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Job 25: Tercer discurso de Bildad

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Job 25:1  Entonces respondió Bildad suhita, y dijo:

En las palabras finales que dirige a Job, Bildad afirma que: El ser humano no puede discutir con Dios; ninguna persona puede decir delante de Dios que es pura. Es inconcebible que Dios le permita a Job una oportunidad para justificarse.

La respuesta final de Bildad era débil. Evadió los ejemplos de Job acerca de la prosperidad del malvado. En vez de tratar de refutarlo, Bildad lo acusó de soberbio debido a que estaba proclamando que su sufrimiento no era resultado del pecado. Job nunca dijo que no tuviera pecados, sino solamente que su pecado no podría haber causado el problema presente.

Job 25:2  Dominio y pavor pertenecen al que establece la paz en sus alturas.

Job 25:3  ¿Tienen número sus ejércitos? ¿Y sobre quién no se levanta su luz?

Job 25:4  ¿Cómo puede un hombre, pues, ser justo con Dios? ¿O cómo puede ser limpio el que nace de mujer?

Job 25:5  Si aun la luna no tiene brillo y las estrellas no son puras a sus ojos,

Job 25:6  ¡cuánto menos el hombre, esa larva, y el hijo del hombre, ese gusano!

Es importante entender que Bildad, no Dios, estaba llamando al hombre un gusano. Los seres humanos han sido creados a la imagen de Dios. El Salmo 8:5 dice que el hombre es «poco menor que los ángeles». Bildad pudo haber usado simplemente una descripción poética para comparar nuestro valor con el valor y el poder de Dios. Para ir a Dios no necesitamos arrastrarnos como gusanos. Podemos acercarnos con plena confianza.

 E ste breve discurso del segundo interlocutor se limita al enunciado de una doxología sobre el poder divino. No responde a las argumentaciones de Job sobre la reconocida prosperidad de los malvados en esta vida, sino que simplemente destaca la pequeñez e imperfección del hombre, indigno de presentarse ante la santidad inmaculada de Dios. Quizá su discurso se continúe en 26:55, aunque en el estado actual este fragmento se atribuya a Job.

 La soberanía de Dios es total, y su dominio, avasallador. Consecuencia de ello es la paz total en las alturas. Nadie allí le disputa el poder. En los cielos, todos están sometidos a su realeza. Hasta los muertos tiemblan debajo de la tierra ante el Señor de los cielos. Como gran soberano, tiene un numeroso ejército a su disposición. Con ellos hace caer a todos en su emboscada. En 19:12 había declarado Job: “Vinieron contra mí todas sus milicias, se han atrincherado en mi camino y han acampado en torno de mi tienda.” Dios rodea al ser humano hasta que le rinde. Por tanto, es inútil oponerse a su poder, pues no es posible salir de sus emboscadas.

Supuesta esta superioridad inaccesible, resulta ridículo que el hombre quiera pedir cuentas a las decisiones de su providencia, y menos justificarse ante El. Bildad aquí repite las razones que había dado Elifaz sobre la impureza atávica del hombre. Como nacido de mujer, es ya un ser pecador e impuro. En su naturaleza hay algo mórbido que le impulsa a apartarse de los caminos de Dios. La justicia humana, pues, no puede sufrir el examen de Dios.

Ni los astros con su brillo son dignos de acercarse a la pureza de Dios. Mucho menos el hombre, que como gusano se arrastra sobre la tierra, puede presentarse erguido ante el tribunal divino. La expresión hijo de hombre tiene el sentido de perteneciente a la raza humana, con todo lo que implica de humildad y fragilidad frente al Dios fuerte.

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