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Jesús y el pago de los impuestos

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Nunca jamás ha establecido nadie un principio más influyente. Mantenía Jesús al mismo tiempo el poder civil y el poder religioso. Rawlinson nos recuerda lo que el gran historiador Lord Acton dijo acerca de esto: « Esas palabras… daban al poder civil, bajo la protección de la conciencia, un carácter sagrado que no había tenido nunca y cuyos límites no se le habían reconocido nunca, y eran la repudiación del absolutismo y la inauguración de la libertad.» Pero, al mismo tiempo, estas palabras afirmaban los derechos del estado y la libertad de conciencia.

Como decía Calderón: Al rey la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios. En general, el Nuevo Testamento establece tres grandes principios en cuanto a la relación del cristiano individual con el Estado.

(i) El Estado ha sido ordenado por Dios. Sin las leyes del Estado, la vida sería un caos. Las personas no pueden vivir juntas a menos que estén de acuerdo en obedecer las leyes de la vida en común. Sin el Estado hay muchos servicios que no se podrían disfrutar. Ninguna persona puede tener su provisión de agua, su propio sistema de alcantarillado y de transporte, su propia organización de seguridad social. El Estado es el origen de muchas de las cosas que hacen vivible la vida.

(ii) Ninguna persona puede aceptar todos los beneficios que le otorga el Estado sin aceptar sus responsabilidades. No cabe duda que el gobierno romano trajo al mundo antiguo una sensación de seguridad que no había tenido nunca antes. En su mayor parte, excepto en ciertas áreas especiales, los mares estaban limpios de piratas, y las carreteras de bandoleros; las guerras civiles habían cedido el paso a la paz, y las tiranías caprichosas a la justicia imparcial romana. Como escribió E. J. Goodspeed: « Fue la gloria del Imperio Romano el traer la paz a un mundo en conflicto. Bajo su autoridad, las regiones de Asia menor y del Oriente gozaron de tranquilidad y seguridad en una medida y por un tiempo desconocidos antes, y probablemente después. Esto era la pax romana. Los provincianos, bajo el gobierno de Roma, se encontraban en posición para llevar a cabo sus negocios, proveer para sus familias, mandar sus cartas y hacer sus viajes con seguridad gracias a la mano poderosa de Roma.» Sigue siendo verdad que ninguno puede recibir honradamente todos los beneficios que confiere el vivir en un Estado y sacudirse todas las responsabilidades de la ciudadanía.

(iii) Pero hay un límite. E. A Abbott tiene un pensamiento sugestivo. La moneda tenía la imagen del César, y por consiguiente pertenecía al César. El ser humano tiene la imagen de Dios -Dios le creó a Su propia imagen (Génesis 1:23s) ; y por tanto pertenece a Dios. La conclusión inevitable es que, si el Estado se mantiene dentro de sus propios límites y hace sus propias demandas, el individuo debe darle su lealtad y servicio; pero en último análisis, tanto el Estado como el individuo pertenecen a Dios y, por tanto, si sus demandas están en conflicto, la lealtad a Dios ocupa el primer lugar. Pero sigue siendo verdad que, en todas las circunstancias normales, el Cristianismo debe hacer a cada uno mejor ciudadano que el que no es cristiano.

Aquí los emisarios del Sanedrín pasaron al ataque. Sobornaron a unos para que fueran a hacerle una pregunta a Jesús pretendiendo que era algo que les preocupaba sinceramente. El tributo al César era un impuesto de un denario por cabeza que tenían que pagar todos los varones de 14 a 65 años y todas las mujeres de 12 a 65, simplemente por el privilegio de existir.

Este tributo era una cuestión polémica entre los judíos, y ya había sido la causa de más de una rebelión. No era una mera cuestión económica, sino que se consideraba como una imposición ofensiva. Los judíos fanáticos pretendían que no tenían más rey que Dios, y por tanto era contra su religión el pagar tributo al César. Era una cuestión religiosa por la que muchos estaban dispuestos a morir. Ya se comprende que los emisarios querían poner a Jesús entre la espada y la pared. Si decía que no se debía pagar tributo al César, le denunciarían inmediatamente a Pilato, lo que conduciría a su arresto tan seguro como que el día sigue a la noche; y si decía que estaba bien que se pagara el tributo, muchos de sus presuntos seguidores, especialmente los galileos, se pondrían en contra suya.

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