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Jesús y la limosna

La gran paradoja de la recompensa cristiana es esta: la persona que anda buscando una retribución, y que calcula lo que se le debe, no lo recibe; la persona cuya única motivación es la del amor, y que nunca piensa haber merecido ninguna recompensa, es la que la recibe. Lo curioso es que la recompensa es al mismo tiempo el subproducto y el fin último de la vida cristiana.
Ahora debemos pasar a preguntar: ¿Cuales son las recompensas de la vida cristiana?

(i) Empezaremos señalando una verdad básica y general. Ya hemos visto que Jesucristo no piensa en términos de recompensa material en absoluto.

Las recompensas de la vida cristiana son recompensas solamente para una persona que tenga mentalidad espiritual. Para una persona de mentalidad materialista no serían recompensas de ninguna clase. Las recompensas cristianas son recompensas sólo para los cristianos.

(ii) La primera de las recompensas cristianas es la propia satisfacción.

El hacer lo que es debido, la obediencia a Jesucristo, el seguir Su canino, cualesquiera otras cosas pueda aportar, siempre produce satisfacción. Bien puede ser que, si una persona hace lo que es debido, y obedece a Jesucristo, pierda su fortuna y su posición, acabe en la cárcel o en el patíbulo, y no coseche más que impopularidad, soledad y descrédito; pero todavía poseerá esa íntima satisfacción, que vale más que todo lo demás. A esto no se le puede poner precio; no se puede evaluar en términos de riqueza terrenal, pero no hay nada como ello en todo el mundo. Aporta ese contentamiento que es la corona de la vida.

El poeta George Herbert formaba parte de una pequeña tertulia de amigos que solían reunirse para tocar juntos instrumentos músicos como una pequeña orquesta. Una vez iba de camino a reunirse con el grupo, cuando se encontró con un carretero al que se le había atascado la carreta en el barro de la cuneta. George Herbert dejó a un lado su instrumento y fue a ayudar al hombre. Les llevó mucho tiempo sacar la carreta, y acabó todo lleno de barro. Cuando llegó a la casa de sus amigos, ya era demasiado tarde para la música. Les contó lo que le había detenido en el camino. Uno le dijo: «Te has perdido toda la música.» George Herbert sonrió. «Si -le contestó- pero la escucharé a media noche.» Tenía la satisfacción de haber hecho algo de acuerdo con Cristo.

Godfrey Winn habla de un hombre que era el mejor cirujano plástico de Inglaterra. Durante la guerra, dejó su consulta particular que le reportaba diez mil libras esterlinas al año, una gran cantidad entonces, para dedicar todo su tiempo a remodelar las caras y los cuerpos de aviadores quemados o mutilados en combate. Godfrey Winn le dijo: «¿Cuál es tu ambición, Mac?» La respuesta que le llegó de rebote fue: «Quiero ser un buen artesano.» Sus ingresos anuales no eran nada comparados con la satisfacción de un trabajo desinteresado bien hecho.

Una señora paró una vez a Dale de Birmingham en la calle. «Que Dios le bendiga, doctor Dale» -le, dijo. Se negó en redondo a dar su nombre. Sólo le dio las gracias y le bendijo y siguió su camino. Dale había estado muy deprimido en aquel momento. «Pero -se dijo- la niebla se abrió y me llegó la luz del sol; respiré el aire libre de las montañas de Dios.» En cuanto a riqueza material, no tenía un duro más que antes; pero en cuanto a la profunda satisfacción que siente un predicador que descubre que ha ayudado a alguien, había ganado una riqueza indecible.

La primera recompensa cristiana es la satisfacción que no hay dinero en todo el mundo que pueda comprar.

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