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Jesús sana a una mujer con flujo de sangre y resucita a una niña

(iv)- Aquí llegamos al reino de la especulación; pero me parece que podemos decir que este hombre se olvidó de sus amigos. Puede que, de todas todas, objetaran a que él acudiera a Jesús. Es bastante extraño que él viniera en persona en vez de mandar a un mensajero. Parece extraño de estuviera dispuesto a dejar a su hija, que estaba a las puertas de la muerte. Puede ser que fuera él porque ningún otro estaba dispuesto. Los de su círculo fueron sospechosamente rápidos en decirle que no molestara más a Jesús. Suena casi como si se alegraran de no solicitar Su ayuda. Bien puede ser que este gobernador desafiara la opinión pública y él consejo privado al dar el paso de acudir a Jesús. Muchas personas se muestran más sabias cuando sus amigos sabios-según-el-mundo creen que están actuando como unos estúpidos.

Aquí tenemos a un hombre que lo olvidó todo excepto que quería la ayuda de Jesús; y gracias a ese olvido recordaría siempre que Jesús es el Salvador.

La última esperanza de una paciente

La mujer de este pasaje sufría un mal que era muy corriente y muy difícil de tratar. El mismo Talmud propone no menos de once curas para esa dolencia. Algunas de ellas no son más que tónicos y astringentes; pero otras son sencillamente supersticiones, como llevar las cenizas de un huevo de avestruz en una faja de lino en el verano y de algodón en invierno; o llevar una espiga de cebada que se hubiera encontrado en el estiércol de una burra blanca. Sin duda esta pobre mujer había probado hasta esos remedios desesperados. Lo malo era que aquello no solamente afectaba la salud de una mujer, sino que la mantenía en una condición de impureza ritual y le impedía participar en el culto a Dios y en el trato con las demás personas (Levítico 15:25-27).

Marcos se mete aquí un poco con los médicos. La mujer había acudido a todos los que había podido, y había sufrido mucho con los tratamientos, y se había gastado todo lo que tenía; y el resultado había sido, no ponerse mejor, sino peor. La literatura judía es interesante en el tema de los médicos. «Yo solía ir a los médicos -dice una persona- para que me curaran; pero cuanto más me ungían con sus pócimas, más se me nublaban los ojos, hasta que me quedé completamente ciego» (Tobías 2:10). Hay un pasaje en la Misná, que es un sumario de la ley tradicional, hablando acerca de los negocios a los que se puede dedicar a un hijo. «Rabí Yehudá dice: «Los muleros son en su mayoría unos canallas; los camelleros son en su mayoría gente como es debido; los marinos son casi todos santos; los mejores entre los médicos están destinados a la gehena, y los más aceptables de los carniceros son colegas de Amalec.»» Aquí hay que tener en cuenta el humor característicamente judío, aplicado a una profesión digna y respetada en la que los judíos siempre descollaron. Y afortunada y justamente hay voces en el sentido opuesto. Uno de los elogios más grandes que se han hecho de los médicos está en El Libro de Sirá (uno de los apócrifos o deuterocanónicos que se escribieron entre el Antiguo y el Nuevo Testamento), que tomamos de la Biblia del Oso: Honra al médico de sus honras para las necesidades: porque el Señor lo crió. Porque la medicina viene del Altísimo, y de los reyes será honrada. La ciencia del médico hace alzar su cabeza, y delante de los príncipes es admirable. El Señor crió de la tierra las medicinas, y el hombre prudente no las despreciará con fastidio. ¿El agua no recibió dulzura del madero, para que su virtud fuese notoria al hombre? Él es el Que dio a los hombres la ciencia para ser glorificado en sus maravillas. Él es el Que sana por estas cosas, y mitiga el dolor del hombre. El boticario con estas cosas hace sus compuestos (suaves, y sus unciones salutíferas,) y sus obras no tienen fin; mas de Él procede la prosperidad sobre toda la tierra. Hijo, en tu enfermedad no seas negligente, mas ora al Señor, y El te sanará. Apártate del pecado, y endereza la mano; y de toda culpa limpia tu corazón. Ofrece perfume de suave olor, y memorial de flor de harina; engrasa la ofrenda, que no eres tú el primero que das estos dones. Y da luego lugar al médico, porque Dios lo crió; y no se aparte de ti, porque lo has menester. (Porque) hay tiempo cuando el buen suceso está en sus manos. Porque también ellos orarán al Señor que les prospera la ayuda y la cura por causa de la vida. El que peca contra Aquel Que lo hizo, caiga en las manos del médico.

Los médicos no habían tenido éxito en el caso de esta mujer, y ella había oído hablar de Jesús. Pero ella tenía este problema: su dolencia era doblemente embarazosa; el meterse entre la gente y confesarlo abiertamente era imposible, porque contaminaba a todos los que tocara, aunque fuera un roce mínimo; pero a pesar de todo decidió tratar de tocar, aunque sólo fuera la ropa de Jesús, en secreto. Cualquier judío devoto llevaba una ropa exterior con cuatro flecos, uno en cada extremo. Estos flecos se llevaban obedeciendo el mandamiento de Números 15:38-40, para indicarles a los demás, y al mismo que las usaba, que era un miembro del pueblo escogido de Dios. Eran el emblema de todo judío piadoso. Fue uno de esos flecos lo que tocó la mujer escurriéndose entre la multitud; y en
cuanto lo tocó sintió la emoción de saberse curada.

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