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Jesús sana a una mujer con flujo de sangre y resucita a una niña

Aquí tenemos algo maravilloso. El gobernador vino a Jesús con motivos inadecuados; la mujer vino a Jesús con una fe inadecuada. Y sin embargo encontraron Su amor y Su poder esperándolos en sus necesidades. Aquí vemos algo tremendamente maravilloso.

No importa cómo vengamos a Cristo, con tal que vengamos. No importa lo inadecuada e imperfectamente que vengamos: Su amor y Sus brazos están abiertos para recibirnos.

Aquí hay una doble lección. Quiere decírsenos que no tenemos que esperar para venir a Cristo hasta que nuestros motivos, nuestra fe y nuestra teología sean perfectos; podemos venir tal como estemos. Y quiere decir que no tenemos derecho a criticar a otros cuyos motivos, fe o teología creamos equivocados. No es cómo vengamos a Cristo lo que importa, sino que de veras vengamos a Él, porque Él está deseando recibirnos tal como somos para hacernos como debemos ser.

El toque que despierta

Mateo nos relata esta historia mucho más brevemente que los otros sinópticos. Si queremos saber más detalles tenemos que acudir a Marcos 5:21-43 y a Lucas 8:40-56. Allí descubrimos que el gobernador lo era de la sinagoga, y que se llamaba Jairo (Marcos 5: 22, y Lucas 8:41). El gobernador de la sinagoga era una persona muy importante. Se le elegía de entre los ancianos. No estaba a cargo de la predicación ni de la enseñanza, sino «al cuidado del orden externo del culto público, y la supervisión de todo lo concerniente a la sinagoga en general.» Elegía los que habían de hacer las lecturas y los que las oraciones en cada culto, e invitaba a los que habían de predicar. Era su deber asegurar que nada estaba o sucedía fuera de orden en la sinagoga; y tenía que supervisar el estado de los edificios de la sinagoga. Toda la administración práctica de la sinagoga estaba en sus manos.

Está claro que una persona así sólo acudiría a Jesús como último recurso. Sería uno de los judíos superortodoxos que consideraban a Jesús un hereje peligroso; y sería sólo cuando todo lo demás le había fallado cuando acudió a Jesús en su desesperación. Jesús le podría haber dicho: «Cuando las cosas te iban bien, querías matarme; ahora que las cosas te van mal, acudes a Mí para que te ayude.» Y Jesús podría haberle negado Su ayuda a un hombre como él. Pero no le guardaba ningún rencor. Ahí estaba un hombre que Le necesitaba, y lo único que deseaba Jesús era ayudarle. El orgullo ofendido y el espíritu reacio a perdonar no tenían lugar en Jesús.

Así es que Jesús fue con el gobernador de la sinagoga hasta su casa; y allí se encontró con todo lo que se podía esperar y temer en tal ocasión. Los judíos estimaban mucho la obligación de hacer duelo por los difuntos. «Quienquiera que sea remiso -decían- en hacer duelo por el fallecimiento de un sabio, merece que le quemen vivo.» Había tres costumbres de duelo que caracterizaban a todas las familias judías afligidas por la muerte de un ser querido.

Estaba el rasgarse las vestiduras. Había no menos de treinta y nueve diferentes reglas y normas para establecer cómo se habían de rasgar las vestiduras. Había que hacerlo de pie. La ropa se tenía que rasgar hasta el corazón, para exponer la piel. Por el padre o la madre había que rasgarse las vestiduras justamente sobre el corazón; por otros parientes, por el lado derecho. El desgarrón tenía que ser lo bastante grande como para que cupiera el puño, y tenía que dejarse boquiabierto durante siete días; los treinta días siguientes se llevaba ligeramente hilvanado para que pudiera seguir viéndose; sólo después se podía zurcir definitivamente. Era obvio que habría sido indecente el que las mujeres rasgaran sus vestidos de forma que se les viera el pecho; así es que estaba establecido que las mujeres tenían que rasgarse la ropa interior en privado, y luego darse la vuelta a la prenda de manera que se viera lo rasgado en la espalda; y luego en público rasgaban su ropa exterior.

Estaba el plañir por los muertos. En la casa del duelo se mantenía el plañido ininterrumpidamente. Estaba a cargo de plañideras profesionales. Todavía existen en oriente, y W. M. Thomson las describe en La Tierra y el Libro: «En todas las ciudades y comunidades hay mujeres supremamente habilidosas en este oficio. Siempre se las manda buscar y se las mantiene dispuestas. Cuando llega una nueva compañía al duelo, estas mujeres se ponen a plañir inmediatamente para que les sea más fácil a los recién llegados unir sus lágrimas a las de la familia de duelo. Se saben la historia doméstica de cada persona, e improvisan repentinamente lamentaciones espontáneas en las que introducen los nombres de los familiares que han muerto recientemente, tocando así las cuerdas sensibles de todos los corazones; y así cada persona llora por sus propios muertos, y la representación, que de otra manera sería difícil y aun imposible, resulta fácil y natural.»

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