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Jesús sana a una mujer con flujo de sangre y resucita a una niña

Es decir: una mujer con flujo de sangre era inmunda; todas las cosas y las personas que tocara quedaban infectadas de su inmundicia. Quedaba totalmente excluida del culto, y del trato con hombres y mujeres. No debería ni siquiera haber estado entre la multitud que rodeaba a Jesús; porque, si lo hubieran sabido, no la habrían dejado, porque habría estado contaminando a todos. No nos sorprende lo más mínimo que estuviera probando ansiosamente todo lo que pudiera rescatarla de unta vida de aislamiento y humillación.

Así que se deslizó por detrás de Jesús y tocó la orla de su manto. La palabra griega es kráspedon, la hebrea es zizit. Esta orla eran cuatro borlas de azul jacinto que llevaban los judíos en las esquinas de su manto exterior. Se llevaban obedeciendo lo que mandaba la Ley en Números 15:37-41 y Deuteronomio 22:12. Mateo vuelve a mencionarla en 14:36 y 23:5. Consistían en cuatro hebras que pasaban por las cuatro puntas del manto y se encontraban en ocho puntos. Una de las hebras era más larga que las otras. Estaba trenzada siete veces alrededor de las otras, formando un nudo doble; luego ocho veces, luego once veces y luego trece veces. La hebra y los nudos representaban los cinco libros de la Ley. La razón de la orla era doble. Servía para identificar a un judío como tal, y como miembro del pueblo escogido, no importaba donde estuviera; y servía para recordarle al judío cada vez que se pusiera y se quitara la ropa que él pertenecía a Dios. En tiempos posteriores, cuando se perseguía universalmente a los judíos, las borlas se usaban en la túnica interior, y hoy en día se usan en el chal que usan los judíos devotos para la oración.

Fue la borla de la ropa de Jesús lo que tocó esta mujer. Cuando la tocó, fue como si el tiempo se detuviera. Como si estuviéramos viendo una película y de pronto se quedara inmóvil la imagen y siguiéramos viendo lo mismo. Lo extraordinario y conmovedoramente hermoso de esta escena es que repentinamente Jesús se detuvo en medio de aquella multitud; y por un momento parecía que nada ni nadie existía para Él salvo aquella mujer y su necesidad. No era simplemente una pobre mujer perdida en la multitud; era una persona a la que Jesús dio la totalidad de Sí mismo.

Para Jesús nadie está nunca perdido entre la multitud, porque Jesús es como Dios. W. B. Yeats escribió una vez en uno de sus momentos de mística belleza: < El amor de Dios es infinito para toda alma humana, porque toda alma humana es única; ninguna otra cosa puede satisfacer la misma necesidad en Dios.» Dios le da la totalidad de Sí mismo a cada persona.

El mundo no es así. El mundo tiende a dividir a las personas en los que son importantes y los que no lo son. En Una noche para recordar, Walter Lord cuenta un detalle de la historia del naufragio del Titanic en abril de 1912. Hubo una abrumadora pérdida de vidas cuando aquel trasatlántico nuevo y que se consideraba tan seguro chocó con un iceberg en medio del Atlántico. Cuando se publicó la noticia de la tragedia el periódico de Nueva York The American le dedicó un editorial. Este editorial estaba dedicado exclusivamente a la muerte del millonario John Jacob Astor; y sólo al final, casualmente, se mencionaba que también habían perecido otros 1800. El único que realmente importaba, el único que era noticia, era el millonario. Los otros 1800 no tenían ninguna importancia. Los hombres puede que sean así, pero Dios no. Bain, el psicólogo, dijo en un contexto muy diferente que «la persona sensual tiene lo que él llamaba cuna ternura voluminosa.» En el más elevado y mejor sentido hay una ternura voluminosa en Dios. James Agate dijo de G. K. Chesterton: «Al contrario que algunos pensadores, Chesterton entendía a sus semejantes; las angustias de un juglar le eran tan familiares como las preocupaciones de un juez… Chesterton, más que ningún otro hombre que yo haya conocido, tenía el tacto común. Le dedicaría toda su atención a un limpiabotas.

Tenía esa bondad de corazón que la gente llama amabilidad y que hace que todo el mundo sea su familia.» Ese es el reflejo del amor de Dios, para Quien ninguno se pierde en la multitud. Vale la pena recordar esto en un día y una edad en que el individuo está en peligro de perderse. Las personas tienden a convertirse en números en un sistema de seguridad social; tienden casi a perder su derecho como individuos cuando son miembros de una asociación o de un sindicato. W. B. Yeats dijo de Augustus John, el famoso artista y retratista: «Estaba interesado supremamente en la revolución contra todo lo que hace a un ser humano igual a otro.» Para Dios una persona no es nunca lo mismo que otra; cada una es su bebé individual, y cada una tiene todo el amor de Dios y todo el poder de Dios a su disposición.

Para Jesús esta mujer no se perdió en la multitud; en su hora de necesidad, para Él era la única que importaba. Jesús es así con cada uno de nosotros.

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