Jesús sana a un leproso

(ii) El leproso vino con humildad. No demandó la curación; simplemente dijo: «Si quieres, Tú puedes limpiarme.» Era como si dijera: «Yo sé que yo no importo; sé que otras personas huirían de mí y no querrían tener nada que ver conmigo; sé que no tengo ningún derecho sobre Ti; pero tal vez en Tu divina condescendencia aplicarás Tu poder hasta a uno como yo.» El corazón humilde que no pretende tener nada más que su necesidad, encuentra abierto el acceso a Cristo.

(iii) El leproso vino con reverencia. En la antigua versión Reina-Valera se decía que Le adoraba. El verbo griego es proskynein, que nunca se usa sino de la adoración a los dioses; siempre describe el sentimiento y la acción de una persona ante lo divino. Probablemente el leproso no podría haberle dicho nunca a nadie lo que pensaba que era Jesús; pero sabía que en presencia de Jesús estaba en la presencia de Dios. No tenemos por qué poner esto en términos teológicos o filosóficos; bástenos la convicción de que cuando nos encontramos cara a cara con Jesucristo, nos encontramos ante el amor y el poder del Dios Todopoderoso.

A esa aproximación del leproso llegó la reacción de Jesús. Lo primero y principal es que esa reacción fue de compasión. La Ley decía que Jesús debía evitar el contacto con ese hombre y Le amenazaba con una terrible contaminación si permitía que el leproso se Le acercara más de dos metros; pero Jesús extendió la mano y le tocó. El conocimiento médico de entonces habría dicho que Jesús estaba corriendo un riesgo desesperado de una infección horrible; pero Jesús extendió la mano y le tocó. Para Jesús no había más que una única obligación en la vida: la de ayudar. No había más que una sola Ley: la del amor. La obligación del amor estaba por encima de todas las reglas y leyes y reglamentos; Le hacía desafiar todos los riesgos físicos. Para un buen médico, una persona que padece una enfermedad repugnante no es un espectáculo desagradable, sino un ser humano que necesita de su ciencia y habilidad. Para un médico, un niño con una enfermedad contagiosa no es una amenaza; es un niño que necesita ayuda. Así era Jesús: Así es Dios: Así debemos ser nosotros. El verdadero cristiano quebrantará cualquier convencionalismo y asumirá cualquier riesgo para ayudar a un semejante necesitado.

La verdadera prudencia

Pero nos quedan todavía dos cosas en este incidente que nos muestran que, aunque Jesús obraba con una independencia que estaba por encima de la Ley y se arriesgaba a una infección para ayudar, no era insensatamente descuidado, ni olvidaba las demandas de la verdadera prudencia.

(i) Le mandó al hombre que guardara silencio, y que no divulgara lo que había hecho por él.

Esta orden del silencio era corriente en labios de Jesús: Jesús les advirtió mucho: –Procuren que no lo sepa nadie. (Mateo 9:30); y les ordenaba que no hablaran de él en público. (Mateo 12:16); Mientras bajaban del cerro, Jesús les ordenó: –No cuenten a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado. (Mateo 17:9); Jesús sanó de toda clase de enfermedades a mucha gente, y expulsó a muchos demonios; pero no dejaba que los demonios hablaran, porque ellos lo conocían. (Marcos 1:34); Pero Jesús ordenó severamente que no se lo contaran a nadie, y luego mandó que dieran de comer a la niña. (Marcos 5:43); Jesús les mandó que no se lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo contaban. (Marcos 7:36); Entonces Jesús lo mandó a su casa, y le dijo: –No vuelvas al pueblo. (Marcos 8:26). ¿Por qué mandaba Jesús que se mantuviera ese silencio? Palestina era un país ocupado, y los judíos eran una raza orgullosa. Nunca olvidaban que eran el pueblo escogido de Dios. Soñaban con el día en que vendría el Divino Libertador. Pero en su mayor parte soñaban con ese día en términos de conquista militar y poder político. Por esa razón, Palestina era el país más inflamable del mundo. Vivía en medio de revoluciones. Un líder tras otro surgían, tenían su momento de gloria y eran eliminados por el poder de Roma. Ahora bien: Si este leproso hubiera ido por ahí divulgando lo que Jesús había hecho por él, habría habido un levantamiento para instalar a un hombre con los poderes que Jesús poseía como el líder político y el jefe del ejército. Jesús tenía que educar las mentes de las personas, tenía que cambiar sus ideas; tenían que permitirles de alguna manera ver que Su poder era amor y no fuerza de armas. Tenía que obrar casi en secreto hasta que la gente Le conociera tal como Él era, el amador y no el destructor de las vidas humanas.

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