Jesús. Para la imagen que Jn tiene de Jesús es significativo que recoja el motivo del «saber sobrenatural de Jesús» para marcar así su peculiaridad. FE/RV-H: Habitualmente se recurre aquí, sobre todo, a modelos helenísticos, y de manera muy especial al motivo del «varón divino» (theios aner). No obstante, también en el famoso «texto mesiánico», de Isa_11:1-4, sobre el «nuevo David» se dice: «No juzgará por lo que vean sus ojos, no decidirá por lo que oigan sus oídos. Juzgará con justicia a los míseros, decidirá con rectitud respecto a los pobres del país» (Isa_11:3s); y obra así porque es un pneumático perfecto, porque posee en toda su plenitud el pneuma o espíritu de Yahveh. El total conocimiento del hombre que Jesús tiene es, pues, la consecuencia de su posesión del Espíritu (cf. 1,33). La revelación que Jesús trae es algo que sorprende al hombre, porque de inmediato le descubre la verdad sobre sí mismo. Y no es necesario explicar con mayor detalle cómo ocurre. Lo que importa es que se da esa experiencia en el encuentro con Jesús, precisamente cuando se llega a la fe, y que la fe es sólo el comienzo de «cosas aún mayores», que en este pasaje el evangelista ha dejado por completo sin precisar.

Y como conclusión sigue un logion sobre el Hijo del hombre: «De verdad os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» (1,51). La palabra, que también resultaría inteligible como un logion aislado, está incorporada a este pasaJe seguramente con un propósito: el de cerrar toda la perícopa con gran eficacia. Juan Bautista, enviado por Dios como testigo de Cristo, hablaba del cordero de Dios; los discípulos se expresan en la terminología del ambiente escolar y de la esperanza mesiánica judía; Jesús, finalmente, habla en un breve discurso de revelación del Hijo del hombre. Después de todo cuanto han dicho los demás sobre Jesús ¿hay que ver expresada en esta palabra la idea que Jesús tiene de sí mismo según la concepción del cuarto Evangelio? Sería perfectamente posible. En su contexto inmediato la afirmación podría tal vez sugerir las «cosas mayores» que los discípulos aún habrán de ver. AMEN-AMEN: El logion presenta la forma del discurso de revelación con la correspondiente fórmula introductoria. «De verdad…», literalmente Amen, amen. Esa expresión semítica amen es una fórmula enfática y pretende imprimir en la afirmación que sigue el sello de verdad fiable y absolutamente válida, en este sentido: lo que os estoy diciendo ahora es total y absolutamente verdadero y seguro. Lo corriente es que el amén exprese el asentimiento de la comunidad al final de una plegaria; por el contrario, como fórmula introductoria es poco frecuente. En la tradición evangélica el amén introductorio aparece a menudo al comienzo de las palabras de Jesús, con la particularidad de que en los sinópticos es un solo amén, mientras que en Jn va repetido por lo general. Las traducciones antiguas vierten habitualmente el término por «en verdad».

Así pues, el doble amén abre el discurso de revelación. éste trae el logion del Hijo del hombre y con el estilo tradicional de tales afirmaciones: el único que habla del «Hijo del hombre» es siempre Jesús y lo hace siempre en tercera persona. El contenido de la afirmación alude al relato veterotestamentario del «sueño de Jacob en Betel» (Gen_28:10-22): «Salió Jacob de Beer-Seba para dirigirse a Harin, y llegó a un lugar donde se dispuso a pasar la noche, porque se había puesto ya el sol. Tomó una de las piedras del lugar, la puso de cabecera y se acostó. Tuvo un sueño: aparecía una escalera que se apoyaba sobre la tierra y cuyo extremo tocaba el cielo. Por ella subían y bajaban los ángeles de Dios» (/Gn/28/10-12). Después Yahveh se aparece a Jacob en sueños y le confirma la promesa de bendición, especialmente la promesa de la tierra. Cuando Jacob despertó del sueño dijo: «Ciertamente está Yahveh en este lugar, y yo no lo sabía. Tuvo miedo y exclamó: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo» (Gen_28:16s). Ese relato del Génesis tenía evidentemente por objeto establecer una conexión entre el culto a El de Betel, que se apoyaba sin duda en una tradición antigua, y la fe en Yahveh.

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