Juan 1: La palabra Eterna

La forma aramea originaria del nombre símbolo Kefas = «piedra, roca», sólo se encuentra además en Pablo (1Co_1:12; 1Co_3:22; 1Co_9:5; 1Co_15:1; Gal_1:18; Gal_2:9.11.14). Petros, Pedro, es la forma griega del nombre, que después se generalizó. El nombre originario del pescador de Betsaida era Simón; según Mat_16:17 «Simón, hijo de Jonás», en Jn «Simón, hijo de Juan» (Mat_1:43; Mat_21:16.17). Al lado de la forma nominal simple Pedro se encuentra también a menudo el doble nombre Simón Pedro. ¿Cómo ha llegado Simón a ese nombre simbólico? Según Mar_3:16 dicho nombre se lo había impuesto Jesús personalmente, en lo cual coincide con Jua_1:43. Según Mt. en cambio, la imposición del nombre estaría en conexión con la famosa promesa hecha a Pedro después de su confesión cristológica; inmediatamente después que Jesús le da el nombre de Cefas (Pedro) sigue la exposición del apelativo simbólico de «Roca»: «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás; porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. Pero yo también te digo que tú eres Pedro (= la piedra) y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del reino de la muerte no podrán contra ella» (Mat_16:17-18). Algunos exegetas cuentan con una impronta pospascual. R. Pesch, por ejemplo, piensa así: «El nombre ministerial de Simón en la Iglesia primitiva, que presenta al dirigente de la primera comunidad como el cimiento berroqueño de la comunidad escatológica de la salvación (Mat_16:18s) podría habérsele conferido en su visión extática de Cristo (1Co_15:5)…». Pero en contra de ello está la tradición sólida de que la imposición del nombre simbólico se la atribuyen constantemente las fuentes al Jesús histórico, por lo que será mejor aceptar ese testimonio. Si Pedro recibió ese nombre símbolo porque, según Mar_1:16s, fue «el primer llamado» es algo de todos modos problemático; en contra estaría el testimonio de Jn de que Pedro fue conducido a Jesús por su hermano Andrés.

En definitiva tales intentos de explicación no cuentan para nada; lo verdaderamente decisivo es que Jesús impuso a Simón el nuevo nombre con un acto soberano y omnipotente. Y no, desde luego, porque el tal Simón Pedro tuviese un carácter tan fuerte que se le pudiera comparar con una roca. El NT muestra a cada paso que en modo alguno era así. La imposición del nombre hay que entenderla más bien en analogía con las acciones simbólicas de los profetas. Aquí entran en consideración principalmente las imposiciones de nombres simbólicos, como los que conocemos por Oseas e Isaías (cf. Ose_1:4.6.9; Isa_7:3; Isa_8:1-4). A este respecto escribe Fohrer: «El nombre no es una mera designación, sino el carácter esencial de un hombre o de un objeto expresado en una palabra. Por ello, la imposición de un nombre, la nominación, equivale a la constitución de un ser o de un objeto. Con la imposición del nombre se hace realidad lo que ese nombre dice». Desde ahí hay que enjuiciar también el nombre simbólico de Cefas o Pedro. Al imponer el nombre, Jesús asume un derecho soberano. Y con ello expresa asimismo su propósito de fundar algo definitivo, algo escatológicamente duradero en medio de un mundo problemático en extremo. Precisamente porque el carácter humano de Pedro era veleidoso y en modo alguno firme, en la imposición de tal nombre se expresa sobre todo la voluntad de Jesús por demostrar el carácter escatológico definitivo e inmutable de su acción.

La designación cristológica que aquí aparece (cf también 1,19) suena así: ¡Hemos encontrado al Mesías, al Cristo, al Ungido!. La confesión de fe pospascual del nuevo grupo de discípulos de Jesús que se forma después de la pascua pretende que Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, es el Mesías de Yahveh, el Hijo de David y el Mesías prometido por Dios y esperado por el pueblo. A ello se opone, por otra parte, el rechazo, vigente hasta hoy, del pueblo judío a reconocer y aceptar ese Mesías en Jesús de Nazaret. Mientras que antes, desde la perspectiva cristiana, sólo se podía ver en tal rechazo una actitud de ceguera, obstinación e incredulidad, hoy la investigación intensa de doscientos años sobre la historia judía y sobre el entorno espiritual-religioso de la época de Jesús -investigación que todavía está muy lejos de cerrarse- nos permite ver cada vez con mayor claridad lo difícil y complicado que entonces y hoy resulta el problema del Mesías.

Cierto que la fe cristiana descansa en la confesión de Jesús como el revelador y salvador escatológico; esa fe acepta la mesianidad de Jesús en el sentido del NT, y no sería acertado pretender renunciar a la cristología porque lleva inherentes dificultades y problemas. Una pura jesuología como la que hoy se pretende a veces, no puede sustituir a la cristología, porque ésta tiene que exponer precisamente la importancia de Jesús para la fe. Tampoco una jesuología debería pasar por alto la explicación de cuanto Jesús representa para la fe cristiana. Pero desde la perspectiva del NT, la cristología sólo puede justificarse asumiendo y reflexionando sobre las grandes dificultades que le salen al paso hoy como entonces desde las posiciones judías. Los judíos coetáneos de Jesús tuvieron muchos y grandes motivos para no ver en él al Mesías. En cierto sentido los motivos en contra de la mesianidad de Jesús eran mejores que los que abogaban en favor de la misma. El punto de vista cristiano, o más exactamente el punto de vista de los discípulos de Jesús, que por cierto eran judíos y procedían de las esperanzas futuras apocalípticas judías, resultaba en todos los aspectos algo completamente nuevo; y su confesión de Jesús como Mesías significaba en el fondo algo inaudito, que rompía las medidas admitidas del mesianismo tradicional, que por entonces era un mesianismo politico-religioso. De hecho hay que ir tan lejos porque el propio Jesús de Nazaret puso en tela de juicio la esperanza mesiánica tradicional. La confesión mesiánica cristiana es de hecho algo nuevo, y como tal un escándalo, un tropiezo y una irritación, como comprobó Pablo con toda razón (1Co_1:18-25). Los cristianos han de tomar en serio la objeción judía: Jesús no ha traído realmente el manifiesto cambio de edades que todos puedan comprobar, la palpable redención del mundo, no aportó una redención mundano-politica; pero además fracasó como un colgado de la cruz. Toda fe cristiana en Jesús Mesías debe afrontar esos datos duros. Cuando eso ocurre se rompe toda voluntad de afirmación dogmática; la fe cristiana en Jesús Mesías se convierte en la esperanza de que, en efecto, también el mundo tiene todavía que ser redimido, y con ello en una toma de posición contra el mundo todavía no redimido, una toma de posición en la que podrían sin duda encontrarse judíos y cristianos.

Compártelo con tus redes

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email
Share on print

Tu Opinión es muy importante para nosotros

Deja un comentario

También Podría interesarte

La Vida Religiosa

Los primeros cristianos no creían pertenecer a una nueva religión. Ellos habían sido judíos toda su vida, y continuaban siéndolo. Esto es cierto, no sólo

Leer Más >>