Jesús y los discípulos celebran la última cena

Pastor Lionel

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(i) Jesús sabía lo que Le iba a pasar. En eso consistió Su supremo coraje, especialmente en los últimos días. Le habría sido fácil escapar, y sin embargo siguió adelante impertérrito. Homero cuenta que se le dijo al gran guerrero Aquiles que, si salía a la batalla, moriría en ella. Su respuesta fue: «De todas maneras, yo sigo adelante.» Con pleno conocimiento de lo que Le esperaba, Jesús decidió seguir adelante.

(ii) Jesús podía verle el corazón a Judas. Lo curioso es que los otros discípulos no parecen haber tenido ni la más mínima sospecha. Si hubieran sabido lo que Judas se traía entre manos, es seguro que no le habrían dejado llevarlo a cabo, aunque hubiera tenido que ser por la violencia. Aquí hay algo que vale la pena recordar. Puede que haya cosas que consigamos ocultarles a nuestros compañeros, pero no podemos ocultárselas a Jesucristo. Él es el escrutador de los corazones humanos. Sabe lo que hay en cada uno. ¡Bienaventurados los de limpio corazón!

(iii) En este pasaje vemos a Jesús ofreciéndole a Judas dos cosas:

(a) Le está haciendo la última llamada del amor. Es como si estuviera diciéndole: « Yo sé lo que piensas hacer. ¿No quieres detenerte?»

(b) Le está haciendo a Judas una última advertencia. Le está anunciando de antemano las consecuencias de lo que está pensando hacer. Pero debemos notar esto, porque pertenece a la misma esencia de la manera que tiene Dios de tratarnos: no hay obligatoriedad. No cabe duda que Jesús podría haber parado a Judas. No tenía más que decirles a los otros once lo que Judas estaba planificando, y Judas no habría salido vivo de aquella habitación.

Aquí se nos presenta toda la condición humana. Dios nos ha dado voluntades que son libres. Su amor nos invita, su verdad nos advierte, pero no hay obligatoriedad. La terrible responsabilidad del hombre es que puede desdeñar la llamada del amor de Dios y que puede desatender la advertencia de Su voz. A fin de cuentas, no habrá más responsable de nuestro pecado que nosotros mismos.

Una leyenda griega contaba que dos viajeros famosos habían pasado entre las rocas en las que se sentaban y cantaban las sirenas con tal dulzura que arrastraban a los marineros irresistiblemente a su propia perdición. Ulises pasó por aquéllas rocas, y su método consistió en taponarles los oídos a sus marineros para que no pudieran oír, y les mandó que le ataran a él al mástil con sogas de forma que, por mucho que se revolviera, no pudiera reaccionar a la dulzura seductora. Resistió por obligatoriedad, porque no tuvo más remedio. El otro viajero que superó la prueba fue Orfeo, el músico más dulce de todos. Su método fue tocar y cantar cuando su barco pasaba por las rocas con una dulzura tan extremada que la seducción de la canción de las sirenas ni se llegaba a sentir por la mayor atracción de la canción que él cantaba. Su método consistió en responder a la llamada de la seducción con algo todavía más atractivo.

El método de Dios es el segundo. No nos para, queramos que no, para impedirnos pecar; nos invita a amarle tanto que Su voz nos sea más atractiva que todas las voces que nos inviten a alejarnos de Él.

El símbolo de la salvación

Cuando estaban cenando, Jesús tomó un pan, y dio gracias por él, y lo partió, y se lo dio a Sus discípulos diciéndoles: -Tomad esto. Esto es Mi cuerpo. Y, después de dar gracias, tomó la copa, y se la dio a Sus discípulos, y todos bebieron de ella. Y Jesús des dijo: -Esto es la sangre del Nuevo Pacto, que se derrama por muchos. De veras os digo que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día que lo beba nuevo en el Reino de Dios. Ydespués de cantar el salmo, salieron hacia el Monte de los Olivos.

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