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Jesús y el pago de los impuestos

Pastor Lionel

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Las provincias romanas se dividían en dos clases: las que eran pacíficas y no necesitaban tropas las gobernaba el senado por medio de procónsules; pero las que eran conflictivas y requerían tropas las gobernaba directamente el emperador mediante procuradores. El Sur de Palestina pertenecía naturalmente a la segunda categoría, y el tributo se le pagaba al emperador.

El primer acto del gobernador, Cirenio, fue hacer un censo del país a fin de preparar debidamente el cobro de los impuestos y la administración general. La sección más tranquila de la población lo aceptó como una necesidad inevitable; pero un cierto Judas el Gaulonita levantó oposición violenta. Rugió que « el tributo no era en nada mejor que la esclavitud.» Convocó al pueblo a revelarse, y dijo que Dios los ayudaría solamente si empleaban toda la violencia de que fueran capaces. Tomó como lema que «Para los judíos Dios era el único Rey.» Los romanos acabaron con Judas con su acostumbrada eficacia; pero su grito de guerra no se silenció nunca del todo: « ¡No pagar el tributo a los romanos!», y se convirtió en el de los patriotas judíos más fanáticos.

Los tributos que se imponían corrientemente eran de tres clases.

(i) El impuesto sobre el terreno, que consistía en una décima parte de todo el grano, y una quinta del vino y de la fruta. Esto se pagaba parcialmente en especie, y parcialmente en dinero.

(ii) El impuesto sobre la renta, que se elevaba al uno por ciento de los ingresos de la persona.

(iii) El impuesto personal o de capitación, que se cobraba a todos los varones de 14 a 65 años y todas las mujeres de 12 a 65. Este impuesto personal era un denarius, aproximadamente 7 pesetas por cabeza. Era el impuesto que todos tenían que pagar simplemente por el privilegio de existir.

El enfoque de los fariseos y los herodianos era muy sutil. Empezaron con adulación. Esa adulación tenía por objeto conseguir dos cosas: disipar las sospechas que pudiera tener Jesús; y comprometerle a dar una respuesta para no perder totalmente Su reputación.

En vista de todas las circunstancias, la cuestión que Le plantearon a Jesús los fariseos y los herodianos era una obra maestra de astucia. Tienen que haber pensado que Le colocarían entre la espada y la pared con un dilema inescapable. Si decía que era legal pagar tributo, habría perdido para siempre Su influencia con el populacho, que Le consideraría un traidor y cobarde. Si decía que no era legal pagar tributo, podían delatarle a los romanos, que Le detendrían por revolucionario. Tienen que haber estado seguros de que Le estaban tendiendo una trampa a Jesús de la que no Se podría escapar.

Jesús les dijo: «Enseñadme un denarius.» Notamos de pasada que Jesús no tenía ni siquiera una moneda. Les preguntó de quién era la imagen que estaba grabada. Sería la de Tiberio, el emperador reinante. Todos los emperadores se llamaban césares. Alrededor de la imagen aparecería el título que declaraba que esta era su moneda: « De Tiberio César, el divino Augusto, hijo de Augusto.» Y, por el otro lado aparecería el título de « Pontifex Maximus», «Sumo sacerdote de la Nación Romana.»

Si queremos que este incidente nos resulte inteligible debemos comprender la opinión que se tenía en la antigüedad de la moneda. En cuanto a la acuñación de moneda, los pueblos antiguos tenían tres principios consecuentes.

(i) La acuñación de moneda era una señal de poder. Cuando uno conquistaba una nación, o se revelaba con éxito, lo primero que hacía era acuñar su propia moneda. Eso de por sí era la garantía definitiva de soberanía y poder.

(ii) En todos los momentos y lugares en que la moneda estuviera en curso, la autoridad del rey se mantenía firme. Los dominios de un rey se medían por el área en que su moneda era de curso oficial.

(iii) Como una moneda tenía la efigie del rey y su inscripción, se reconocía, por lo menos en algún sentido, que era su propiedad personal. La respuesta de Jesús fue por tanto: « Al usar la moneda de Tiberio, vosotros reconocéis de hecho su poder político en vuestra tierra. Aparte totalmente de eso, la moneda es suya, porque lleva su nombre. Al dársela en el tributo le dais lo que ya era suyo de todas maneras. Dádselo; pero recordad que hay una esfera de la vida que pertenece a Dios y no al César.»

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