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Jesús y el pago de los impuestos

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Esta pregunta del pago del impuesto, no tenía un interés exclusivamente histórico: Mateo estaba escribiendo entre los años 80 y 90 d.C. El templo había sido destruido el año 70 d.C. Mientras estuvo en pie; todo judío había estado obligado a pagar el medio siclo del impuesto del templo. Después de la destrucción del templo, el gobierno romano demandó que ese impuesto se pagará al templo de Júpiter Capitolino en Roma. Está claro que esa disposición les revolvía el estómago á todos los judíos. El asunto de los impuestos era un problema real durante el ministerio de Jesús, y seguía siéndolo en los días de la Iglesia Primitiva.

Pero Jesús fue sabio. Pidió que le enseñaran un denarius, que estaba estampado con la efigie del emperador. El acuñar moneda era una señal de soberanía. Tan pronto como un rey subía al trono acuñaba su propia moneda. Hasta un pretendiente producía moneda para mostrar la realidad de su realeza; y esa moneda se consideraba propiedad del rey cuya imagen llevaba. Jesús preguntó de quién era la imagen de la moneda. La respuesta fue que de César. « Bien; pues entonces dijo Jesús-, devolvédsela a César; es suya. Dadle a César lo que le pertenece, y dadle a Dios lo que Le pertenece.»

En Su sabiduría incomparable, Jesús nunca estableció reglas ni normas; por eso Su enseñanza es atemporal, y nunca pierde su actualidad. Jesús siempre establecía principios. Aquí establece uno sumamente grande e importante.

Todo cristiano tiene una doble nacionalidad. Es ciudadano de un país, en el que está viviendo. A ese país le debe muchas cosas. Le debe la seguridad frente a personas sin ley que solamente puede proveer un gobierno organizado; le debe todos los servicios públicos. Para poner un ejemplo, pocas personas son lo suficientemente ricas como para tener su propio sistema de iluminación, o de limpieza, o de provisión de agua. Estos son servicios públicos. En el estado del bienestar, el ciudadano le debe al estado todavía más: enseñanza, servicios médicos, provisión en caso de desempleo y jubilación. Esto coloca al cristiano en una deuda de obligación. Porque el cristiano es una persona de honor, debe ser un ciudadano responsable. El fallar como ciudadana es también fallar como cristiano. Problemas indecibles pueden sobrevenirle aun país o a una industria cuando los cristianos se niegan a asumir su parte en la administración, y se la dejan a personas no cristianas, egoístas, interesadas, partidistas. El cristiana, tiene un deber para con el César en compensación por los privilegios que le aporta el gobierno del César.

El cristiano es también un ciudadano del Cielo. Hay asuntos de religión y dé principio en los que la responsabilidad del cristiano es para con Dios. Bien puede ser que las dos ciudadanías nunca entren en conflicto. No tienen por qué. Pero cuando el cristiano está convencido de que es la voluntad de Dios que haga algo, debe hacerlo; o si está convencido de que algo es contra la voluntad de Dios, debe oponerse a ello, y no participar en ello. ¿Dónde se encuentra la frontera entre los dos deberes?

Jesús no lo dice. Eso es algo que tiene que discernir la propia conciencia de cada cual. Pero un auténtico cristiano y esta es una verdad permanente que Jesús establece aquí es al mismo tiempo un buen ciudadano de su país y un buen ciudadano del Reino del Cielo. No debe faltar a sus deberes para con Dios ni para con los hombres. Debe decirse, con Pedro: «Temed a Dios. Honrad al emperador» (1 Pedro 2:17).

Hay toda una historia detrás de esta astuta pregunta, y una historia bien amarga. Herodes el Grande había gobernado toda Palestina como un rey dependiente de Roma. Había sido leal a los romanos, y ellos le habían respetado, y le habían concedido una libertad considerable. Cuando murió en el año 4 a.C. había dividido el reino en tres partes. A Herodes Antipas le dio Galilea y Perea; a Herodes Felipe le dio el distrito inhóspito al Nordeste en torno a Traconítide, Iturea y Abilena; a Arquelao le dio el país del Sur, incluyendo Judea y Samaria.

Antipas y Felipe se acomodaron pronto, y gobernaron normalmente bien; pero Arquelao fue un completo fracaso. El resultado fue que el año 6 d.C. los romanos tuvieron que hacerse cargo directamente del gobierno. La situación era tan insatisfactoria que la parte Sur de Palestina ya no se pudo dejar como un reino tributario semi-independiente; tuvo que pasar a ser una provincia gobernada por un procurador.

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