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Jesús sana a un mendigo ciego

Pastor Lionel

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Esta es una historia de lo más reveladora. En ella podemos ver muchas de las cosas que podríamos llamar las condiciones para un milagro.

(i) Se daba la inquebrantable insistencia de Bartimeo. No había manera de acallar su clamor por encontrarse cara a cara con Jesús. Estaba totalmente decidido a encontrarse con la única Persona a la que anhelaba presentar su problema. En la mente de Bartimeo no había meramente un deseo sensiblero, nebuloso y caprichoso de ver a Jesús, sino que éra un deseo desesperado, y es un deseo desesperado el que consigue que las cosas sucedan.

(ii) Su reacción a la llamada de Jesús fue inmediata y entusiasta; tanto que tiró el manto para correr hacia Jesús más deprisa. Muchas personas oyen la llamada de Jesús; pero es como si Le dijeran: «Espera hasta que haya hecho esto.» O: «Espera a que acabe lo de más allá.» Bartimeo llegó como una bala cuando Jesús le llamó. Hay oportunidades que no se presentan nada más que una vez. Bartimeo sabía que aquella era la suya. Algunas veces pasa por nosotros como una oleada de anhelo de abandonar algún hábito, de limpiar nuestra vida de algo que no es como es debido, de entregarnos más completamente a Jesús. Pero con la misma frecuencia no actuamos en el momento -y pasa la oportunidad, tal vez para no volver.

(iii) Bartimeo sabía exactamente lo que quería -la vista. Muchas veces nuestra admiración a Jesús es una vaga atracción. Cuando vamos al médico, queremos que nos resuelva alguna dolencia determinada. Cuando vamos al dentista, no le pedimos que nos saque cualquier diente, sino el que nos duele. Así deberíamos hacer con Jesús. Y eso implica la única cosa que pocos están dispuestos a encarar: un examen de uno mismo. Cuando vamos a Jesús, si somos tan desesperadamente claros como Bartimeo, sucederán cosas.

(iv) Bartimeo tenía una idea inadecuada de Jesús. ¡Hijo de David! insistía en llamarle. Ahora bien, aquello era un título mesiánico, pero conllevaba todo la idea de un Mesías conquistador, un rey de la dinastía de David, que condujera a Israel a la conquista del mundo. Esa era una idea impropia acerca de Jesús; pero, a pesar de todo, Bartimeo tenía fe, y la fe compensaba cien veces una teología deficiente. No se nos exige que comprendamos totalmente a Jesús; a eso, de todas todas, no podemos llegar. Se nos demanda, fe. Un sabio escritor ha dicho: «Debemos pedirle a la gente que piense; pero no debemos esperar que sean teólogos antes de ser cristianos.» El Cristianismo empieza con una reacción personal a Jesús, una reacción de amor, con la convicción de que Él es la única Persona que puede solventar nuestra necesidad. Aunque no seamos nunca capaces de pensar las cosas teológicamente, esa respuesta del corazón humano es suficiente.

(v) Al final nos encontramos un detalle precioso. Bartimeo puede que hubiera sido un mendigo ciego al borde de la carretera, pero era capaz de ser agradecido, y «de bien nacido es ser agradecido.» Cuando recibió la vista, siguió a Jesús. No se fue por su camino egoístamente una vez que resolvió su necesidad. Empezó teniendo una necesidad; siguió sintiendo gratitud, y acabó por mostrar lealtad. Y esto es un perfecto resumen de las etapas del discipulado.

Lo que más resalta en esta historia es la insistencia a toda prueba del ciego. Jesús iba de camino hacia Jerusalén para la Pascua, y en esa época del año había muchos peregrinos que hacían el viaje juntos. Una de las maneras más corrientes de enseñar que tenían los rabinos era mientras andaban, y eso era lo que Jesús estaba haciendo en aquel momento, mientras todos los otros peregrinos se agolpaban a su alrededor para no perder nada de lo que decía. Cuando pasaba por un pueblo un grupo tal de peregrinos, los del pueblo que no podían ir a la fiesta se ponían en fila al borde del camino para ver a los que pasaban y desearles buen viaje.

El ciego estaba sentado entre todos los que había al borde del camino; y, cuando oyó el murmullo del gentío que se acercaba, preguntó qué sucedía, y le dijeron que era que pasaba Jesús. Inmediatamente se puso a gritar pidiéndole a Jesús que se compadeciera de él. La gente hizo lo posible para que se callara. Los que estaban cerca de Jesús no podían escucharle en paz por culpa del ciego. Pero no se callaba por nada del mundo, sino que chillaba todavía más. La palabra que se usa en el versículo 39 para chillar es diferente de la del 38, que sólo indica dar voces para atraer la atención. La del 39 representa el grito instintivo que surge de una emoción incontrolable, casi un aullido animal. La palabra indica la total desesperación del ciego. Jesús se detuvo, y el ciego recibió la vista que tan apasionadamente deseaba.

Esta historia nos enseña dos cosas:

(i) Acerca del ciego, nos dice que estaba empeñado en encontrarse cara a cara con Jesús. Nada le hacía cejar. Se negaba a callarse y contenerse. El sentimiento de necesidad le impulsaba a la presencia de Jesús. Esa es la actitud que debe tener todo el que espera un milagro. No es suficiente tener un deseo sentimental para poner en acción el poder de Dios; hace falta un ansia intensa y apasionada que brota de lo más íntimo del corazón.

(ii) Acerca de Jesús, nos dice también algo. En aquel momento estaba hablando con la multitud como un rabino; pero se detuvo y lo dejó todo ante la llamada angustiosa del ciego. Había un alma necesitada, y eso era más importante que lo que estaba diciendo. Alguien ha dicho que muchos maestros no hacen más que lanzar consejos impertinentes a alguien que se está ahogando en un mar tempestuoso. Jesús no era así, sino qúe se tiraba al agua para salvar al que se estaba ahogando. Hay personas que no saben decir cosas bonitas, pero que siempre están dispuestos a ayudar al que está en necesidad. Admiramos al orador elocuente; pero amamos al de buen corazón que deja lo que sea para socorrer al necesitado.

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