Juan 1: La palabra Eterna

a) Juan Bautista mueve a sus propios discípulos a que se unan a Jesús

35 Al día siguiente Juan estaba otra vez allí con dos de sus discípulos, 36 y fijando la vista en Jesús, que pasaba, dice: éste es el Cordero de Dios. 37 Al oírlo hablar así los dos discípulos, siguieron a Jesús. 38 Volviéndose entonces Jesús y mirando a los que lo seguían, les pregunta: ¿Qué deseáis? Ellos le contestaron: Rabí -que quiere decir maestro-, ¿dónde vives7 39 él les responde: Venid y lo veréis. Fueron, pues, y vieron dónde vivía; y se quedaron con él aquel día. Era, aproximadamente, la hora décima.

«Al día siguiente» sirve, como en todo el desarrollo de la escena, a la composición literaria y no ha de entenderse como una indicación cronológica exacta. Lo decisivo es la diferencia objetiva. En 1,29-34 se trataba única y exclusivamente a dar a conocer a Jesús como tal ante Israel y de señalar su importancia como salvador y revelador. Aquí se trata del efecto del testimonio. Es notable la imagen que resulta de esta representación. Se saca la impresión de que Jesús se presentaba ante Juan con una cierta regularidad y de que cada vez se desarrollaba el mismo ritual. Esa repetición contribuye a acrecentar la intensidad, que culmina de ese modo en la palabra del Bautista sobre «el cordero de Dios». Sin duda que no es casual el que Juan repita la misma expresión en dos ocasiones y que inmediatamente después los discípulos se fueran tras Jesús. En su conexión con el cordero pascual y el siervo de Yahveh, la metáfora debió tener singular importancia para el círculo joánico. Ya queda explicado (ver comentario a 1,29) que con ella se pensaba en la muerte en cruz de Jesús como expiación vicaria.

Aunque Jn acentúa el alcance salvífico universal de la muerte de Jesús y de su acción reconciliadora, es necesario partir del hecho de que la relación a Is 53, el siervo paciente de Dios se refería ante todo a la reconciliación de Israel con Dios. El siervo de Yahveh lleva en primer término la culpa de Israel y después -ése es un conocimiento ulterior- el pecado de todo el mundo. Que con ello los hombres se conviertan a Jesús es un proceso pospascual. Aquí se evidencia que en la predicación del círculo joánico la muerte propiciatoria de Jesús ha desempeñado, a todas luces, un papel central (cf. Heb c. 8-10) y que fue acogida como un motivo importante de fe. A la palabra del Bautista se deciden dos discípulos -representando naturalmente a muchos otros- a unirse a Jesús. «Siguieron» se dice literalmente. Es significativo que ya aquí, para describir la primera adhesión a Jesús, se utilice el verbo «seguir», aunque por el contexto se piense de primeras en un seguimiento impreciso. Evidentemente debe querer decir que ya ese primer encuentro de los discípulos con Jesús constituye el comienzo de un discipulado firme y comprometido, como el que indica en definitiva e] concepto de seguimiento. El hecho de hacerse cristiano y de serlo se caracteriza en todo caso porque el hombre entra en una relación con Jesús y porque esa relación adopta unas formas más firmes de seguimiento y de confesión. Jesús se vuelve, ve cómo le siguen los dos y les hace la pregunta «¿Qué deseáis?» La pregunta podría proceder de la primitiva catequesis cristiana del circulo joánico, y en todo caso apunta a que se tenga una idea clara de los propios propósitos y motivaciones. En definitiva con esa pregunta se trata del problema de la salvación que inconscientemente inquieta siempre al hombre y que, por el hecho mismo de formularlo de forma explícita, se convierte en algo consciente. Y está sin duda en la naturaleza misma de las cosas el que los discípulos no puedan dar al principio una respuesta precisa a esa pregunta sino que contesten más bien con una tímida contrapregunta: «Rabí, ¿dónde vives?», que queda en una imprecisión absoluta. Se encuentra ya aquí la conexión, que reaparece una y otra vez en Jn. de palabras, conceptos, representaciones y metáforas polivalentes que abren un ancho campo a la reflexión y meditación, pero que se introducen a propósito como «equívocos joánicos» con el fin de agregar una enseñanza explicativa La pregunta «¿Dónde vives?» apunta directamente a una habitación, es decir, a una casa o alojamiento de Jesús, aunque no se dice dónde estaba. En el fondo late la idea de que la vivienda de Jesús está en la casa del Padre (cf. 14,2).

Con el seguimiento de Jesús empieza un camino, que arranca en forma muy concreta del aquí y el ahora de la historia vital, pero cuya meta última está en Dios mismo. La respuesta de Jesús: «Venid y lo veréis» (v. 39a), es una invitación a la experiencia propia, al compromiso personal. El propósito de seguir a Jesús y la voluntad de creer es asunto de una decisión personal, libre y voluntaria, que a nadie se le puede arrebatar. Además, la misma fe es el comienzo de una nueva experiencia, que empieza a su vez con el «Venid y lo veréis». Los dos discípulos acceden a la invitación de Jesús. Y «vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era, aproximadamente, la hora décima.» Tampoco aquí tienen importancia ni la ubicación particular ni el contenido de las conversaciones que se celebran en ese primer encuentro, sino el detalle de que los discípulos permanecieron con Jesús y de que, por lo mismo, llegaron a una asociación con Jesús. Eso es justamente lo importante al tiempo que el dato cronológico -la «hora décima» son los últimos momentos de la tarde en que, pasado el calor del día, corre en Palestina una brisa agradable- lo subraya de manera adecuada.

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