Juan 1: La palabra Eterna

1. J. JEREMIAS, art. Amnos, aren, arnion en ThWNT I, p. 342-345. «El giro amnos tou theou (Jua_1:29.36) representa en efecto una conexión genitival singular a todas luces, que sólo se explica retrovertiéndola al arameo, donde talia tiene el doble significado de a) cordero y b) muchacho, siervo. Probablemente bajo el giro ho amnos tou theou subyace la expresión aramea talia dalaba en el sentido de ebed jhwh, de tal modo que Jua_1:29.36 hablaría originariamente de Jesús como el Siervo de Yahveh», p. 343. Jeremías ha defendido esa tesis con frecuencia.

2. JUSTINO, Diálogo 111.3. Asimismo el testimonio de Melitón de Sardes acerca de la pascua es de importancia decisiva para la unidad simbólica entre cordero pascual y siervo de Dios.

3. «Al comienzo de la carrera pública de Jesús está su bautismo a manos de Juan. Así lo relatan al unísono los sinópticos. La cristiandad lo ha aceptado, salvo poquísimas excepciones, como un hecho. Pero no se ha sentido muy contenta con ello», así W. BAUER, Leben Jesu, p. 110, que dedica al tema todo el cap. 6.

…………………………….

Meditación

1. El diálogo cristiano-judío entonces y hoy 2. La exégesis ha puesto en claro que en el Evangelio según Jn la figura de Juan Bautista ha sido sometida a una reinterpretación consecuente respecto de la que ofrecen los sinópticos: reinterpretación que mantiene ciertos datos tradicionales, pero que en su conjunto ha de considerarse como una visión específica y precisa. Esa particularidad viene condicionada por el interés de la tradición joánica en presentar al Bautista simplemente como testigo de Cristo, al que todo Israel hubiera debido dar crédito. Para quienes no estuvieron dispuestos a dar ese paso el Bautista se convierte con ese su testimonio en testigo de cargo, como se lo demuestra a la embajada de los judíos de Jerusalén.

Se señala así un problema fundamental de Jn que R. Bultmann ha calificado de «proceso del revelador con el mundo». La venida de Jesús al mundo conduce a un conflicto, a la crisis; entendida esta palabra en el doble sentido de separación, decisión y juicio. Los representantes del mundo incrédulo, que rechazan la revelación de Jesús y que con su incredulidad atraen sobre sí el juicio, los designará globalmente el cuarto Evangelio como «los judíos», y como tales aparecen por primera vez en 1,19 (1). Recientemente se ha señalado que en Jn «los judíos» designan en primer término el estrato dirigente judío de Jerusalén, es decir, los sumos sacerdotes y los ancianos, miembros del partido de los saduceos, y no a todos los judíos en su conjunto, como se ha enseñado durante siglos (2). Pero el tema no se puede simplificar tanto, pues no cabe negar que para Jn no se trata tanto o no sólo de un enfrentamiento histórico pasado, sino más bien de un enfrentamiento presente y sumamente actual entre cristianos y judíos. Habrá que entender la tradición joánica como una tradición judeocristiana helenística con mayor resolución de cuanto se ha venido haciendo hasta ahora; como la tradición de un grupo judeocristiano que todavía está bastante familiarizado con la tradición judía y sus argumentos, respecto por ejemplo de la problemática mesiánica, y que confiesa a Jesús como el Mesías prometido y el Hijo de Dios. Ve también en Jesús la definitiva revelación de Dios a Israel y desde su autocomprensión específica enarbola unas exigencias religiosas totalitarias y absolutas frente a Israel al que niega desde luego el reconocimiento de comunidad creyente sometido como está a la dirección farisaica. Ciertamente que las cosas hay que verlas así en una perspectiva histórica. Antes de la destrucción de] templo segundo había en el judaísmo una pluralidad y grupos y corrientes en mutua competencia, los partidos religiosos judíos, entre los que se contaban como los más conocidos los saduceos, los fariseos, los esenios y los zelotas. Los grupos de discípulos de Juan y los seguidores del Mesías Jesús, los «cristianos» como se les llamó después (cf. Hec_11:26), al principio no constituían más que una especie de prolongación de los partidos religiosos judíos. De ese crisol hubo dos grupos que sobrevivieron a la destrucción de Jerusalén y del segundo templo, estableciéndose como religiones autónomas, a saber: el judaísmo de cuño farisaico y rabínico, de un lado, y del otro el cristianismo. Lo que les viene separando hasta ahora es la fe en el Mesías Jesús, la «cristología». Cuando aparece el Evangelio según Jn es muy probable que ya se hubiera dado el paso de la separación definitiva o que se fuera a dar justamente entonces. La iniciativa partió de la sinagoga. Por otra parte, la proximidad mutua era todavía tan grande -probablemente gracias a los conservadores judeocristianos de la tradición joánica-, que hubo de llegarse a ese conflicto, a esa crisis tal como se refleja en el cuarto Evangelio. Ahora bien, como el enfrentamiento entre «hermanos enemigos» adopta a menudo una especial exacerbación emocional y dogmática, que conduce a la completa separación herética, ha dado origen a un proceso que puede observarse a menudo en el curso de la historia hasta nuestros mismos días. La separación completa de cristianos y judíos ha sido un proceso doloroso y con heridas que hasta hoy no se han curado; y es ése un enfrentamiento que se advierte en Jn. Me parece importante esclarecer al máximo posible ese trasfondo histórico, porque el pasado enseña que una inteligencia dogmática y ahistórica de Jn, que en cada palabra querría ver una afirmación teológica esencial de suprema calidad, sólo puede tener consecuencias perniciosas. Nos hallamos así ante un problema fundamental de cara a la exposición del cuarto Evangelio. Cada exposición trabaja siempre con las experiencias históricas de su tiempo; por lo que no puede ignorar las consecuencias positivas y negativas que un texto ha podido tener en el curso de su historia. Y el Evangelio según Jn es un texto que ha hecho historia, no sólo historia dogmática positiva, sino también una historia sangrienta por sus afirmaciones antijudías. Sólo un ejemplo como muestra. En su comentario a Jn Tomás de Aquino interpreta el pasaje 19,]5 en los términos siguientes: «En segundo lugar puede exponerse aquí la pertinacia de los judíos, por lo que se dice: Los sumos sacerdotes dieron esta respuesta: ¡No tenemos más rey que al César!, con lo que ellos mismos se sometían a una esclavitud permanente, pues que rechazaban el gobierno de Cristo. Y por ello han sido hasta el día de hoy extraños a Cristo y siervos del César y del poder estatal terreno» (3). En ese pasaje el Aquinatense aduce la razón clásica para la deprimida posición jurídica de los judíos y la institución de los «judíos marcados» en la sociedad medieval. No se pueden pasar por alto las consecuencias hostiles de los judíos que a menudo se han sacado del cuarto Evangelio. Sobre todo después de Auschwitz y del holocausto judío ya no podemos seguir leyendo ese primitivo enfrentamiento entre cristianos y judíos con la ingenuidad y candidez dogmática con que se ha venido haciendo de hecho durante siglos.

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