Juan 1: La palabra Eterna

Así pues, cuando a Jesús se le designa «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», en tal palabra simbólica late la confesión y reconocimiento de Jesús como el salvador escatológico, que con su muerte en cruz obró la salvación del mundo entero mediante un acto de expiación sustitutoria. De ese modo proyecta ya su luz el final victorioso de la pasión y muerte desde el comienzo mismo del cuarto Evangelio. El giro «que quita el pecado del mundo» recuerda la afirmación «llevó el pecado de muchos» (Isa_53:12), aunque hay dos diferencias dignas de mención, a saber: en el v. 29b no se habla de «pecados» en plural, sino del «pecado» en singular y con artículo. En lo cual hemos de ver la concentración joánica del pecado en la incredulidad. La incredulidad, la cerrazón fatídica contra Dios, es el pecado que ha arrinconado el «Cordero de Dios». Según la concepción hebrea, «los muchos» equivalen a «todos», lo que a su vez permite en la visión de Jn transformarlo en el «mundo», en el cosmos. La salvación, operada por la muerte de Jesús, tiene por principio carácter universal, como lo tiene la desgracia fatídica arrinconada que es «el pecado». En esta perspectiva la muerte de Jesús ha cambiado la situación universal, la situación del hombre y de la humanidad entera así como de la historia universal delante de Dios.

El v. 30 recoge la expresión con que ya hemos topado en 1,15. Esto es, pues, el varón del que antes se ha hablado con estas palabras: «Detrás de mí viene uno, que ha sido antepuesto a mí, porque él era (existía) primero que yo.» La superioridad de Jesús sobre el Bautista la fundamenta Jn en la superior categoría ontológica de Jesús, que expresa a su vez con la idea de la preexistencia (cf. antes, en el comentario a 1,15). En cuanto «Logos hecho carne», Jesús es por principio superior a Juan, aunque en el tiempo llegue después que el Bautista. Aquí está interesado el evangelista en yuxtaponer ambas expresiones: Jesús es, por una parte, el «Cordero de Dios», siervo de Yahveh y cordero pascual, que ha sido «degollado» para la salvación del mundo y, por otra parte, es a la vez el preexistente, que como «Logos encarnado» aporta la completa revelación de Dios. Ambas afirmaciones constituyen juntas el acceso decisivo a la cristología del cuarto Evangelio.

Portador de la salvación por su muerte y resurrección, revelador por su palabra, lo es Jesús de Nazaret en la visión de Jn. Darle a conocer como tal a Israel fue la misión declarada de Juan Bautista. A diferencia de la designación «los judíos» en el Evangelio según Jn el nombre «Israel» tiene una resonancia positiva. Jesús es «el rey de Israel» (1,49; 12,13), lo que se entiende positivamente, lo mismo que cuando el propio Jesús dice a Nicodemo: «Tú eres maestro de Israel…» Tenemos así la impresión de que por «Israel» se entiende el judaísmo ganoso de creer y abierto a Jesús, mientras que con «los judíos» se pensaría en el judaísmo que rechaza la predicación y las exigencias de Jesús. El cuarto Evangelio quiere decir que el testimonio del Bautista en favor de Jesús se dirige en primer término a «todo Israel», al antiguo pueblo de Dios, «a fin de que todos lleguen por él a la fe».

32 Y Juan declaró: Yo he visto al Espíritu, que, como una paloma, descendía del cielo y permaneció sobre él. 35 Ni yo mismo lo conocía; pero aquel que me envió a bautizar con agua, ése fue el que me dijo: Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. 34 Y yo lo he visto y testifico que éste es el Hijo (en otra lectura: el Elegido) de Dios.

Los versículos 32-34 forman una unidad textual independiente, que todavía recoge una vez más y desarrolla el tema del testimonio del Bautista, y ello enlazando con la tradición del bautismo de Jesús por obra de Juan. El v. 31a con la expresión «Ni yo mismo lo conocía» plantea este problema. ¿De dónde sabía Juan que Jesús era el salvador y revelador escatológico? La pregunta tiene cumplida respuesta en el contexto precedente, como lo prueba ese retomar la expresión del v. 33a.

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