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Job 26: Réplica de Job al discurso de Bildad

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Job 26:1  Entonces respondió Job, y dijo:

Job vuelve a referirse al gran poder de Dios. Sus consejeros lo exasperan.

Job se distingue por ser el que da el discurso más largo en el libro –seis capítulos– entretejiendo ejemplos del misterio y del poder de Dios en un hermoso poema de confianza. Comenzando con tachar la última respuesta de Bildad como irrelevante, Job le dice entonces a Bildad y a sus amigos que no es posible que conozcan todo acerca de Dios. La sabiduría no se origina en esta vida o en la mente humana, sino que proviene de Dios. Luego, Job defiende su vida recta y sincera. Sin duda que él había buscado seguir el estilo de vida de Dios. Aunque admite que no es perfecto, sostiene que sus motivos eran justos.

Job 26:2  ¡Qué ayuda eres para el débil! ¡Cómo has salvado al brazo sin fuerza!

Job 26:3  ¡Qué consejos has dado al que no tiene sabiduría, y qué útil conocimiento has dado en abundancia!

Job 26:4  ¿A quién has proferido palabras, y de quién es el espíritu que habló en ti?

Con gran sarcasmo, Job atacó los comentarios de Bildad. Sus explicaciones teológicas no le proporcionaron ningún consuelo, ya que fueron incapaces de convertir su sabiduría en consejos útiles. Cuando trate con la gente, es más importante amarla y entenderla que analizarla o darle un consejo. La compasión produce resultados mayores que la crítica o el culpar a otros.

Job 26:5  Las sombras tiemblan bajo las aguas y sus habitantes.

Job 26:6  Desnudo está el Seol ante El, y el Abadón no tiene cobertura.

Puede traducirse como destrucción, una alusión metafórica al sepulcro

Job 26:7  El extiende el norte sobre el vacío, y cuelga la tierra sobre la nada.

Job 26:8  Envuelve las aguas en sus nubes, y la nube no se rompe bajo ellas.

Job 26:9  Oscurece la faz de la luna llena, y extiende sobre ella su nube.

Job 26:10  Ha trazado un círculo sobre la superficie de las aguas, en el límite de la luz y las tinieblas.

Job 26:11  Las columnas del cielo tiemblan, y se espantan ante su reprensión.

Job 26:12  Al mar agitó con su poder, y a Rahab quebrantó con su entendimiento.

Job 26:13  Con su soplo se limpian los cielos; su mano ha traspasado la serpiente huidiza.

Job 26:14  He aquí, estos son los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve es la palabra que de El oímos! Pero su potente trueno, ¿quién lo puede comprender?

Irónicamente declara Job que los servicios del amigo han sido muy poco útiles en las circunstancias en que se halla, pues, lejos de animarle y darle fuerzas, le ha llenado de profundo amargor al no comprender su verdadera situación. Esperaba más de su cordura para esclarecer la propia ignorancia sobre su problema personal. En realidad han dado un enfoque trivial al enigma del sufrimiento, y sus argumentaciones de nada sirven al desvalido. Todo lo que ha dicho Bildad no tiene nada que ver con la crisis moral que sufre Job. La sabiduría viene de Dios 1; pero el espíritu de Bildad no lleva el sello de la sabiduría. Sus palabras son vanas, y, por tanto, están fuera de lugar proferidas delante del que sufre.

Dios no sólo domina soberanamente en los cielos, sino que hasta las sombras espectrales de los muertos — los mares — se sienten sobrecogidas en lo más profundo de la región subterránea, que también se extiende debajo de los mares. En hebreo, a los habitantes del seol se les llama refaim, denominación que aparece con el mismo sentido en los textos fenicios de Sidón. Dios penetra lo más recóndito de la región tenebrosa de los muertos: el seol y el abaddón — denominación sinónima de seol y significa “perdición” — están desnudos ante su escrutadora mirada a pesar de su oscuridad. “El Seol y el abaddón están delante de Yahvé. ¡Cuánto más los corazones de los hijos de los hombres!”

Su omnipotencia se manifiesta en el hecho de encerrar las aguas en las nubes — como en odres flotantes — sin que éstas se rasguen con su desmesurado peso. Esto resulta liviano en comparación con el hecho de que haya colgado la tierra sobre la nada y haya extendido el septentrión sobre el vacío, disponiendo las estrellas — según la cosmogonía antigua — alrededor de un punto septentrional vacío y basando en él su estabilidad. La idea del salmista está en relación con la del poeta latino: “Terra pilae similis, millo fulcimine nixa”.

La majestad del Omnipotente está velada por las nubes que se extienden en torno a su trono, pero desde allí gobierna los elementos de la naturaleza como supremo Soberano: señaló un límite a los mares. Los antiguos creían que la tierra estaba rodeada de un círculo de agua, el apsu o caos tenebroso de los babilonios. Allí estaba el “fundamento de los cielos,” que coincidía con el horizonte. Y de allí salía diariamente el sol 9; es la zona de los confines entre la luz y las tinieblas.

Es tal la majestad de Dios, que las columnas del cielo — las montañas, sobre cuya cúspide se asentaba la bóveda celeste — se conmueven y tambalean a un gesto amenazador suyo. Con su poder domina las fuerzas del mar, hendiéndolo, como el dios babilónico Marduk hendió la cabeza de tiamat, símbolo del caos tenebroso. No sólo Dios lo domina con su fuerza, sino que lo amansa y domina con su inteligencia. Rahab simboliza aquí el mar inquieto. Dios es aquí, pues, el símbolo del principio ordenador frente al caos, como se relata en el primer capítulo del Génesis. Su omnipotencia se despliega en el brillo de los cielos arriba y en la victoria sobre el Leviatán o serpiente huidiza, monstruo marino que está en las profundidades del océano. Es la alusión al triunfo de Dios ordenador sobre las fuerzas del caos.

Todas estas intervenciones maravillosas divinas son sólo una apariencia, la orla de sus obras, de las que apenas se ha oído hablar. Pero su poder brilla particularmente en el trueno, la manifestación airada de Dios en las tormentas. Todo ello invita a callar sobre los secretos designios de su sabiduría.

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