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Jesús y Nicodemo

El que está dando los primeros pasos en Cristo es un niño: Al cabo de tanto tiempo, ustedes y a deberían ser maestros; en cambio, necesitan que se les expliquen de nuevo las cosas más sencillas de las enseñanzas de Dios. Han vuelto a ser tan débiles que, en vez de comida sólida, tienen que tomar leche. Y los que se alimentan de leche son como niños de pecho, incapaces de juzgar rectamente. La comida sólida es para los adultos, para los que y a saben juzgar, porque están acostumbrados a distinguir entre lo bueno y lo malo. (Hebreos 5:12-14). Esta idea del nuevo nacimiento o de la nuevas creación aparece en todo el Nuevo Testamento. Ahora bien, esta idea no les sonaría extraña en absoluto a los primeros lectores del Nuevo Testamento. Los judíos la usaban al hablar de los que procedían del paganismo y aceptaban el judaísmo mediante la oración, el sacrificio, el bautismo y la circuncisión: eran nacidos de nuevo. «El prosélito que abraza el judaísmo -decían los rabinos- es como un niño, recién nacido.» Tan radical era el cambio que todos los pecados que hubiera cometido antes se le habían perdonado, por que ahora era una persona diferente. En teoría se afirmaban aunque es de esperar que no se llevara nunca a cabo, que tal hombre se podía casar con su madre o con su hermana, porque todos sus lazos familiares anteriores quedaban anulados. Los judíos hablaban del nuevo nacimiento.

Los griegos también conocían muy bien esa idea. Las religiones más reales de los griegos de entonces eran los misterios. Esas religiones se basaban en el mito de algún dios que sufría, moría y resucitaba. Se hacían representaciones de su pasión. Los iniciados pasaban por un largo período de preparación, instrucción, ascetismo y ayuno. Entonces se representaba el drama con una música y un ritual impresionante, incienso y todo lo que pudiera influir en las emociones.

En la representación, el que tomaba parte en aquella forma de culto se identificaba con el dios de tal manera que pasaba por los mismos sufrimientos y compartía el triunfo y la vida divina del dios. Las religiones mistéricas ofrecían una unión mística con algún dios. Cuando se experimentaba aquella unión, el iniciado era, en el lenguaje de los misterios, un nacido de nuevo. Los misterios herméticos tenían como parte de sus creencias básicas que «No puede haber salvación sin regeneración.» Apuleyo, que se sometió a la iniciación, dijo que había pasado por «una muerte voluntaria,» y que mediante ella había alcanzado «su nuevo nacimiento espiritual,» y era «como nacido de nuevo.» Muchos de los ritos de iniciación de los misterios tenían lugar a medianoche, cuando muere y renace el día. En los misterios frigios, al iniciado, después de su iniciación, le daban leche, como si fuera un niño recién nacido.

El mundo antiguo conocía muy bien la idea del renacimiento y la regeneración. Lo anhelaba y buscaba por todas partes. La más famosa de todas las ceremonias misteriosas era el taurobolium. El candidato se metía en un pozo, que se cubría con una rejilla. Sobre esta se degollaba un toro, cuya sangre bañaba al iniciado; y cuando salía del pozo era renatus in aeternum, renacido para la eternidad. El Cristianismo trajo precisamente lo que todo el mundo estaba buscando.

¿Qué quiere decir para nosotros el nuevo nacimiento? En el Nuevo Testamento, y especialmente en el Cuarto Evangelio, hay cuatro ideas íntimamente relacionadas: el nuevo nacimiento; el Reino del Cielo, en el que nadie puede entrar a menos que nazca de nuevo; llegar a ser hijos de Dios, y la vida eterna. La idea del nuevo nacimiento no es exclusiva del pensamiento del Cuarto Evangelio. En Mateo encontramos la misma gran verdad expresada aún más sencilla y gráficamente: «Si no os volvéis y os hacéis como niños no entraréis en el Reino del Cielo» (Mateo 18:3). Estas ideas encierran la misma verdad.

Nacer de nuevo

Vamos a empezar por El Reino del Cielo. ¿Qué quiere decir? Su mejor definición la encontramos en el Padre Nuestro, también conocido como Oración Dominical que contiene dos peticiones paralelas: Venga Tu Reino, Hágase Tu voluntad, como en el Cielo, así también en la Tierra.

Es característico del estilo hebreo el decir las cosas de dos maneras algo diferentes, la segunda de las cuales explica y amplía la primera. En los Salmos encontramos innumerables ejemplos de esta forma poética que se conoce técnicamente como paralelismo: Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sea removida, Y se traspasen los montes al corazón del mar; Aunque bramen y borboteen sus aguas, Y tiemblen los montes a causa de su ímpetu. Jehová de las ejércitos está con nosotros; Nuestro refugio es el Dios de Jacob (Salmo 46:1-3, 7). Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado (Salmo 51:2). En lugares de delicados pastos me hará descansar; Junto a aguas de reposo me pastoreará (Salmo 23:2).

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