Jesús sana a un leproso

Descubrimos la misma situación en la Edad Media, en la que se aplicaba también la Ley de Moisés. El sacerdote, con la estola y el crucifijo, llevaba al leproso a la iglesia y le leía el oficio de difuntos. El leproso era un muerto en vida. Tenía que llevar una túnica negra que todos pudieran reconocer, y vivir en un lazareto. No podía asistir a los oficios religiosos, que sólo podía atisbar por una «grieta de los leprosos» que había en los muros. El leproso tenía que asumir no sólo el sufrimiento físico de su enfermedad, sino también la angustia mental y espiritual de estar totalmente desterrado de la sociedad y evitado aun por los suyos. Si se diera alguna vez el caso de que un leproso se curara -y la verdadera lepra era incurable, así es que se trataría cualquiera de las otras enfermedades de la piel- tenía que pasar por la complicada ceremonia de restauración

Aquí tenemos una de las escenas más reveladoras de Jesús

(i) No rechazó a una persona que estaba quebrantando la Ley. El leproso no tenía derecho a acercársele y hablarle, pero Jesús no le rechazó. Salió al encuentro de una necesidad humana con una compasión comprensiva.

(ii) Jesús extendió el brazo, y le tocó. Tocó a un hombre intocable, porque era inmundo. Para Jesús no lo era; era simplemente un alma humana con una necesidad desesperada.

(iii) Después de limpiarle, Jesús le envió a cumplir las normas legales.

Él cumplía las leyes y la justicia humanas. Él no desafiaba impunemente los convencionalismos; sino, cuando era necesario, los aceptaba y cumplía. Aquí vemos la compasión, el poder y la prudencia en perfecta armonía. En Palestina se conocían dos clases de lepra. Una era más bien una grave enfermedad de la piel, y era la menos seria. La otra empezaba por un punto, y de allí iba comiéndose la carne hasta que al desgraciado paciente no le quedaban más que los muñones de las manos o de las piernas. Era literalmente una muerte en vida.
Lo más terrible era el aislamiento al que tenía que someterse el paciente. El leproso tenía que ir gritando por todas partes: «¡Inmundo; inmundo!» Tenía que vivir solo, «fuera del campamento». Se le excluía de la sociedad humana, y se le desterraba del hogar: El resultado era, y es todavía, que las consecuencias psicológicas de la lepra eran tan serias como las físicas. El doctor A. B. MacDonald, que estaba a cargo de una leprosería en Itu, escribe en un artículo: «El leproso es un enfermo de la mente tanto como del cuerpo. Por lo que sea, se tiene una actitud diferente con la lepra de la que se tiene con cualquier otra enfermedad deformante. Se asocia con vergüenza y horror, y conlleva, de alguna manera misteriosa, un sentimiento de culpabilidad, aunque se haya contraído tan inocentemente como cualquier otra enfermedad contagiosa. Al verse evitados y despreciados, es frecuente que los leprosos tengan la tentación de quitarse la vida, y algunos lo hagan.» El leproso sabe que los demás le aborrecen antes de aborrecerse a sí mismo.

Esta era la clase de hombre que vino a Jesús: era inmundo, y Jesús le tocó.

(i) Jesús tocó al intocable. Su mano fue al encuentro del hombre del que cualquier otro se habría alejado. Esto nos sugiere dos cosas. La primera es que, cuando nos despreciamos a nosotros mismos, cuando tenemos el corazón amargado por la vergüenza, recordemos que, a pesar de todo, Cristo nos tiende la mano.
Mark Rutherford proponía una nueva bienaventuranza: «Bienaventurados los que nos sanan del desprecio propio.» Eso es lo que Jesús hacía y hace. Y en segundo lugar, es de la esencia del Evangelio el tocar lo intocable, perdonar lo imperdonable y amar lo inamable. Jesús lo hacía, y por tanto debemos hacerlo nosotros.

(ii) Jesús le encargó al hombre que cumpliera los requisitos normales y corrientes que mandaba la ley de la purificación.
Es decir: que el milagro no eximía de lo que hubiera que hacer para volver a vivir en sociedad; no le dispensaba de cumplir las reglas establecidas. No se habría sabido que había sucedido un milagro, ni se habría dado la gloria a Dios, si no se cumplían esas normas para que las autoridades competentes tuvieran evidencia de la curación.

(iii) El versículo 15 nos habla de la popularidad que tenía Jesús.
Pero esta fama, esta popularidad sólo era debida a que la gente quería sacarle algo. Muchos quieren los dones de Dios, pero rechazan sus exigencias. No puede haber nada más deshonroso.

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