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Juan 10: El pastor y sus ovejas

Pastor Lionel

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El verdadero cristiano no tiene por qué sorprenderse si recibe el mismo trato que recibió nuestro bendito Salvador. a la verdad, cuanto más se asemeje a su Maestro y cuánto más santa y espiritual sea su vida, tanto más probable será que tenga que caer como víctima del odio y de la persecución. Ni vaya él a imaginarse que si fuera consecuente en mayor grado podrá librarse de ese sufrimiento. No son sus defectos, sino sus virtudes las que le acarrean odio de los hombres. Los hijos del mundo tienen aversión a lo lo que lleva en sí la imagen de Dios, y sienten malestar y remordimientos de conciencia cuando ven que los demás son mejores que ellos. ¿Por qué aborrecía Caín a su hermano Abel y le dio la muerte? «Porque,» dice San Juan, «sus obras eran malas, y las de hermano justas.» 1Jo_3:12. ¿Por qué aborrecían los judíos a Cristo? Porque él daba a conocer sus pecados y sus falsas doctrines; y sU propio corazón les decía que él tenia razón y ellos no la tenían. «El mundo,» dijo nuestro Señor, «me aborrece, porque yo doy testimonio de él, que sus obras son malas.» Joh_7:7. Que los cristianos se resuelvan a libar el mismo cáliz, y que lo liben con paciencia y sin sorprenderse. En el cielo habita Aquel que dijo: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborrecía antes que a vosotros.» Joh_15:18.

En estos versículos debemos observar, en seguida, la alta estima que Jesús manifestó por las Santas Escrituras. Como argumento contra sus enemigos citó un texto de los Salmos, el cual versaba sobre la palabra, «dioses ;» y luego que hubo citado el texto sentó el gran principio de que la Escritura no puede ser quebrantada. Es como si hubiera dicho; «Siempre que la Escritura se explique con claridad sobre un asunto dado, toda disputa que sobre él hubiere antes, debe cesar, pues todo queda decidido. Toda tilde de la Escritura es verdadera, y debe ser recibida como concluyente..

El principio que así sentó nuestro Señor es de grande importancia. Acojámoslo pues con firmeza y sostengamos de una manera decidida que cada palabra de los originales hebreo y griego de las Escrituras fue inspirada. Hay muchos, sin duda, que hoy día atacan ese principio; más no por eso ha de desmayar el cristiano. Que hay en la Escritura pasajes difíciles de conciliar con otros, y difíciles de entender, es preciso conceder sin vacilar. Pero es de temerse que, en casi todos esos casos, el tropiezo debe atribuirse a lo débil de nuestra mente y no a lo confuso de las Escrituras. En todo caso debemos contentarnos con la esperanza de tener más luz en lo futuro, y con la creencia de que al fin se aclararan todos los misterios.

Debemos observar, por último, que importancia dio Jesucristo a sus propios milagros. Apeló a ellos como prueba de que su misión era divina, y mandó a los judíos que los examinasen y los negasen si pudiesen. «Si no hago obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago aunque a mí no creáis, creed a las obras..

Es de temerse que en nuestros días no se piensa debidamente en los milagros de nuestro Señor. En cuanto a su número esos milagros no fueron pocos. En los Evangelios se nos refieren más de cuarenta hechos que ejecutó fuera del curso ordinario de la naturaleza, sanando instantáneamente a los enfermos, resucitando a los muertos con una palabra, arrojando espíritus inmundos, calmando las olas y los vientos en un instante, y caminando sobre las aguas como sobre un pavimento sólido. Muchos de ellos fueron ejecutados públicamente, y a vista de testigos hostiles. Todo esto nos es tan familiar que, por lo general, olvidamos las lecciones que nos enseña. Enséñanos que el que obró esos milagros no debe ser menos que el mismo Dios. Solo el que creó todas las cosas desde el principio puede suspender a su arbitrio las leyes de la creación. Al que así podía suspender el orden natural debe darse fe y prestarse obediencia.

Rechazar a ese Ser que probó lo divino de su misión con prodigios y portentos es llegar al extremo de la insensatez.

Cierto es que, en todos los siglos, centenares de hombres incrédulos han intentado desacreditar los milagros de nuestro Señor, llegando hasta el punto de negar que jamás fueron hechos. Más sus esfuerzos han sido infructuosos. Existe abundancia de pruebas de que nuestro Señor selló con milagros su predicación; y de que ese hecho fue reconocido por sus contemporáneos. Los campeones del escepticismo deberían circunscribirse al milagro de la resurrección de nuestro Señor y probar su falsedad si pueden. Si no pueden hacer eso, fuerza es que confiesen en obsequio de la justicia, que los milagros son posibles. Y luego, si son verdaderamente humildes, deben convenir en que Aquel que selló su misión con semejantes hechos tiene que haber sido el Hijo de Dios.

Al poner punto a la consideración de este pasaje demos gracias a Dios que haya tantas pruebas de que el Cristianismo es una religión que emana del cielo. Ya sea que recurramos a las pruebas internas de la Biblia, ya a las vidas de los cristianos primitivos, ó a las profecías, ó a los milagros, ó a la historia, obtendremos la mismísima contestación : es a saber, que Jesús es el Hijo de Dios, y que por mediación de él los creyentes reciben la vida eterna.

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