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Jesús sana a una mujer con flujo de sangre y resucita a una niña

Aquí tenemos a una mujer que vino a Jesús como su última esperanza; había probado todas las otras curas que el mundo pudiera ofrecer, y finalmente probó con Jesús. Muchas y muchas personas han venido a buscar la ayuda de Jesús cuando estaban al borde de la desesperación. Puede que hubieran luchado contra la tentación hasta no poder más, y Le extendieron la mano gritando: «¡Señor, sálvame, que estoy perdido!» Puede que hubieran luchado con alguna responsabilidad agotadora hasta no poder más, y entonces clamaron por una fuerza que ya no tenían en sí mismos. Puede que fueran personas que habían trabajado para alcanzar la bondad que anhelaban, sólo para verla cada vez más lejos, hasta sentirse totalmente frustrados.

Ninguna persona tendría por qué acudir a Cristo obligada por las circunstancias; y sin embargo muchos vienen así; pero aunque sea así como venimos, El no nos despedirá con las manos vacías. Aunque todo nos falle, Él no nos fallará.

El costo de la sanidad

Este pasaje nos dice algo acerca de tres personas. (i) Nos dice algo acerca de Jesús. Nos habla del costo de la sanidad. Cada vez que Jesús curaba a alguien, algo salía de Él. Aquí tenemos un principio universal de la vida. Nunca produciremos nada que valga la pena a menos que estemos dispuestos a poner algo en ello de nosotros, de nuestra misma alma. Ningún pianista ofrecerá nunca una interpretación realmente grande si se limita a tocar la pieza de música con una técnica perfecta. La interpretación no será grande a menos que al final de ella el intérprete esté agotado por la entrega de sí mismo. Ningún actor ofrecerá nunca una gran interpretación si no hace más que repetir las palabras con la debida inflexión y con los gestos correctos, como un autómata perfectamente programado. Sus lágrimas han de ser lágrimas reales; sus sentimientos tienen que ser sentimientos reales; tiene que dar algo de sí mismo en su representación. Ningún predicador que haya predicado nunca un verdadero sermón se bajará del púlpito sin un sentimiento de que se ha drenado de algo.

Si hemos de ayudar alguna vez a otros, tenemos que estar dispuestos a entregarnos a nosotros mismos. Todo depende de nuestra actitud hacia los demás. Una vez, el gran crítico literario Matthew Arnold dijo de la clase media: «Fijaos en estas personas; la ropa que se ponen, los libros que leen; la textura de mente que fragua sus pensamientos; ¿hay alguna cantidad de dinero que compense por ser así como uno de estos?» Ahora bien, el sentido de ese dicho puede que sea verdad o no; pero de lo que no cabe duda es del desprecio del que nació. Amold miraba a las personas con una especie de estremecimiento de repulsa.

Y nadie que mire a los demás de esa manera podrá jamás ayudarlos. Considerad por otra parte a Moisés después que el pueblo había hecho el becerro de oro cuando él estaba en la cima de la montaña. Recordad cómo Le pidió a Dios que le borrara del libro de Sus memorias a cambio de que perdonara al pueblo (Éxodo 32:30-32). Recordad también el sentimiento de Pablo hacia Israel, y que estaba dispuesto hasta a condenarse para que su pueblo se salvara (Romanos 9:1-3).

La grandeza de Jesús se ve en que estaba dispuesto a pagar el precio de ayudar a otros, y que ese precio era derramar Su propia vida. Seguimos Sus huellas solamente cuando estamos dispuestos a gastar, no nuestro dinero, sino nuestra fuerza y nuestra alma, por otros.

(ii) Nos dice algo acerca de los discípulos. Nos muestra muy gráficamente las limitaciones de lo que se llama «el sentido común.» Los discípulos tenían un punto de vista de sentido común. ¿Cómo podía evitar Jesús que Le tocaran y que Le apretujaran en medio de una muchedumbre así? Esa era la manera sensata de considerar las cosas. Aquí surge el hecho extraño y punzante de que no se habían dado cuenta de que a Jesús Le costara nada sanar a los enfermos.

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