Juan 1: La palabra Eterna

Los sinóptícos transmiten de consuno el relato del bautismo de Jesús a manos de Juan en el Jordán: «Por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y en el momento de salir del agua, vio los cielos abiertos y al Espíritu, que, como una paloma, descendía sobre él. Y [vino] una voz de los cielos: Tú eres mi Hijo amado; en ti me he complacido» (Mar_1:9-11 y par. Mat_3:12-17; Luc_3:27-32).

En el relato de Mc «se unen el acontecimiento histórico y la visión apocalíptica: el hecho histórico es el bautismo de Jesús por Juan… La visión revela al lector quién es Jesús». No se puede poner en duda el hecho histórico del bautismo de Jesús por Juan, porque tal circunstancia, como lo prueban las anotaciones marginales de Mt y Lc, creó dificultades a la comunidad cristiana sobre todo en relación con la cristología (3). Teológicamente es decisiva la visión señalizadora de Mar_1:10s, que según la redacción de Mc se dirige en primer término al propio Jesús. Es él quien ve «los cielos abiertos» y al Espíritu que desciende sobre él en figura de paloma; es también únicamente él quien oye la «voz de los cielos» que le habla en forma directa, y naturalmente también a los lectores. Su contenido: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me he complacido», es de una gran importancia cristológica, pues señala a Jesús como el ungido escatológico sobre el cual desciende el Espíritu de Dios. En el fondo de la visión señalizadora está muy especialmente Isa_42:1 : «Mirad a mi siervo a quien sostengo; a mi elegido, en quien se complace mi alma. Puse mi espíritu sobre él; publicad equidad a las naciones» (cf. además Isa_11:2; Isa_61:1) Así pues, la historia del bautismo en Mc une al rito que realiza Jesús su dotación mesiánica del Espíritu con vistas al ministerio que le aguarda.

Mt y Lc han cambiado en buena medida la visión indicativa por cuanto que el acontecimiento del cielo que se abre, el descenso del Espíritu y la voz celeste se entienden como acontecer revelador para el gran público. En el relato lucano esto se subraya aún más al decir que el Espíritu bajó sobre Jesús «en forma corporal como de una paloma» (Luc_3:22). Mt ha sentido además la dificultad de que Jesús se haya dejado bautizar por Juan. Por lo que antes del bautismo introduce un diálogo entre el Bautista y Jesús. «Pero Juan quería impedírselo, diciendo: Soy yo quien debería ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le contestó: Permítelo por ahora; porque es conveniente que así cumplamos toda disposición divina (lit. justicia). Entonces Juan se lo permitió (Mat_3:14s). Mt ve, pues, el asunto así: Jesús se hace bautizar, aunque no lo necesitaba en modo alguno, y desde luego lo hace porque conviene cumplir la voluntad de Dios sin restricción alguna. Eso es lo que significa de hecho el literal «toda justicia». Posiblemente en esa afirmación, entra la idea del modelo, ejemplar; como Jesús han de obrar sus discípulos y quienes quieran serlo.

Distinta es la tendencia que se advierte en Jn. Sorprende ya el hecho de que conociendo Juan la tradición del bautismo no haya narrado el acto bautismal, lo que muy bien puede deberse a la polémica con los discípulos del Bautista. La bajada del Espíritu «como una paloma» se convierte en señal de reconocimiento para el Bautista. Explícitamente advierte el v. 33 que Jesús es «el que ha de bautizar con Espíritu Santo». Y es importante además el inciso de que el Espíritu permaneció sobre él. Jesús es el portador del Espíritu mesiánico (cf. Isa_61:1), que recibe ese Espíritu no esporádicamente, diríamos que para cada caso como les sucedía, por ejemplo a los jueces del AT sino que lo recibe de una vez para siempre y por ello puede comunicarlo a los demás. Lo cual, desde luego, en todo su alcance sólo lo realiza el Resucitado (20,22s). Si bien se mira, para Jn el bautismo de Jesús ya no es un hecho que le afecte a él personalmente -lo cual representa una fuerte proyección de la importancia histórica del bautismo de Jesús- sino un proceso que afecta en primer término y de forma importante al Bautista y a su testimonio como señal de reconocimiento. En realidad ]a auténtica señal de reconocimiento es el descenso del Espíritu sobre Jesús en forma de paloma y su permanencia sobre él, lo que recuerda a su vez las tradiciones judeo-cristianas.

El v. 34 vuelve a compendiar en forma lapidaria el testimonio del Bautista: «Y yo lo he visto; y testifico que éste es el Hijo de Dios.»

Con ello se cierra en lo esencial el relato del testimonio del Bautista sobre Jesús. Cuando el Bautista habla del «Hijo de Dios», la designación hay que tomarla ya en este pasaje en el pleno sentido teológico y revelador del cuarto Evangelio, según irá desarrollándose el título cada vez más. Se trata del título que llegó a convertirse en la suprema designación cristológica. Todavía habrá que volver a estudiarlo más ampliamente. Sin duda hay que ver el v. 34 en correspondencia con el versículo final: «Estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.»

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