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Jesus predice su muerte por primera vez

Pastor Lionel

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La primera parte del pasaje presenta una verdad sencilla. Cuando el Rey venga a Su Reino mostrará Su fidelidad para con aquellos que Le hayan sido fieles. Nadie puede ahorrarse todos los problemas de una gran empresa y después cosechar todos los beneficios. Nadie puede esperar evitarse el servir en alguna campaña, y después participar de las decoraciones cuando se haya llegado a una conclusión victoriosa. Jesús está diciendo: «El Cristianismo se encuentra en un mundo difícil y hostil en este tiempo. Si alguien se avergüenza en tales condiciones de mostrarse cristiano, si tiene miedo de manifestar de qué lado está, no puede esperar obtener un puesto de honor cuando venga el Rey.»

La última parte de este pasaje ha motivado mucho pensamiento profundo y serio. Jesús dice que muchos que estaban allí no morirían hasta ver el Reino venir con poder. Lo que preocupa a algunas personas les viene de tomar estas palabras como una referencia a la Segunda Venida; en ese caso, Jesús Se habría equivocado, porque no volvió en poder y gloria durante la vida de ninguno de los que estaban allí.

Pero esta no es una referencia a la Segunda Venida. Consideremos la situación. Hasta entonces, Jesús no había estado más que una vez fuera de Palestina, y en aquella ocasión no pasó de los pueblos limítrofes de Tiro y Sidón. Sólo unos poquitos en un país muy pequeño habían oído de Él. Palestina no tenía más que 200 kilómetros de Norte a Sur, y unos 60 de Este a Oeste; su población total era de unos 4,000,000. El hablar en términos de conquista mundial cuando apenas había estado fuera de aquel pequeño país sonaba extraño. Todavía complicaba las cosas más el hecho de que en aquel pequeño país Jesús había despertado de tal manera la enemistad de los líderes ortodoxos y de los que tenían el poder en sus manos que era absolutamente cierto que no podía esperar nada más que la muerte como hereje y proscrito. A la luz de una situación así, debe de haber habido muchos que se desanimaban al considerar las nulas perspectivas de futuro del Cristianismo, que parecía que en breve tiempo sería barrido completamente y eliminado del mundo. Humanamente hablando estos pesimistas parecían tener razón.

Ahora consideremos lo que sucedió. Apenas treinta años después, el Cristianismo se había extendido por Asia Menor; había una gran iglesia cristiana en Antioquía; se había introducido en Egipto, y los cristianos ocupaban una posición estable en Alejandría; había cruzado el mar y llegado a Roma, y se había extendido por toda Grecia. El Cristianismo había avanzado como una marea incontenible por todo el mundo. Era sorprendentemente cierto que durante la vida de algunos de los que estaban allí, contra todos los pronósticos humanos, el Cristianismo había llegado con poder. Lejos de equivocarse, Jesús estaba absolutamente en lo cierto.

Lo sorprendente es que Jesús nunca conociera el desánimo. Ante la torpeza de las mente de muchos, frente a la oposición de los poderosos, ante la perspectiva de la Cruz y de la muerte, Jesús no puso nunca en duda Su triunfo final -porque nunca dudó de Dios. Siempre estuvo seguro de que, lo que a los hombres les parecía imposible, era totalmente posible con Dios.

Aquí establece Jesús las condiciones de servicio para los que quieran ser sus seguidores.

(i) Uno tiene que negarse a sí mismo. ¿Qué quiere decir eso? Un gran pensador lo explica de la siguiente manera: Pedro negó una vez a su Señor, y lo hizo diciendo: «No conozco a ese hombre.» Negarnos a nosotros mismos quiere decir: « No me conozco a mí mismo.» Es ignorar nuestra misma existencia. Es tratar a nuestro yo como si no existiera: Lo corriente es tratarnos cada uno a nosotros mismos como si fuéramos con mucho lo más importante del mundo. Si vamos a ser seguidores de Cristo tenemos que decirle que No a nuestro yo; más todavía: tenemos que olvidarnos de que existe.

(ii) Cada uno tiene que cargar con su cruz. Jesús sabía muy bien lo que quería decir la crucifixión: cuando era un chico de unos once años, Judas el Galileo había encabezado una revuelta contra Roma; había saqueado el arsenal de armas de Séforis, que estaba a seis kilómetros de Nazaret. La venganza de Roma no se hizo esperar: redujeron Séforis a cenizas, vendieron como esclavos a sus habitantes, y crucificaron a dos mil rebeldes a lo largo de la carretera para que sirvieran de escarmiento a los que tuvieran la tentación de rebelarse. El cargar con la cruz quiere decir estar preparado a arrastrar lo que venga por lealtad a Jesús; quiere decir estar dispuesto a sufrir lo peor que nos puedan hacer a causa de nuestra fidelidad a Él.

(iii) Uno debe gastar, la vida, no ahorrarla, Toda la escala de valores del mundo tiene que cambiar. La pregunta ya no es «¿Cuánto puedo sacar?», sino «¿Cuánto puedo dar?»; no «¿Qué es lo más seguro?», sino « ¿Qué es lo más justo?»; no «¿Qué es lo menos que tengo que hacer en mi trabajo?», sino «¿Qué es lo más posible?» El cristiano se tiene que dar cuenta de que se le ha dado la vida, no para que se la guarde para sí, sino para que la gaste para los demás; no para abrigar su llama, sino para, consumirse por Cristo y por los demás.

(iv) La lealtad a Jesús tendrá su recompensa, y la traición su castigo. Si le somos fieles en el tiempo, Él nos lo será en la eternidad; si tratamos de seguirle en este mundo, en el venidero Él nos reconocerá como suyos. Pero si con nuestra vida le negamos, aunque le confesemos con nuestros labios, llegará el día cuando Él tenga que hacer lo mismo con nosotros.

(v) En el último versículo de este pasaje, Jesús dice que algunos de los que estaban allí verían el Reino de Dios antes de morir. Algunos han mantenido que Jesús estaba pensando en su gloriosa Segunda Venida, y estaba diciendo que tendría lugar en la vida de algunos de los presentes; y que, por tanto, estaba equivocado. Pero no es eso. Lo que Jesús decía es que «antes que pase esta generación veréis las señales de que el Reino de Dios está en marcha.» Y no cabe duda de que aquello sí sucedió. Algo vino al mundo que, como la levadura en la masa, empezó a cambiarlo. No estaría mal que, a veces, aparcáramos nuestro pesimismo, y pensáramos más bien en la luz que ha empezado a amanecer en el mundo.

¡Ánimo! El Reino viene de camino, y haremos bien en darle gracias a Dios por todas las señales de su amanecer.

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