Josué 8: Sucesos en Hai

Es importante además aclarar otros detalles que están implícitos sobre el pasaje: Nada se dice sobre cómo llegaron hasta Siquem sin ser molestados por nadie, pues en el libro de Josué no se relata la captura de Siquem y a las puertas de estas ciudad se ofrecieron servicios de dedicación a Jehová. La razón puede ser que el libro de Josué no se propuso relatar todas las conquistas hechas por el pueblo, o que los habitantes de esta ciudad no se mostraron hostiles hacia los hebreos porque allí tal vez vivían algunos emparentados con Jacob después de haberla tomado. Ciertos documentos arqueológicos revelan que el príncipe de Siquem por el año 1380 a. de J.C. estaba en alianza con los «habirus» que posiblemente pudieron haber tenido alguna conexión con los hebreos. Otra razón puede ser que el temor que se había apoderado de los habitantes de la tierra les desanimara de cualquier intento de ataque a los hebreos.

El monte Ebal estaba al norte de la ciudad de Siquem y frente al monte Gerizim y es allí donde Josué lleva a cabo la ceremonia de consagración a Jehová.

El altar de piedras no labradas respondía a una instrucción de Jehová, sobre los altares que debían ser de tierra, y de esta forma daban la apariencia de la misma. El no ser piedras labradas las presentaba en la manera más natural posible para levantar un altar a Jehová.

Se hicieron sacrificios de paz tal como se habían llevado a cabo en el momento en que se estableció el pacto y por la observanción de estos ritos se renovaba el pacto. El pueblo se reconciliaba con Dios por medio de los holocaustos (ofrendas quemadas) y se gozaba con él por medio de los sacrificios de paz.

La reproducción de la ley refuerza el acto conmemorativo y el hecho de revivir la experiencia del pacto acordado en el Sinaí. Es notable además la mención de los «extranjeros»; ger en este acto, porque vuelve a subrayar el carácter inclusivo de este pacto respecto a otros pueblos y naciones. Si Jehová rechazaba a algunos pueblos en este período no era porque Israel fuese el mejor pueblo, es decir impecable, sino porque estaba comprometido con obedecer el pacto, y se adhería a la fe en Jehová. Todos los que participaran de esta fe harían parte del pueblo de Jehová.

El evento termina con la lectura de toda la ley, al parecer era una versión más extensa de lo que se había inscrito en las piedras, tal vez la ley contenida en Deuteronomio.

La descripción de este acto solemne no está completa si no se termina donde se menciona a toda la “congregación e Israel, incluyendo las mujeres, los niños y los extranjeros que vivían entre ellos”.

Se destaca en este acto de reafirmación del pacto con Jehová, el que se dirigió a tocar los sentidos de cada uno de los presentes; fue un acto para ver (piedras, holocausto y sacrificios), oír (la lectura de la ley), olfatear (holocaustos y sacrificios) y sentir seguramente en el momento de cavar las piedras; ya la pascua había permitido gustar para recordar.

Este acto se dirigía a la persona en forma holística, integral, no parcialmente. No era algo para salvar una parte, sino involucraba a todo el ser humano, que en su integralidad recibirá la promesa de la tierra prometida la cual no consistía en un bien solo espiritual sino material, psíquico y afectivo. Este hecho representa un desafío para la iglesia del presente asediada por la fragmentación de la persona humana, que debido a la insatisfacción de algunas de sus necesidades básicas tiende a conformarse con soluciones parciales, momentáneas que finalmente resultan ilusorias.

El pacto que se renovó en esta ocasión consistía en bendición permanente, cotidiana, integral y comprehensiva de todo el ser humano que es hecho a imagen y semejanza de Dios.

El culto debe tener un carácter pedagógico además del conmemorativo o de alabanza a Dios, pues finalmente quien lo dirige no debe centrar la atención en sí mismo, sino en el objeto de la adoración, en la importancia de que esa adoración sirva para renovar el compromiso con Dios y facilita perpetuar la alabanza al Señor de los ejércitos.

Esta fue una experiencia de adoración integral, porque vinculó a todas las familias, las clases, los sexos, etc. Daba importancia a la comunidad y no al aislamiento individualista, el mismo que puede terminar en un egocentrismo espiritual de quienes se jactan de tener experiencias extraordinarias que los pueden hacer “más espirituales”.

El acto permitió reemplazar, en cierta medida, la imagen de Moisés como un hito inalcanzable, pues para el pueblo la experiencia del Sinaí significó algo único e irrepetible. Este acto permitió equiparar, guardando las proporciones, a Josué con Moisés, ya que el primero protagonizaba el liderazgo del pueblo en un momento tan importante como lo fue el del Sinaí.

Este evento era la realización concreta e histórica de las promesas derivadas del pacto que Jehová había realizado con su pueblo. No se pretendía superar a Moisés, pero sí constituía un cumplimiento de las promesas que Moisés por fe quiso alcanzar y ahora otros disfrutaban de ellas.

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