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Juan 10: El pastor y sus ovejas

Pastor Lionel

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Juan 10:19-30

Es de notarse en este pasaje, primeramente, qué de desavenencias y controversias causó nuestro Señor cuando estuvo en la tierra. Cuéntasenos que hubo disensión, entre los Judíos por sus palabras y que muchos de ellos decían que tenia demonio y estaba loco. a primera vista parece tal vez extraño que el que vino a predicar la paz entre Dios y el hombre fuese causa de contenciones. Pero en eso se cumplieron literalmente sus propias palabras: «No he venido para meter paz sino espada.» Mat_10:34. Mas no era a Jesucristo a quien debía atribuirse ese mal, sino a la índole mundana de los judíos.

Ni debe sorprenderse el siervo de Cristo si tuviere que presenciar los mismos resultados que presenció su Maestro. a menudo sus propias opiniones y conducta en materias religiosas serán causa de disensión aun en el seno de su familia; no pocas veces tendrá que ser el blanco del ridículo, de los dicterios y de las persecuciones de parte de los hijos de este mundo; y tal vez haya quien llegue a llamarlo insensato ó loco a causa de su religión. Que nada de esto lo haga cejar. La idea de que las penalidades que él sufre son las mismas que sufrió Cristo debe darle fuerzas para hacer frente a todo. «Si al mismo padre de familias llamaron Belcebú, ¿cuánto más a los de su casa?.

Tampoco hemos de menospreciar la religión a causa de las riñas y disensiones a que da lugar. Por mucho que se diga en contra, la falta está en la naturaleza humana y no en la religión misma. Jamás nos quejamos contra el sol porque sus rayos hacen levantar de los pantanos miasmas deletéreos. No debemos, pues, quejarnos contra el Evangelio, si despierta la corrupción del hombre y hace que «los sentimientos de muchos corazones sean manifestados.» Luk_2:35.

Es de notarse, en seguida, el apellido que Jesucristo dio a los verdaderos cristianos. Los llamó sus ovejas, usando así de una expresión figurada que, como todas sus palabras, está repleta de un significado profundo.

Esa expresión tiene referencia sin duda a la índole y a la conducta de los verdaderos cristianos. Fácil seria demostrar que en su debilidad, en su desamparo, en su inocencia, en su utilidad la oveja y el creyente se parecen. Mas la idea cardinal en la mente de nuestro Señor fue la completa dependencia en que las ovejas están de su pastor. Así como aquellas oyen la voz de éste y le siguen, así también los creyentes siguen a Cristo. Por la fe escuchan sus exhortaciones; por la fe se someten a él para que los guíe; por la fe confían en él y le encomiendan la dirección de sus almas. Los hábitos de las ovejas y el pastor ejemplifican muy bien la relación que existe entre Jesucristo y el verdadero cristiano.

Expresiones como la de que nos ocupamos son las que el cristiano debiera atesorar en su memoria, pues le servirán de alivio y de consuelo en las horas de prueba. Acaso el mundo no perciba la belleza de su conducta, y lo trate por eso con desprecio. Más el que sabe que él es una de las ovejas del rebaño de Jesucristo no tiene por qué ruborizarse. El posee «un pozo de agua que salta para la vida eterna.» Juan 4.14.

Debemos notar, finalmente, cuan grandes son los privilegios que nuestro Señor Jesucristo concede a los verdaderos cristianos. He aquí las palabras que emplea acerca de sus ovejas, es decir ellos: «Yo las conozco; yo les doy vida eterna; para siempre no perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano.» Esta sentencia es como un racimo de uvas de Eshcol. Difícil sería encontrar en toda la Biblia palabras más expresivas.

Jesucristo conoce a su pueblo y siente hacia él interés y afecto. Por el mundo que los rodea son comparativamente hablando desconocidos, abandonados a sí mismos y despreciados. Más Jesús jamás los olvida o los abandona.

Jesucristo concede a su pueblo vida eterna, es decir, le otorga gratuitamente los títulos para ser admitido en el cielo, perdonándole sus muchos pecados y revistiéndolo de perfecta justicia. Con frecuencia y por sabias razones le niega la riqueza, la salud, la prosperidad mundana; más nunca deja de otorgarle la gracia, la paz y la gloria.

Jesucristo dice que su pueblo jamás perecerá. Débiles como son los que lo componen, todos se salvarán. Ni uno de ellos será desechado; ni uno de ellos dejará de entrar en el cielo. Acaso los que asechan sus almas sean fuertes y poderosos, más su Salvador es más poderoso; y ninguno puede arrebatarlos de las manos de su Salvador.

¿Deseamos participar de los beneficios resultantes del cumplimiento de esta gloriosa promesa? Cuidemos de pertenecer al rebaño de Jesucristo. Oigamos la voz de nuestro Pastor y sigámosle. El hombre que, convencido de la gravedad de su pecado, acude a Cristo y se acoge a él, con confianza, pertenece al número de los que no serán arrebatados de sus manos.

Juan 10:31-42

En estos versículos puede notarse hasta qué extremo llega la maldad humana. Los judíos incrédulos que moraban en Jerusalén no fueron convencidos ni por los milagros ni por la predicación de nuestro Señor. Estaban resueltos a no recibir a Jesús como Mesías, y una vez más tomaron piedras para apedrearle.

Nuestro Señor no había causado a los judíos perjuicio alguno. No había sido homicida, ni ladrón ni contraventor de las leyes del país. él «pasó haciendo bienes,» y toda su vida fue distinguida por el amor. Actos 10:38. En su carácter no había defecto ni inconsecuencia de ninguna clase, y no podía imputársele crimen alguno. Un hombre tan perfecto y tan puro jamás puso sus plantas sobre la faz de la tierra. Más, no obstante todo esto, los judíos lo aborrecían y ansiaban derramar su sangre. Cuan ciertas son las palabras de la Escritura: «¡Sin causa le aborrecieron!» Joh_15:25.

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