Juan 1: La palabra Eterna

El Evangelio según Jn comparte en el fondo la primitiva concepción cristiana de que la Escritura ha de entenderse como testimonio en favor de Cristo, y que contiene las promesas proféticas que después iban a cumplirse en Jesucristo (cf. 5,39.45-47). Moisés y los profetas dan testimonio con sus escritos a favor de Jesús. Esta es la tesis fundamental que defendió la Iglesia primitiva y que condujo a una nueva interpretación de la Escritura, típicamente cristiana, opuesta a la interpretación judía. En esta tesis fundamental descansa la denominada prueba escriturística, tal como la desarrollan casi todos los textos neotestamentarios, incluido Jn. Tal prueba no es desde luego categórica y en el fondo sólo dice algo a quien ya cree en la mesianidad de Jesús. Incluso frente a la exégesis moderna tiene sus dificultades especiales. Lo decisivo desde luego es que la Iglesia primitiva intentó formular y apuntalar la fe cristiana y su testimonio de Cristo con ayuda de los textos veterotestamentarios. La necesidad de todo e]lo venía dada por el ambiente judío en su conjunto. Y así el AT proporcionó en gran medida a la predicación cristiana el lenguaje, las imágenes, los conceptos y representaciones, ayudando a la Iglesia cristiana a encontrar su propio lenguaje. La primitiva teología cristiana fue en buena parte una teología escriturística. Con ello queda también claro que la afirmación de Felipe está formulada bajo la influencia de la teología bíblica pospascual.

Ahora se dice asimismo quién es aquel del que hablaron Moisés y los profetas: «Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.» Que Nazaret fuera la patria de Jesús, en la que residía su familia y de la que salió él para predicar el reino de Dios lo dicen todos los evangelios (Mar_1:9; Mat_2:23; Mat_4:13; Mat_21:11; Luc_1:26; Luc_2:4.39.51; Luc_4:16; en ello incide asimismo el relato del ministerio ciertamente estéril de Jesús en Nazaret: Mar_6:1-6; Mat_13:53-58; Luc_4:16-30). También el sobrenombre de «Jesús el nazareo» o «el nazareno» le ata a su ciudad de origen, Nazaret. Al igual que Mc tampoco Jn sabe nada del nacimiento de Jesús en Belén, que en Jn parece que se discute expresamente (Luc_7:41-42). Que Jesús hubiera nacido en Belén sólo lo afirman los evangelistas Mt y Lc en sus respectivas historias de la infancia (Mat_2:1.5.6.8.16; Luc_2:4.15); pero la tradición más antigua nada sabe sobre ello. Belén como lugar del nacimiento de Jesús es sin duda un lugar teológico; se trata con ello de refrendar la filiación davídica y, por tanto, la mesianidad de Jesús. Asimismo falta en Mc y Jn la idea mesiánicamente interesada del nacimiento virginal (cf. Mat_1:18-22; Luc_1:26-38; Luc_2:1-7); ambos cuentan del modo más natural con hermanos y hermanas carnales de Jesús (Mar_3:31; Mar_6:3; Jua_7:1-5). En la misma línea la tradición joánica parece suponer que José era el padre carnal de Jesús (Jua_6:42). Ello indicaría que en este aspecto el cuarto Evangelio ha conservado tradiciones más antiguas y que al parecer no vio ninguna dificultad en casarlas con su teología de la revelación y de la filiación divina. Sólo una teología sistemática posterior no pudo ya compaginar ambos datos.

La pregunta de Natanael: «Pero ¿es que de Nazaret puede salir algo bueno?» indica bien a las claras que en tiempo de Jesús el poblado no gozaba de buena reputación, y que era más bien un «oscuro nido». Pero sería más importante comprobar que Nazaret no tiene papel alguno en la ideología mesiánica vigente; era inconcebible que de allí pudiera salir el Mesías. Por eso también la posterior corrección del lugar de nacimiento que se da en Mt y Lc. Con otras palabras: en la afirmación podemos rastrear que a la primitiva comunidad cristiana no le resultó fácil documentar de una manera fiable la mesianidad de Jesús frente a las objeciones judías. A los ojos de los judíos en Jesús faltaban -y ello podía probarse históricamente- los necesarios supuestos y legitimaciones para ser el Mesías hijo de David. El escepticismo manifestado por Natanael respecto de ese Jesús de Nazaret sólo puede allanarlo la propia experiencia. «Ven y lo verás.»

En el encuentro inmediato entre Jesús y Natanael es la iniciativa de Jesús la que, sobre todo, se pone de relieve. Ve llegar a Natanael y, antes de que éste pueda pronunciar una sola palabra, hace Jesús una observación sorprendente: «éste es un auténtico israelita, en quien no hay doblez», un verdadero israelita de pura cepa. No se aduce un motivo explícito para ese juicio; está en el propio Jesús y en su «conocimiento sobrenatural». No necesita Jesús información alguna sobre una persona extraña; a todos y cada uno los conoce entera y perfectamente (cf. 2,23-25). El motivo de por qué se hace tal observación podría estar en que ese Natanael debe pasar por un ejemplo típico de] «verdadero y auténtico israelita», y para Jn lo es sin duda aquel que llega a la fe y reconocimiento de Jesús. Y esas personas no faltan. Habida cuenta del contexto también puede subyacer la idea de que Natanael estaba singularmente bien familiarizado con la Escritura, y de ahí también su escepticismo inicial. Pero ha acabado superando el obstáculo que suponía el origen de Jesús de Nazaret no previsto en la Escritura.

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