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Jesús resucita de entre los muertos

Es posible que nadie amara a Jesús tanto como Mana Magdalena. Él había hecho algo por ella que ningún otro habría podido hacer, y ella no lo podía olvidar. La tradición ha dado por seguro que María Magdalena era una pecadora empedernida a la que Jesús reclamó, y perdonó, y purificó. Henry Kingsley escribió un hermoso poema sobre ella.

Magdalena a la puerta de Miguel no hacía más que llamar. En un roble cantaba un ruiseñor: «¡Déjala entrar! ¡Déjala entrar!» Miguel dijo: «No traes ninguna ofrenda, nada puedes pagar.» «¡Bien lo sabe!», cantaba el ruiseñor. «¡Déjala entrar! ¡Déjala entrar!» Miguel dijo: «¿No has visto las heridas? ¿Reconoces tu mal?»
El ruiseñor cantaba: «¡Y bien lo siente! ¡Déjala entrar! ¡Déjala entrar!»

«Claro que sí, que he visto las heridas, que Él sufrió en mi lugar.» El ruiseñor cantaba: «¡Ya es muy tarde! ¡Déjala entrar! ¡Déjala entrar!» El ruiseñor, al fin, quedó dormido, y la noche cayó, y Uno vino que abrió por fin la puerta, y Magdalena entró.

María Magdalena había pecado mucho, y amó mucho; el amor era todo lo que podía traer.

Era costumbre en Palestina visitar la tumba de un ser querido hasta tres días después del entierro. Se creía que el espíritu de la persona difunta estaba por allí aquellos tres días; pero después se alejaba, porque el cuerpo había empezado a descomponerse y estaba irreconocible. Los amigos de Jesús no pudieron ir a la tumba el sábado porque habrían querido mover la piedra y completar lo que faltara por hacerle, y eso habría sido quebrantar el sábado. El primer día de la semana, nuestro domingo, fue cuando María Magdalena se dirigió a la tumba de madrugada. La palabra que se usa es prói, que designaba la última de las cuatro vigilias en que se dividía la noche, y que iría desde las 3 hasta las 6 de la mañana. Todavía estaba oscuro cuando María llegó a la tumba; pero ella no podía seguir esperando más tiempo.

Cuando llegó a la tumba, se quedó alucinada y aterrada. Las tumbas de la antigüedad no solían tener puertas. En la entrada había como un canal en el suelo por el que se deslizaba una piedra circular, como las de molino, para cerrar la entrada. Además, Mateo nos dice que las autoridades habían sellado la piedra para asegurarse de que no la movían (Mateo 27:66). María, naturalmente, se quedó perpleja al ver que no estaba en su sitio. Es probable que se le ocurriera una de dos cosas. La primera, que habían sido los judíos los que se habían llevado el cuerpo de Jesús; que, no dándose por satisfechos con que hubiera muerto en una cruz, estaban profanando Su cadáver. Pero también había tipos macabros que se dedicaban a robar las tumbas, y a María se le puede haber ocurrido pensar que eso era lo que había sucedido.

Era una situación que María no podía arrostrar sola; así es que volvió a la ciudad a buscar a Pedro y a Juan. María es el ejemplo supremo de la persona que sigue amando y creyendo más allá de lo que puede entender; y ése es el amor y ésa la fe que acaban encontrando la gloria.

El gran descubrimiento

Uno de los detalles que resaltan en esta historia es que se seguía considerando a Pedro como el líder de la compañía apostólica. Fue a él al que se dirigió María. A pesar de haber negado a Jesús -cosa que no habría podido por menos de saberse y difundirse-, Pedro seguía siendo el líder. Solemos hablar de la debilidad e inestabilidad de Pedro; pero tiene que haber habido algo realmente sobresaliente en el hombre que pudo seguir al frente de sus compañeros después del fallo desastroso que había tenido; tiene que haber habido algo realmente notable en el hombre al que sus compañeros siguieron considerando su líder después de aquello. Su momento de debilidad no debe impedirnos ver la fuerza moral y la estatura personal de Pedro, ni reconocer que era un líder nato.

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