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Jesús responde a acusaciones hostiles

Pastor Lionel

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Estaba Jesús lanzando un demonio, el cual era mudo. Y así que hubo echado al demonio, habló el mudo, y todas las gentes quedaron muy admiradas. Mas no faltaron algunos que dijeron: Por arte de Beelzebub, príncipe de los demonios, echa él los demonios. Y otros, por tentarle, le pedían que les hiciese ver algún prodigio en el cielo. Pero Jesús penetrando sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido en partidos contrarios quedará destruido; y una casa dividida en facciones, camina a su ruina. Si, pues, Satanás está también dividido contra sí mismo, ¿cómo susbsistirá su reino?, ya que decís vosotros que yo lanzo los demonios por arte de Beelzebub. Y si yo lanzo los demonios por virtud de Beelzebub, ¿por virtud de quién los lanzan vuestros hijos? Por tanto ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo lanzo demonios con el dedo de Dios, es evidente que ha llegado ya el reino de Dios a vosotros. Cuando un hombre valiente bien armado, guarda la entrada de su casa, todas las cosas están seguras. Pero si otro más valiente que él asaltándole le vence, le desarmará de todos sus arneses, en que confiaba, y repartirá sus despojos. Quien no está por mí, está contra mí; y quien no recoge conmigo, desparrama. Cuando un espíritu inmundo ha salido de un hombre, se va por lugares áridos, buscando lugar donde reposar, y no hallándolo dice: Me volveré a mi casa de donde salí. Y viniendo a ella, la halla barrida y bien adornada. Entonces, va, y toma consigo a otros siete espíritus peores que él, y entrando en esta casa fijan en ella su morada. Con lo que el último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Estando diciendo estas cosas, he aquí que una mujer, levantando la voz de en medio del pueblo, exclamó: Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que te alimentaron. Pero Jesús respondió: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios, y la ponen en práctica. Lucas 11.14-28 

Una calumnia maliciosa

Cuando los enemigos de Jesús se vieron incapaces de atacarle con medios limpios, recurrieron a la calumnia. Dijeron que Jesús tenía poder sobre los demonios porque estaba en trato con el príncipe de los demonios. Atribuían su poder, no a Dios, sino al diablo. Jesús les dio una doble respuesta irrefutable.

En primer lugar les asestó un hábil golpe. Había muchos exorcistas en Palestina en tiempos de Jesús. Josefo dice que ese poder lo había tenido Salomón, que era experto en el uso de las hierbas y había inventado encantamientos para echar a los demonios de manera que no volvieran; y Josefo dice que había visto usar con éxito en su tiempo los métodos de Salomón (Antigüedades de los Judíos, 8:5:2). Así es que Jesús les toca en lo más vivo: «Si yo echo a los demonios porque tengo un trato con el príncipe de los demonios, ¿cómo los echan los de vuestra casta? ¡Si me condenáis a mí, os estáis condenando a vosotros!»

En segundo lugar, usó un razonamiento incontestable. Un reino que tiene una guerra civil interminable no puede sobrevivir. Si el príncipe de los demonios le está dando a alguien poder para derrotar a sus emisarios, está acabado. No hay más que una -manera de dominar al guerrero fuerte armado, y es cuando se es más fuerte que él y se le vence. « Por tanto -dice Jesús- si Yo echo a los demonios, más que probar que estoy de acuerdo con el príncipe de los demonios, lo que prueba eso es que la fortaleza del diablo ha sido expugnada, el poderoso malvado ha sido dominado y el Reino de Dios está aquí.»

De este pasaje surgen ciertas verdades permanentes.

(i) No es raro que se recurra a la calumnia cuando no se tienen buenas razones. Gladstone estaba interesado en la reforma de las mujeres que se prostituían en las calles de Londres. Sus enemigos sugerían que estaba interesado en ellas por otras razones muy inferiores. No hay nada tan cruel como la calumnia, porque mucha gente presta oídos más fácilmente a lo malo que a lo bueno, por aquello de «piensa mal, y acertarás.» No nos creamos que estamos ninguno libre de ese pecado. ¿No es verdad que nos resulta fácil suponer razones impuras, sobre todo cuando no nos gusta la persona? ¿O es que no repetimos nunca las críticas maliciosas que oímos, como la cosa más inocente? Esto nos llama a un serio examen de conciencia.

(ii) Una vez más notamos que para Jesús la prueba de que el Reino de Dios había venido era el hecho de que los que sufrían eran sanados, y la salud ocupaba el terreno de la enfermedad. La meta de Jesús no era sólo la salvación del alma, sino de la persona entera.

(iii) Lucas concluye este pasaje con el dicho de Jesús de que el que no está de acuerdo con El émá en contra de Él, y que el que no ayuda a reunir el rebano está dispersándolo. No hay lugar para la neutralidad en la vida cristiana. El que se mantiene al margen del bien, automáticamente ayuda al mal.

El peligro del alma vacía

-Cuando un espíritu inmundo sale de una persona -siguió diciendo Jesús-, va por sitios áridos buscando un lugar tranquilo; pero, como- no lo encuentra, dice: «¡Me volveré a la casa de donde salí!» Y, cuando llega, y se la encuentra limpita y curiosa, va y se trae a otros siete espíritus todavía peores que él, y se quedan todos allí a vivir, y la persona acaba peor que antes. Cuando Jesús estaba diciendo esto, una mujer que estaba entre la gente gritó con todas sus fuerzas: – ¡Bendita sea la madre que te parió y la leche que mamaste! -¡Pero más benditos sean todos los que prestan atención a la palabra de Dios y la ponen por obra! – respondió Jesús.

Aquí tenemos una historia tenebrosa y de miedo. Se trata de una persona de la que echaron a un espíritu malo. Éste fue vagando por ahí en busca de un sitio donde descansar, pero no lo encontró; así que decidió volver a su antigua morada. Y se encontró con que la persona estaba limpia y ordenada -pero vacía. Así que el espíritu- malo se fue a buscar a otros siete espíritus todavía peores que él, y se los trajo a vivir con él en su antigua casa… y aquella persona acabó peor de lo que había estado antes.

(i) Aquí tenemos la verdad fundamental de que no se puede dejar vacía el alma de nadie. No basta con desterrar los malos pensamientos y hábitos, y dejar el alma vacía. Un alma vacía es un alma- en peligro. A Adam C. Welch le,gustaba predicar sobre el texto «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes° bien sed llenos del Espíritu» (Efesios 5:18), y solía empezar diciendo: «Hay que llenar a las personas con algo.» No basta con echar al mal; hay que dejar entrar al bien.

(ii) Eso quiere decir que no se puede cimentar una experiencia espiritual con negativos. Tomemos como ejemplo el mandamiento de santificar el Día del Señor (Éxodo 20:8-11, y Deuteronomio 5:12-15), que es una asignatura pendiente en muchas iglesias. Lo que se suele hacer es presentar una lista de lo que hace la gente, y que los cristianos no debemos hacer en el Día del Señor. Pero el que se encuentra con todas esas prohibiciones nos preguntará: «Bueno, ¿y qué es lo que puedo hacer?» A menos que se lo digamos, va a acabar peor de lo que estaba, porque le vamos a condenar a la inactividad, que es terreno abonado para el tentador. Es peligroso cuando la religión se presenta como una serie de negativos. Es necesario limpiar; pero después de desarraigar el mal hay que plantar y cultivar el bien.

(iii) La mejor manera de evitar el mal es practicar el bien. El mejor jardín que recuerdo haber visto estaba tan lleno de flores que no les quedaba sitio a las ortigas. Para tener una buena huerta hay que quitar los hierbajos y preparar la tierra; pero, si no se ponen y se cultivan buenas plantas, pronto estará peor que antes. Esto es igualmente cierto en el mundo del pensamiento. A veces nos asaltan malos pensamientos. Si todo lo que hacemos es decirnos: « No voy a pensar en eso», seguimos pensando en ello cada vez más. El remedio está en pensar en otra cosa, en desterrar el pensamiento malo con uno bueno. No se es bueno por no hacer cosas malas, sino llenando la vida de cosas buenas.

Los versículos 27 y 28 nos presentan a Jesús diciendo una verdad muy seria. La mujer se había dejado llevar por la emoción del momento, y Jesús la devolvió a la realidad. La emoción momentánea no tiene por qué ser mala, pero lo más valioso de la vida es la obediencia de cada día. Los mejores sentimientos no pueden ocupar gel lugar de la fidelidad.

La mujer que le echó a Jesús aquella bendición tan española no sabía que la bienaventuranza verdadera de la madre de Jesús la recibió cuando creyó la Palabra de Dios y se entregó a Él en perfecta obediencia (Lucas 1:38 y 45).

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